Ventas, bodegas, tabernas y dulcerías del entorno de la plaza del Cristo de La Laguna: La venta y casa de comidas de María Gutiérrez (y VI). Por Julio Torres

El Cristo de La Laguna procesiona el 14 de septiembre de 1963, tras la remodelación de la plaza.
«Casa María»: la plaza del Cristo y un cambio de época
La remodelación de la plaza del Cristo también marcó un cambio de época para «Casa María». Frente a la venta, donde la vida conservaba el ritmo de las conversaciones, los vasos sobre el mostrador y las costumbres de siempre, comenzaba a levantarse una plaza que aspiraba a representar la modernidad. Durante un tiempo, ambos mundos convivieron: el de una casa arraigada en la memoria y el de un espacio público que estrenaba pavimento, iluminación y una fuente que muchos laguneros nunca olvidarían.
El proceso había comenzado en diciembre de 1959, cuando Ángel Benítez de Lugo y Ascanio, entonces alcalde de La Laguna, convocó un concurso de ideas entre ingenieros, arquitectos y artistas para urbanizar la plaza de San Francisco, conocida popularmente como plaza del Cristo. El 28 de abril de 1960 se premió el anteproyecto presentado por tres estudiantes de Arquitectura de Madrid: Fernández Rodríguez, Roda Calamita y Toledo Díaz. Su propuesta defendía una plaza amplia y grandiosa, con un pavimento uniforme que diera unidad al conjunto.
Para abrir paso a aquella transformación hubo que despedirse del antiguo templete del Orfeón «La Paz», derruido el 10 de febrero de 1962. La prensa recibió su desaparición con un entusiasmo que hoy permite reconocer la sensibilidad de aquel momento: lo antiguo podía verse como un estorbo y lo nuevo llegaba acompañado de promesas.
En febrero de ese año, La Tarde anunciaba la proximidad de las obras y celebraba el proyecto con palabras rotundas. Al referirse al lugar destinado a la futura fuente, escribía:
«En el lugar que actualmente ocupa el adefesio del templete, se alzará una monumental fuente luminosa».
La expresión no dejaba dudas sobre el juicio del periódico. El templete pertenecía a un tiempo que se deseaba dejar atrás; la fuente luminosa encarnaba el porvenir.
Las obras comprendieron la nivelación del terreno, la pavimentación con losetas blancas, rosas y verdes, la construcción de pretiles y la colocación de bancos de piedra. A ello se sumaron los faroles metálicos y la fuente de piedra artificial que acabaría convirtiéndose en uno de los elementos más recordados de la plaza.
María del Carmen Fraga González, en Plazas de Tenerife, publicado por el Instituto de Estudios Canarios en 1973, identifica en las páginas 62 y 63 al «señor Díaz Losada» como contratista de la reforma y precisa que debía trabajar bajo las indicaciones del arquitecto municipal Carmelo Rodríguez Hernández. Las obras llevaban también hasta «Casa María» a jornaleros que trabajaban a destajo en la plaza. La transformación del entorno se incorporaba así a la vida cotidiana de la venta.
La plaza se inauguró el 9 de septiembre de 1962. El coste final ascendió a siete millones de pesetas. Su nueva fisonomía, con aquellos colores en el suelo, los bancos de piedra y la iluminación, permanecería durante décadas en la memoria de quienes la conocieron.

El arquitecto municipal Carmelo Rodríguez Hernández junto al contratista Luis Díaz Losada. la Laguna 1962.
La fuente luminosa, obra del ingeniero Carlos Díaz López, merecía una atención especial. Realizada en piedra artificial, tenía una taza central elevada sobre el nivel de la calzada y se asentaba en una especie de estanque rodeado de césped. Para muchos fue una obra de arte; para otros, sencillamente, la fuente de su infancia o de su juventud. El agua y la luz ofrecían un espectáculo que parecía traer a La Laguna algo del futuro anunciado en aquellos años.
Desde «Casa María», el contraste debió de resultar extraordinario. Al inaugurarse la plaza, la venta parecía pertenecer a otro siglo. Bastaba mirar hacia fuera para encontrarse con aquella fuente enorme, con la amplitud del espacio recién ordenado y con una idea de modernidad que casi podía tocarse.

Vista aérea de la nueva plaza, que fuera, orgullo de La Laguna desde 1962 a 1998.
También cambiaba la clientela. Por las tardes comenzaron a llegar estudiantes, y alguna guitarra encontraba acomodo en la casa. María permitía la música, pero con los juegos de cartas era tajante: estaban terminantemente prohibidos. Según se contaba, una reyerta ocurrida en un bar del barrio de San Juan le había dejado una impresión suficiente para no consentir que aquello pudiera repetirse bajo su techo.
Su hijo Antonio, entretanto, ofrecía otro atractivo que los estudiantes agradecían: los chorizos flambeados con alcohol. Para la economía ajustada del gremio estudiantil, aquella preparación tenía algo de comida y de pequeño espectáculo. Entre conversaciones, guitarras y el trajín de quienes trabajaban en las obras, «Casa María» iba entrando en la nueva década a su manera.

