La Laguna en diciembre: Tradiciones Navideñas (XX)

PINCELADAS HISTÓRICAS SOBRE “EL BELÉN” 

El montaje de los belenes o nacimientos es relativamente moderno. Los primitivos cristianos, ante el temor de la posible acusación de idolatría, huyeron de la representación del nacimiento de Jesús, aunque existen restos en las catacumbas de santa Priscila y en las de san Pedro y san Marcelino.

Tras la libertad de culto concedida por el emperador Constantino con el Edicto de Milán (313), el arte románico lo lleva a los pórticos de las catedrales, a miniaturas en libros de oración y también a piezas de orfebrería. Y el gótico lo representa en los baptisterios, con el Niño en brazos de su Madre o en el pesebre.

En el s. XIII, san Francisco de Asís representa en Greccio un belén viviente, llevando un buey y un asno hasta una gruta de las afueras, y celebra en ella la misa de Navidad. A partir de este momento, los frailes de la Orden extienden esta representación por todo el mundo.

Muchos expertos coinciden en afirmar que la representación mediante figuras comienza en Italia. Parece ser que el primer pesebre italiano conocido es el de la Catedral de Valterra, en la toscana, con figuras de terracota de Andrea della Robia, fechado en 1478. Desde entonces se expande en Italia la devoción del belén, siendo en Nápoles donde alcanza su mayor auge, con sus tallas primorosas, sus modelos de la célebre cerámica de Capodimonte y sus ricos y ornados vestidos.

Sin embargo, Amades afirma que la representación belenística más antigua documentada es la que se hace en el interior de una iglesia de los hermanos jesuitas de Praga, en 1562; mientras que otro experto, José Mª Garrot, confirma la existencia de un pesebre, con valiosas piezas de orfebrería y esmaltes,  en la Catedral de Barcelona,  en torno al año 1300.

El pionero en instalar un belén en España fue Lope de Vega, en el s. XVI. Sin embargo, si hubiera que nombrar a un padre del belén en España, el honor recaería en Salcillo. Amparado por la familia Riquelme, el escultor murciano realizó un rico belén, que rompió la tradición belenística existente hasta entonces, al ataviar las figuras tal y como se vestía en la Murcia del s. XVIII. Durante el reinado de Carlos III (antiguo rey de Nápoles), esta práctica se extiende por palacios y catedrales.

Escultores como Roldana o Montañés, entre otros,  no dudaron en reducir los modelos de sus obras y construir figuras de nacimiento.

Pero es en el s. XIX cuando el belén llega a las iglesias humildes y a las casas particulares de la alta burguesía. Cataluña, especialmente Barcelona, fue pionera en su expansión, y la francesa Provenza se erige como región modelo en la construcción de figuras populares, los santons que representan los personajes de la aldea.

Empiezan a aparecer las asociaciones belenistas que, sobre todo en los años cincuenta y sesenta, dan una nueva imagen del belenismo, renovadora y creativa. El típico belén, popular e ingenuo, se va transformando hasta montar esos escenarios bíblicos que reproducen con fidelidad los paisajes y las indumentarias de la Palestina de los tiempos de Jesús.

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