Curiosidades e historia de la Cuaresma y la Semana Santa lagunera: El Miserere

Entre las muchas tradiciones que han marcado la historia de la Cuaresma y la Semana Santa en La Laguna, una de las más recordadas por los cronistas y aficionados a la música sacra es el canto del Miserere, una ceremonia que reunía devoción, arte y también un curioso ambiente crítico entre los asistentes.
Después del solemne canto de Tinieblas, que tenía lugar el Miércoles y el Jueves Santos, era costumbre interpretar el Miserere tradicional. La preparación de este canto no era tarea sencilla. Para ello se reunían algunas de las mejores voces de la ciudad, dirigidas por un técnico que coordinaba cuidadosamente los ensayos. El objetivo era lograr una interpretación impecable de una de las piezas más intensas de la liturgia de Semana Santa.
No era extraño que el coro se reforzara con artistas profesionales que se encontraban actuando en los teatros de la isla. Cantantes de zarzuela o de espectáculos de varietés, que en aquellos años recorrían los escenarios insulares, participaban ocasionalmente en la interpretación, aportando su experiencia y calidad vocal.
Cuando llegaba la hora del Miserere, la Catedral se llenaba de melómanos y curiosos. Muchos acudían no solo por devoción, sino también por el interés musical que despertaba la interpretación. Los cantantes sabían bien que el público estaba atento a cada nota y, por supuesto, procuraban no desafinar.
Durante la ceremonia, las miradas se dirigían constantemente hacia el altar mayor. Allí se apagaban progresivamente las velas que acompañaban el rito, y los asistentes observaban con expectación cuántas quedaban aún encendidas. Cuando se acercaba el momento culminante del canto, en el coro se escuchaban algunas discretas carrasperas para preparar la entrada final, y entonces todas las cabezas del templo se volvían hacia arriba casi al mismo tiempo.
El Miserere se cantaba, mejor o peor según el día y las voces disponibles, pero siempre con gran solemnidad. Al terminar la última nota, muchos de los asistentes abandonaban el templo moviendo la cabeza con gesto reflexivo o incluso con cierto aire de suficiencia.
Los comentarios no tardaban en llegar. En la esquina más cercana comenzaban las tertulias improvisadas:—“No ha estado mal dirigido —decía alguno—, pero la que no ha dado una ha sido la cuerda de tenores”.
Curiosamente, estas críticas solían tener una explicación sencilla: el crítico acostumbraba a pertenecer a otra “cuerda” distinta de la que juzgaba.
Así, entre devoción, música y pequeñas rivalidades artísticas, el Miserere formaba parte de la vida social y cultural de la Semana Santa lagunera, convirtiéndose en una tradición que muchos recuerdan como uno de los momentos más singulares de aquellas celebraciones.
