La Laguna en otoño: Rincones (II)
Sección. Alzado fachada del convento «Grande» de San Miguel de las Victorias de La Laguna Tenerife (Pereira Pacheco).
DESCRIPCIÓN DEL ANTIGUO CONVENTO DE SAN MIGUEL DE LAS VICTORIAS. Por Julio Torres Santos
Puesto que dedicaremos algunos artículos a al convento «Grande» de San Miguel, comenzamos aquí la descripción del mismo, desde la óptica, menos conocida y muy vinculada a dicho convento, de Juan Primo de la Guerra (Juan Primo de la Guerra y del Hoyo fue el tercer Vizconde de Buen Paso. Nació en San Cristóbal de La Laguna (Tenerife) en 1775 y falleció en Santa Cruz de Tenerife en 1819).
“Domingo 29 de julio de 1810, en Santa Cruz.- Anoche se ha quemado el convento de San Miguel de las Victorias, que tenían los padres franciscanos en la ciudad de La Laguna, y al que se le daba el nombre del convento grande. Se dice que el incendio empezó por el campanario, en cuyas escaleras o inmediaciones dejó inadvertidamente la luz el que fue a tocar las campanas. Constaba de dos claustros, amplios y espaciosos; un templo de dos naves y además dos capillas, que daban principio a otra nave y un coro proporcionado, con un grande órgano. Todo ha quedado reducido a cenizas, que es bien de admirar cuando el incendio empezó a hora en que todavía el vecindario podía advertirlo y acudir.
A este convento, que fue de los franciscanos el tercero que se fundó en esta provincia, se dio principio a fin del siglo XV (…). Los religiosos que había en La Laguna cuando se hizo la fundación eran fray Francisco Pérez, fray Juan Campuzano, fray Juan de Soria y fray Juan Villadiego, a quien dejó su testamento Lope Hernández de la Guerra. El adelantado costó la capilla mayor y llevó sobre sus hombros la primera piedra del edificio. Lope Hernández de la Guerra dio para su construcción 50.000 maravedices y un mulo para que sirviera en la fábrica, y en 1598 se acabó de fabricar la capilla colateral, donde estaba el Sagrario, siendo su patrona doña Juana Jerónima de la Guerra y habiendo este patronato continuado siempre en casa. En aquel templo está sepultado el adelantado, allí Lope Hernández de la Guerra, en el sepulcro más inmediato al de doña Inés de Herrera, y allí el mayor número de mis ascendientes por la familia de Guerra, hasta mi bisabuelo don Lope, mi abuelo don Domingo y mi padre. Si fuera de alguna consecuencia sustancial que el cuerpo sea destinado a un lugar u otro después de la muerte, para mí sería un sentimiento viéndome privado de que mi polvo se mezclase con el de mi familia (…). La esclavitud del Stmo. Cristo de La Laguna, eregida en 1659, ha contribuido mucho a los adornos y conservación de aquel edificio. Los quintales de plata que adornaban la capilla mayor, doseles de terciopelo carmesí, con galón y flueco de oro, bancos forrados de terciopelo y otras alhajas, todo era obra de las rentas de la esclavitud, y he oído que esta plata y alhajas se han salvado, lo que hoy me ha dicho en el Pilar el vicario fray Vicente Sol; no así las varias pinturas que conocí allí, especialmente tres que había en los testeros de las tres grandes escaleras de piedra que tenía el convento y eran lienzos de cuatro varas de alto y cinco o seis de ancho; la una representaba el triunfo de la Concepción sobre un Luzbel diforme; la otra era de una revelación, en la que había un Jesús y San José y la Virgen, una palma y el sol y la luna, y la otra la concesión del jubileo de Porciúncula hacha por el Papa a San Francisco. Sobre la puerta que salía a la capilla del Sagrario estaba otra pintura del bautismo de Jesucristo.
Este convento fue la primera casa que yo conocí, después de la propia. Allí me enviaba mi padre, con el paje, para que aprendiese a leer y a escribir, y tengo muy presente su disposición y sus vistas deliciosas, ya hacia San Diego del Monte, ya hacia las Mercedes, ya hacia las canales que conducen las aguas al pueblo y a la porción de ganados y aves que estaban esparcidos entre la verde hierba y las aguas de la laguna, en el mismo campo que ocupaban por el verano las eras de los labradores (….)”.
