«Un ámbito, un panel y nueve menceyatos» (y III), por Jesús Duque Arimany

(…) Para bien o para mal, la sombra de Viera y Clavijo ha sido alargada en el tiempo y ha provocado un estado de confusión que todavía aun hoy perdura, especialmente cuando se traslada el debate de los menceyatos al de los menceyes. Nuevamente, aunque ahora directamente y no debido a erráticas interpretaciones, contribuye a crear el mito del destierro de los menceyes tras la conquista. Así vemos como en sus Noticias…, y siempre con la intención de negar a Juan Núñez de la Peña, cuando narra el episodio del bautismo de los menceyes en la Villa de Almazán nos dice que “nos asisten buenas razones para dudar si acaso les permitieron retornar a su patria [a pesar de que] Núñez de la Peña lo asegura. Con todo es más que probable que la política de aquellos tiempos se opuso a este género de piedad […] No era entonces máxima muy corriente dejar en un país recién conquistado [a] sujetos que con facilidad podrían ponerse a la cabeza de los malcontentos o díscolos […] Y si todos los reyes bárbaros regresaron a Tenerife, ¿Cómo no se encuentra habérseles repartido tierras para subsistir con el correspondiente decoro?”. Sin duda alguna, los esfuerzos de Viera y Clavijo por extrapolar las técnicas del repoblamiento de la reconquista en la Península establecidas desde los tiempos de Alfonso X el Sabio a Canarias le llevan a distorsionar la realidad; a ello habría que añadir su desconocimiento del juicio de residencia al que fue sometido Fernández Lugo y al que ya nos referimos más arriba.
Frente al planteamiento del destierro de los menceyes, desde tiempos de Núñez de la Peña ha habido una corriente que ha tendido a pensar exactamente lo contrario. ¿Qué fue lo que dijo al respecto el cronista lagunero? En el capítulo XVI de su Conquista y Antigüedades de las siete islas de Canaria Núñez de la peña afirma que en el año de mil quatrocientos y noventa y siete, llevó el adelantado los nueve Reyes a la presencia de los Católicos Reyes, que se holgaron de verlos, y fueron bien recibidos, y sus majestades les hizieron muchas mercedes, y volvieron a Thenerife”. Las apreciaciones de Núñez de la Peña no cayeron en saco roto y así vemos como Rafael Torres Campos en un profuso discurso pronunciado en la Real Academia de la Historia, apoyándose en los estudios dados a conocer por el genealogista Rosendo García Ramos en el Diario de Tenerife-“Conquistadores y conquistados” y “Antigüedades Canarias”- y Berhelot, argumenta lo siguiente: “Merece rectificación [refiriéndose a Viera y Clavijo] en lo que niega [que los menceyes hayan retornado] porque Berthelot ha encontrado en las antiguas actas [de la isla de Tenerife], mención no solo del dicho Don Diego, mencey de Adeje, y de su hijo, Pedro, sino también de su primo, Juan Delgado, de don Cristóbal, mencey de Taoro, y de los menceyes de Güímar, de Anaga, de Tacoronte, de Abona, de Icod, de Daute y del hijo de éste”.
En el momento de la publicación del discurso de Torres Campos se desconocía la obra Historia del Pueblo Guanche, de Juan Bethencourt Alfonso – publicada muchos años más tarde -. Bethencourt, igualmente, criticó a Viera y Clavijo y rescató a Núñez de la Peña, argumentando que los menceyes fueron bautizados y retornados a la isla de Tenerife donde fueron premiados con tierras, recurriendo de nuevo a los estudios de García Ramos para probar tan trascendental cuestión, hasta el punto de atreverse a enumerar el nombre de los menceyes con sus nombres reconocidos después de la conquista – Diego de Adeje, Diego de Ibaute, Gaspar Hernández [Abona], Fernando Tacoronte, Pedro de los Santos de Anaga, Juan Tegueste, Cristóbal Hernández de Taoro y Juan de Candelaria [Guímar] -, faltando únicamente el del mencey de Icod, lo que ha hecho pensar a más de un historiador – entre ellos Rumeu de Armas en La conquista de Tenerife, tomando como base para su disertación la Historia del Rey don Fernando el Católico…de Jerónimo de Zurita – que éste fue el regalado por los Reyes Católicos al Conde de Rosas de los Caníbales, Francesco Capello, en aquel tiempo embajador de Venecia en la corte castellana, quien finalmente se lo cedió por presiones de las autoridades venecianas a la familia Pésaro, residente en Padua. No obstante, hay que advertir que las descripciones del régulo guanche que emigró a Venecia contenidas en el Diarii de Marino Sanudo, fuente en la que fundamenta su teoría Rumeu de Armas, son un tanto ambiguas.
