Ya vienen los carnavales: “Las Mascarita del Leal”. Por Julio Torres
Los que vivieron aquellos tiempos nos cuentan como, desde un principio, se cerraba la Calle Carrera en las fechas de las carnestolendas y que La Laguna se llenaba de máscaritas que suplían la falta de recursos (no había tiendas de artículos de carnaval, ni chinos por todos lados) con imaginación y, sobre todo, con ganas de divertirse con los demás. Algunas llegaron a ser por su gracia y su reiterativo disfraz «entrañables carnavaleros». En nuestro afán de plasmar esa historia oral que no deseamos que se pierda, los traemos hasta nuestras páginas.
Empecemos con uno de los más recordados, por su gracia y su constancia incombustible: Pepe Ferrera. Desde que se daba el pistoletazo de salida (extraoficial, por supuesto) a los carnavales, y desde tempranas horas mañaneras hasta por la noche, ya estaba disfrazado de embarazada. Tal vez para dar credibilidad a su sencillo atuendo -bata y delantal raídos y un muñeco de cartón- o para bromear con los transeúntes, simulaba estar con los dolores de parto. Repetía la escena, una y otra vez, por toda La Laguna, desde la Villa de Arriba hasta la Villa de Abajo, y a la inversa, probablemente «mojando el pico» en todo guachinche que «trancase». Así pasaba, uno tras otro, todos los días de carnaval. Tenía otra versión del disfraz: «el casorio». Lógicamente, él era la novia, por supuesto, embarazada con dolores de parto, completándose el real cortejo con otros acompañantes que simulaban el novio y los niños que llevan la cola. La «diversidad» de sus disfraces se completaba con el de viuda, reservado. como es natural, para el Entierro de la Sardina (acontecimiento tan prohibido que son pocas las máscaras que ese día no tuvieron que correr a esconderse de la policía armada). Para Pepe no tenían importancia las horas, por lo que también desde la mañana empezaba a representar su papel, acompañando su desconsolado llanto de quejas tales como: «iAy, mis carnavales! ¡Ay, que ya se me fueron! ¡Qué poquito les queda!». Estos lamentos, y los correspondientes desmayos, se repetían de una punta a otra de La Laguna, hasta que llegara la noche. Su disfraz fue tan célebre que, después, un hijo suyo siguió con la costumbre.
