Ventas, bodegas, tabernas y dulcerías del entorno de la plaza del Cristo de La Laguna: La dulcería de la calle Las Cruces (III). Por Julio Torres Santos

Los viernes del Cristo, una costumbre profundamente lagunera
Para comprender la importancia que tenía aquella dulcería hay que recordar lo que representaban los viernes en la vida de La Laguna. Ir al Cristo los viernes era una costumbre profundamente arraigada. Se acudía por la mañana o por la tarde, y eran muchísimas las personas que recorrían las calles en dirección al santuario. Recuerdo auténticos ríos de gente que iban y venían, especialmente durante las horas de la tarde.
Aquella tradición, que afortunadamente todavía pervive, tenía entonces una dimensión popular difícil de imaginar para quienes no conocieron la ciudad de aquellos años. La visita al Cristo era también una ocasión para salir en familia, encontrarse con conocidos y detenerse en alguno de los establecimientos del recorrido.
Y allí estaba nuestra dulcería de la calle de Las Cruces
Para nosotros, los niños, entrar en aquel local y contemplar las milanas repletas de dulces constituía uno de los pequeños alicientes de aquellas visitas. Todavía recuerdo aquellas ocasiones en las que iba acompañado de mi madre y mis hermanas. No podría precisar cuántas veces entramos, ni qué dulces comprábamos habitualmente, pero sí permanece en mi memoria el ambiente de aquel establecimiento, tan unido a los viernes del Cristo.

La Cirila y sus viajes especiales al Cristo
La importancia que tenía aquella costumbre de los viernes se reflejaba incluso en el transporte urbano de la ciudad.
Me refiero a la popular Cirila, aquel vehículo que realizaba el servicio entre San Benito y Barrio Nuevo, pasando por diferentes calles del casco lagunero. Recuerdo que el billete costaba una peseta y que sus recorridos atravesaban lugares tan conocidos como Marqués de Celada, la plaza del Doctor Oliveira, Herradores, la plaza de la Milagrosa, Calvo Sotelo, Santo Domingo, la plaza del Adelantado y la Carrera.
Entre las paradas más concurridas estaban la plaza del Adelantado, la Plaza Baja, la Catedral y la Concepción, junto a la torre, delante del lugar donde actualmente se encuentra el edificio Belén. También recuerdo la parada de Marqués de Celada, antes de continuar hasta San Benito.
Pero lo verdaderamente curioso era lo que ocurría los viernes.
La afluencia de personas que acudían al Cristo era tan considerable que algunas Cirilas de la tarde modificaban su recorrido habitual para prestar servicio hasta las inmediaciones del santuario.
De esta manera, quienes visitaban al Cristo podían utilizar aquel transporte para regresar hacia San Benito o Barrio Nuevo.
Cuando no llovía, muchas familias preferían hacer el recorrido caminando, tanto a la ida como a la vuelta. Si el tiempo estaba malo, la Cirila ofrecía una alternativa que resultaba especialmente útil.
Y en aquel ir y venir de personas, la dulcería constituía una parada más para quienes querían llevarse a casa alguno de aquellos dulces tradicionales.

Una pequeña parte de la historia de La Laguna
Han transcurrido muchos años desde aquellas visitas de mi infancia y soy consciente de que algunos detalles pueden haberse desdibujado en la memoria.
Sin embargo, creo que merece la pena recuperar la existencia de aquel establecimiento, sus dulces y los nombres de las personas que trabajaron en él. Me gustaría que estas líneas sirvieran también para despertar los recuerdos de otros laguneros que conocieron la Dulcería del Cristo o «La Pesetera». Quizá alguno pueda aportar información sobre Claudio, su propietario, sobre Melchor Llanos, sobre los demás trabajadores o sobre el destino de aquel obrador.
Sería especialmente interesante conocer si existe alguna fotografía del establecimiento o si algún descendiente de aquellas familias conserva noticias de su actividad.
Porque la historia de La Laguna no está formada solamente por sus grandes acontecimientos, sus edificios monumentales o sus personajes más conocidos. También pertenece a quienes trabajaron detrás de un tablero, elaboraron dulces, atendieron a sus clientes y contribuyeron, sin saberlo, a construir la memoria colectiva de la ciudad.
Y entre esos recuerdos permanece aquella pequeña dulcería de la calle de Las Cruces, con su puerta ancha, sus mesas cubiertas de milanas y aquellos dulces que tantas veces contemplé siendo niño. Una dulcería que, para muchos laguneros de mi generación, quedó unida para siempre a los viernes del Cristo.
Mañana les ofreceremos un relato más detallado de la historia de la dulcería. Hemos localizado a un nieto de sus fundadores y ya sabemos que estos fueron Claudio García e Isabel Encarnación Expósito Almenar, más conocida como Chona… Pero eso lo dejamos para mañana.