La confirmación en Las datas de Tenerife de repartimientos de tierras a menceyes de los bandos de paces – véase Diego de Adeje -, y de los bandos de guerra – Diego de Ibaute [Daute], por ejemplo -, deshecha igualmente la teoría de que, acabada la conquista, únicamente se benefició a los menceyes de los bandos de paces, o lo argumentado, como ya hemos visto anteriormente, por Viera y Clavijo, a saber, que no era costumbre de la época dejar en un país recién conquistado a sujetos que con facilidad podrían ponerse a la cabeza de los malcontentos o díscolos. Al contrario, de lo que decía Viera, muchos de aquellos menceyes sí retornaron a Tenerife pero, eso sí, no a sus menceyatos de origen, hecho que desactivaba su teórico poder político. Así vemos como Diego de Adeje, antes Pelinor, a pesar de haber recibido entre sus repartimientos uno muy importante en Chasna, ubicado en el que fuera su menceyato, prefirió establecerse en Masca (Daute), mientras que el que fuera rey de Daute se estableció finalmente en Anaga. Todas estas complejas acciones ponen en entredicho aquella sentencia de Sabino Berthelot en Primera estancia en Tenerife (1820-1830), “Pelinor – mencey de Adeje – sufrió la ley de los vencedores, cuando en 1496 Fernández de Lugo invadió la isla [y] los dominios de los menceyes se repartieron entre los conquistadores”.
Los menceyatos se perpetuaron en el imaginario colectivo de la nueva sociedad porque antes habían sido utilizados como entidades territoriales y culturales que permitieron la desactivación del poder político, por un lado, y el reforzamiento del proceso evangelizador, por otro, constituyéndose en el germen para el posterior criollismo y donde, por lógica, la población aborigen siguió haciendo acto de presencia. A pesar de que la evangelización en Tenerife siempre se ha identificado con la fase del sincretismo religioso que podemos ubicar en Güímar, materializado con la sustitución del culto a la estrella Canopo por el culto a la Virgen de Candelaria – en contra de lo que en su momento argumentara Serra Ráfols en favor de un temprano proceso de asimilación -, no consideramos descabellado afirmar que hubo una segunda fase evangelizadora, continuadora de aquella primera, en el eje Güímar-Taoro, lo que simbolizaba la desaparición de los bandos de paces y de los bandos de guerra, asentando definitivamente las bases para el inicio de una cultura criolla. De los enfrentamientos constatados entre menceyatos por la apropiación del ganado y de las desavenencias entre habitantes de un mismo menceyato -una suerte de enfrentamiento entre “patricios” y “plebeyos”, al decir de Bethencourt Alfonso -, se pasa a la conformación de una nueva sociedad resultante del proceso de fusión de la población aborigen con la foránea que comenzaba a establecerse en la isla y con la consecuente pérdida de la cultura de la primera, esto es, el etnocidio en estado puro. Por eso, ante la petición de creación de secciones dedicadas al estudio del genocidio en los museos arqueológicos insulares, habría que inclinarse por crear secciones dedicadas al estudio del etnocidio, y no únicamente en los museos arqueológicos. Como hemos visto, la historia, la antropología y la genética algo podrían decir al respecto.
Jesús Duque Arimany
Historiador del Museo de Historia y Antropología de Tenerife
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