José y María en un viaje a Candelaria a ver a la Virgen, en la composición hemos añadido el cartel de la vista a La Laguna en 1964. María luce los hermosos pendientes canarios que tres su fallecimiento donó a la Virgen de Candelaria.
Pero el recuerdo más intenso de aquellos años lo dejó una visita
El 13 de diciembre de 1964, hacia las cinco de la tarde, María vivió una de sus grandes alegrías. La plaza estaba abarrotada, de pared a pared, con una multitud que se recordaba cercana a las veinte mil personas. El Cristo de La Laguna se encontraba casi a la altura del pabellón de verano del capitán general cuando apareció, por la esquina donde el camino de las Peras desemboca en la plaza, la venerada imagen de la Virgen de Candelaria, patrona de Canarias.
Entonces se alzaron miles de pañuelos blancos, agitados por manos fervorosas. Los vivas a la Virgen y al Cristo llenaron aquel espacio que apenas dos años antes había estrenado su nueva apariencia.
Tuve la suerte de presenciarlo, junto a mis padres, desde el quicio de la ventana de la casa de Martinón. Todavía, al intentar describirlo, me embargan la emoción y la impresión de aquella multitud. Recuerdo los pañuelos, la plaza colmada y el fervor de tantas voces reunidas. Hay imágenes que el tiempo desdibuja; aquella ha permanecido intacta en mi memoria lagunera.
María contempló la llegada desde la puerta del bar. Para comprender lo que debió de sentir basta detenerse en un detalle que conservan las fotografías facilitadas por su familia: en ellas luce unos hermosos pendientes canarios de gota. Eran una pieza de su imagen, pero también acabarían siendo expresión de su devoción. María dejó dispuesto en su testamento que fueran donados a la Virgen de Candelaria.
Ese deseo habla por sí solo. Los pendientes que la acompañaron en vida quedarían ofrecidos a la imagen cuya llegada había presenciado desde su propia puerta. No hace falta añadir mucho más para imaginar la hondura de aquella tarde.
La plaza de 1962 sobrevivió durante décadas, hasta que una remodelación posterior hizo desaparecer aquella fisonomía tan reconocible. Con ella se perdió también el escenario de muchos recuerdos. Quienes conocimos la fuente, los bancos y las losetas de colores seguimos comparando, quizá inevitablemente, la plaza que vemos con la que guardamos dentro.
En la historia de «Casa María», aquella transformación ocupa un lugar propio. La venta vio trabajar a los jornaleros, recibió a los estudiantes y asistió al estreno de una plaza que prometía una época nueva. Y desde su puerta, una tarde de diciembre, María vio llegar a la Virgen a la que un día dejaría sus pendientes.
Hoy, la historia de aquella familia vuelve a enlazarse con la de la plaza. Un bisnieto de María, Luis Yeray Gutiérrez, nieto de su hijo Antonio e hijo de Luis Miguel, el más pequeño de la saga de Antonio y Concha, es alcalde de La Laguna y tiene el compromiso de recuperar la plaza y su fuente. Ese propósito abre la esperanza de que las nuevas generaciones puedan sentir el orgullo que aquel espacio despertó en quienes lo conocieron.
Para quienes guardamos aquella plaza en la memoria, recuperarla significaría volver a encontrarnos con una parte de nuestra vida: las tardes de estudiantes, el trabajo de los jornaleros, la luz sobre el agua y los pañuelos blancos de aquel diciembre. Allí sigue, en el recuerdo, la puerta de «Casa María», abierta a la plaza y a la historia de La Laguna.

María con su nieta María Victoria en brazos. Foto del año 1955. Precisamente a Viky le agradecemos toda la información oral que nos facilitó y el fondo fotografíco familiar.
A modo de epílogo
María Gutiérrez Peña nació en La Laguna en 1895 y falleció en 1968. Fue madre de tres hijos varones: Antonio, Marino y Domingo, cuyos nombres quedaron ligados, de una u otra manera, a la historia familiar de Casa María.
Antonio y su esposa fueron quienes estuvieron más estrechamente vinculados a la casa de comidas durante buena parte de aquella época, participando activamente en el devenir cotidiano de un establecimiento que formaba parte de la vida del lugar. A finales de la década de 1950, el matrimonio trasladó su residencia a otro lugar, aunque sin desvincularse de la antigua venta, con la que continuaron manteniendo una estrecha relación.
Del matrimonio nacieron cinco hijos: Juan Alberto, María Victoria, José Carlos, Ana Rosa y Luis Miguel Gutiérrez Poleo. Este último fue el único de los hermanos que nació en el lagunero barrio de La Cuesta, una circunstancia que constituye un pequeño detalle de la memoria familiar.
Tras el fallecimiento de María Gutiérrez Peña, en 1968, Casa María pasó a ser regentada por su hijo Marino, quien mantuvo la tradicional casa de comidas hasta los primeros años de la década de 1970. Posteriormente, adaptándose a los nuevos tiempos y a los cambios en las costumbres, transformó el establecimiento en un bar con música en vivo, tan característico de aquellos años, al que dio el nombre de «La Tapera».
En la década de 1980, coincidiendo con el auge de las cervecerías de estilo alemán, Miguel, hijo de Marino, tomó las riendas del negocio, iniciando así una nueva etapa en la trayectoria del establecimiento familiar. Marino falleció en los años noventa, mientras que su hijo Miguel murió, todavía bastante joven, a comienzos de la década de 2000.
Poco después, el viejo edificio que durante tantos años había acogido primero a Casa María y posteriormente a «La Tapera» fue demolido, dejando paso a una construcción más moderna, destinada exclusivamente a viviendas y sin local comercial, que se conserva en la actualidad.
Con su desaparición se cerró definitivamente una etapa de la historia cotidiana de aquel rincón lagunero. Sin embargo, el recuerdo de Casa María, de quienes estuvieron al frente de sus fogones y de las distintas generaciones que dieron continuidad al establecimiento permanece como parte de esa memoria familiar y colectiva que, aunque los edificios desaparezcan y las calles cambien de aspecto, merece ser conservada y transmitida.
