Ventas, bodegas, tabernas y dulcerías del entorno de la plaza del Cristo de La Laguna: La dulcería de la calle Las Cruces o la Pesetera (II). Por Julio Torres Santos

Los dulceros y el trabajo en el obrador en la dulcería del Cristo

Al fondo del establecimiento se encontraban las mesas donde trabajaban los dulceros. Entre aquellas personas recuerdo especialmente a Melchor Llanos, cuyo nombre considero importante conservar en esta pequeña historia de la repostería lagunera.

Por las referencias que tengo, Melchor trabajó en aquella dulcería desde los años cincuenta hasta su jubilación, a principios de la década de los setenta.

Estoy prácticamente convencido de que había aprendido el oficio con Rita, aunque debo reconocer que no he podido documentar de manera definitiva esta circunstancia. Es una posibilidad que considero muy elevada, teniendo en cuenta la relación que pudo existir entre aquellos artesanos y la transmisión de los conocimientos de repostería.

Sobre la figura de Melchor Llanos tengo la fortuna de disponer de una información bastante amplia, facilitada amablemente por su hija Norberta llanos Álvarez, conocida por Tita, a quien agradezco su colaboración y el interés mostrado en conservar la memoria de su padre. No será esta la ocasión de profundizar en su trayectoria, pues tengo intención de dedicarle espacio en próximos capítulos de esta serie, en los que intentaremos reconstruir una pequeña historia de su vida y de su dedicación al oficio. Será también una manera de rendir un merecido reconocimiento a este maestro dulcero, cuya labor forma parte de la historia de la repostería tradicional de La Laguna y cuyo nombre merece ocupar un lugar en nuestra memoria lagunera.

En cuanto al propietario, de momento, desconozco dónde había aprendido el oficio y cómo se inició en aquella actividad. Es una de las cuestiones que de las que creo estoy sobre una buena pista tras la publicación del primer capítulo. Ya estoy pendiente al testimonio de un familiar.

Tengo la impresión de que buena parte de los dulces que allí se elaboraban estaban destinados a otros puntos de venta. La disposición de las mesas, las numerosas milanas y el trabajo que se desarrollaba al fondo del local me hacen pensar que funcionaba tanto como obrador como lugar de venta directa.

En cualquier caso, quienes pasábamos por allí podíamos entrar y comprar los dulces. Yo acudía algunas veces acompañado de mi madre y de mis hermanas. Era todavía muy pequeño, pero recuerdo vagamente que quien nos atendía era una señora,  que según me han comentado, se llamaba Chona.

Y esas visitas estaban relacionadas, en muchas ocasiones, con una de las costumbres más arraigadas de la antigua ciudad de La Laguna: acudir los viernes al Cristo.

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