Ya vienen los carnavales: Historia del Carnaval en Tenerife (XVII) «Kike Martín y Los Needweeks»

Una parte de los integrantes de “Needweeks” —la cámara no pudo captar a los restantes, que estaban haciendo acopio de fuerzas en la barra—. De izquierda a derecha: Elfidio Alonso,“el Seba”, Magda Palazón, Carmen Pino, Kike,Teresa, Montse, Julio Fajardo,“el Lupi”, una dama sin identificar y Miguel Alvarez Cambreleng.

Julio Fajardo, nos contó en su artículo, publicado a finales de los años 90 en La Laguna 30 Días, sobre aquella ocurrencia de Kike lo siguiente: El grupo humorístico “Needweeks” sugirió a Kike la fundación de una curiosa banda, que patentó instrumentos no menos originales. “Los Sabandijas” serían la versión sabandeña posterior.

Kike vio también la película “Mundo de Noche” y se quedó maravillado con la actuación de un grupo humorístico musical llamado “Needweeks” que interpretaba música acompasada por instrumentos disparatados. Una extraña percusión que, de forma sincopada, rellenaba, ad livitum, los largos silencios que dejaba la partitura; unos calderones dispuestos intencionadamente para la improvisación. Pronto aprestó un grupo en el que tuvo mucho que ver la inspiración de Enrique Lecuona y la colaboración de los miembros de la Orquesta Los Universitarios, reforzados por algunos elementos de Las Palmas, estudiantes en La Laguna por aquel tiempo, como Manolo Cardenal o Juan Perdomo. El grupo actuaba de frac, por lo que hubo que hacer requisa de todos aquellos que estuvieran disponibles en el entorno familiar. Los instrumentos fueron de diseño y fabricación casera, todos ellos capaces de producir un ruido singular al ser activados con un movimiento no menos singular. Kike manejaba unos cocos que al ser chocados en el aire accionaban un cordón imperceptible que hacía levantarse las puntas de la levita al tiempo que alzaba una pierna hacia atrás en una posición émula de Groucho Marx.

Kike Martín en los carnavales de los primeros años de los 60.

Otro instrumento consistía en un pulverizador de líquido matamoscas, el conocido flis, que había sido desprovisto del depósito delantero. Estaba cerrado por delante con un gran tapón de corcho amarrado a una cuerda larga. Al accionar el émbolo, saltaba el tapón produciendo un sonido cercano al “flop”, característico de un descorche descomunal. Era un sonido seco y contundente que dejaba un eco gaseoso unas décimas de segundo posteriores a su emisión explosiva. Sin duda uno de los mejores. tenía algo de bucal y profundo, pero conseguido con una mayor sonoridad y elaborado con una artifialidad digna de la más sofisticada tecnología. Tras este golpe de destape, de apertura sonora, una caja de madera maciza y contundente, de las que se utilizaban en la rebotica de la farmacia de Santos para almacenar los comprimidos fabricados in situ, era utilizada para hacer caer su tapa violentamente. En ese ejercicio de cierre se producía un sonido de clausura, contundente, enérgico, imposible de obtener de otra forma. Era un instrumento directo y funcional que expresaba justamente aquello que se le exigía: carpetazo, cierre expeditivo. punto final. No dejaba eco, al contrario, terminaba seco como una fusa con puntillo. Un pito era de los pocos aparatos cuya patente no pertenecía al grupo, y estaba incorporado a tan singular orquesta por ofrecer una rica diversidad de matices, desde el ritmo de la samba brasileña hasta los requerimientos urgentes de la policía municipal dirigiendo el tráfico. Una flauta de émbolo lograba añadir una especie de glisando al sonido tradicional del instrumento que llenaba de exotismo la interpretación. Una bocina alarmaba también con su fuelle de pera, afinada en un tono más cercano a una ventosidad que al pitido con que llaman su atención los automóviles. Entraba en aquella aparente disgresión de los cánones de la armonía y de la percusión con una dignidad especial, incorporando un sonido humano y escatológico de tono impreciso y difícilmente identificable dentro de la escala diatónica.

La voz cantante, el cantábile, es decir, la melodía solista estaba a cargo de un acordeón, que tocaba Domingo Luis Martín, y de la voz humana, que era aportada, con éxito dudoso y calculado, por Pepe Abad. Entre las obras del repertorio figuraban el Danubio Azul de Strauss, que era anunciado como Danuben Blue o Blau Donau, el Adiós a la vida (“E lucevan le stelle”) de la Tosca de Puccini, nombrado también como Good bye to the life of Tosca y el archiconocido y carnavalero Chio Chio. Tras cada frase musical, la percusión se apoderaba de los espacios sonoros, entrando en un estado de frenesí capaz de transmitir las pasiones más insospechadas, aunque hay que decir que nunca llegaron a las manos con el público, que aunque desconcertado siempre se mostró comprensivo y esperanzado en cada uno de los conciertos. El efecto sería algo así: “Chio, chio. chío. chic. Pop. Flop, chup, Piiu. Clac. Piiii. Pm. Chop”. A veces los instrumentos entraban en un stacatto enloquecedor y otras seguían la disciplina rítmica de un adagietto que parecía llevar los movimientos corporales de los artistas hacía una interpretación taoísta del éxtasis aeróbico.

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