La Laguna en diciembre: Tradiciones Navideñas (XIII)

LA ARAUCARIA DE LA PLAZA DE LA CONCEPCIÓN

Las primeras noticias de un árbol de Navidad datan del s. VIII, en Alemania, pero se trataba de un árbol sin adornos. Más tarde comenzaría a engalanarse con rosas recortadas en papel de diferentes colores, manzanas, galletas, pan de oro, azúcar y velas. Es posible que la costumbre de adornar un árbol guarde relación con el denominado “Árbol de la Vida” que, según el Génesis, puso Dios en medio del Paraíso con la virtud natural o sobrenatural de prolongar la existencia –recordemos que las manzanas fueron uno de los primeros adornos usados- .

La tradición de adornar la centenaria araucaria de la plaza de la Concepción es relativamente reciente, pero ha calado tan hondo que hoy resulta imposible concebir una Navidad en La Laguna si no es alumbrada por esta suerte de gigantesco faro.

En la Navidad de 1953, algunos miembros del Orfeón La Paz, con el apoyo de la Junta Directiva, decidieron decorar un árbol y emular así la Navidad sajona. Eligieron la araucaria de la plaza de la Concepción, situada justo enfrente de donde entonces tenía su sede esta sociedad. Apoyándose precisamente en el argumento de imitación de una Navidad protestante, la iniciativa tuvo en un principio muchos detractores, que incluso llegaron a solicitar que se cambiara el recorrido de la cabalgata de Reyes. No esperaban sin embargo que este árbol engalanado se convirtiera en un símbolo de la Navidad en La Laguna.

Desde entonces, este bello árbol, con más de 30 m de altura y que fue considerado entre los mayores del mundo por la prensa de la época, sigue luciendo esplendorosamente sus galas en las frías noches de la Navidad lagunera. En un principio se ocupó de engalanarlo la “Peña del Orfeón”, hasta el traslado de la sociedad a su actual sede en la calle Juan de Vera, haciéndose cargo entonces la Delegación de Fiestas del Ayuntamiento .

El primer Papá Nöel que conocimos muchas generaciones se ubicó a los pies de esta araucaria. Era una figura de cartón piedra que, portando una hucha, extendía ambas manos solicitando a los transeúntes –eso nos decían- un donativo para sufragar los juguetes que habría de regalar, en la noche de Reyes, a los niños más necesitados. Sus ojos se iluminaban al introducirle una moneda en la alcancía que portaba, hecho que los padres hacían coincidir con la carta que sus hijos depositaban en su saco. Los niños de entonces creíamos que, cuando sus enormes ojos se encendían, nuestras peticiones eran aceptadas. Era tan enorme, su semblante tan serio y el sencillo efecto eléctrico tan mágico que quienes nos acercábamos a él sentíamos un temblor, mezcla de amor, de emoción y de temor. La nostalgia que produce el paso del tiempo nos hace preguntarnos qué ha sido de él .

En torno a la plaza de la Concepción y su araucaria existe una curiosa anécdota. De todos es sabido que en La Laguna, casi nunca, ha nevado. Pero, puesto que las postales navideñas han transmitido y popularizado la imagen de una Navidad de renos, nieve y trineos, a principios de los años sesenta la plaza de la Concepción apareció cubierta de una nieve artificial que, realmente, era fibra de cristal. Siguiendo con la emulación, los niños laguneros quisieron lanzarse bolas de nieve; pero la fibra producía escozor e, incluso, heridas. Prontamente, la “feliz ocurrencia” fue retirada .

Somos muchos los laguneros y laguneras que sentimos la necesidad que nuestra ciudad recupere la decoración de la araucaria; son muchos los medios y materiales con los que se ciuenta en la actualidad para no dañarla, no podemos seguir una Navidad más sin este entrañable árbol, que desde nuestra infancia hemos visto adornado. Fue él quien nos invitó a escribir nuestras primeras cartas a los Reyes Magos y nos dio nuestras primeras lecciones de solidaridad.

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