Ventas, bodegas, tabernas y cafeterías del entorno de la Catedral de La Laguna: «Casa el Montañero» (II). Por Julio Torres

La calle Dean Palahí (Antigua de La Caza), en primer lugar los ultamarinos de don Andrés Fernández, y la casa blanca con balcón es el edificio que nos ocupa. Foto de Gerardo Guerra, años 60. Coloreada y tratada con IA en 2026.

Una casa de comidas para los trabajadores

En aquellos años, La Laguna comenzaba a experimentar una transformación importante. La ciudad se extendía poco a poco más allá de sus límites tradicionales y crecía hacia zonas como San Honorato, Los Molinos, la avenida de La Trinidad o Heraclio Sánchez. Las nuevas construcciones se multiplicaban y, con ellas, aumentaba considerablemente el número de obreros y trabajadores que cada mañana acudían al casco y a sus alrededores.

Para muchos de aquellos hombres, regresar a casa al mediodía no era una posibilidad. Las distancias, los horarios de trabajo y los medios de transporte hacían necesario encontrar cerca del tajo algún establecimiento económico donde sentarse durante un rato y, sobre todo, comer un plato caliente. Las casas de comidas desempeñaron entonces un papel fundamental en la vida cotidiana de la ciudad. Eran negocios modestos, generalmente familiares, con una cocina sencilla y abundante, pensada para alimentar a quienes tenían todavía por delante una larga jornada de trabajo.

Casa El Montañero fue una de ellas. Por sus mesas pasaron obreros de la antigua fábrica de tabacos Álvaro, trabajadores de las numerosas obras que se realizaban por aquellos años y empleados de muy distintos oficios que desarrollaban su actividad en el centro de La Laguna y en las calles cercanas. Allí encontraban comida casera, vino y un lugar donde descansar y conversar antes de regresar al trabajo.

Sin embargo, su emplazamiento y la propia historia de quienes regentaban el establecimiento hicieron que El Montañero terminara reuniendo, además, a dos clientelas muy particulares. Dos mundos aparentemente distintos encontraron allí un punto común: las gentes vinculadas a la Catedral y los vecinos procedentes de los pueblos y caseríos de Anaga.

La segunda sacristía de la Catedral

Casa El Montañero estaba prácticamente pegada a la Catedral. La huerta de la vivienda daba directamente a los altos muros de la llamada «Girolina» catedralicia. Aquella proximidad hizo que, con el paso de los años, el establecimiento terminara convirtiéndose, casi de manera natural, en una especie de segunda sacristía de la Catedral.

La Catedral de aquellos años mantenía una actividad cotidiana difícil de imaginar en nuestros días. El templo y sus dependencias estaban llenos de movimiento y a su alrededor se desarrollaba todo un pequeño mundo de personas vinculadas al culto y a las numerosas celebraciones religiosas. Y sobre aquel paisaje cotidiano estaban siempre las campanas, cuya voz se extendía por los tejados y las calles del casco histórico y alcanzaba buena parte de la ciudad.

En las décadas de 1950 y 1960, el toque de campanas no constituía simplemente un sonido de fondo. Las campanas formaban parte del reloj cotidiano de los laguneros y anunciaban acontecimientos que todos sabían reconocer. Estaba el Ángelus del mediodía, las llamadas a misa, los repiques de los domingos y de las grandes solemnidades, y también los toques de difuntos, más pausados y graves. Estos últimos podían repetirse varias veces a lo largo de la jornada e incluso a primeras horas de la noche, y variaban según la categoría o circunstancias del fallecido. Cada toque tenía su significado y los vecinos, acostumbrados desde niños a escucharlos, sabían muchas veces interpretar lo que estaba ocurriendo sin necesidad de preguntar.

Para atender aquella intensa actividad catedralicia existía todo un conjunto de campaneros, sacristanes, pertigueros del Cabildo y otros servidores vinculados al templo. Entre los campaneros destacó la conocida familia lagunera de Los Peritas, depositaria de una tradición transmitida durante generaciones. Muchos de aquellos antiguos toques no estaban escritos en ninguna partitura: se aprendían escuchando, observando y acompañando a los mayores, y así fueron pasando de unos campaneros a otros.

Buena parte de aquel pequeño universo catedralicio terminó teniendo también su particular «sede» en El Montañero. Allí recalaban campaneros, sacristanes y demás personas relacionadas con la Catedral, a los que se sumaban los fieles más asiduos a novenas, funciones religiosas y celebraciones. La cercanía hacía inevitable aquella relación. Bastaban unos pasos para pasar de la solemnidad del templo al ambiente familiar de la casa de comidas y degustar, quizas el plato de barra más famoso, los deliciosos «churros de pescado del montañero».

Después de los cultos no era extraño que algunos cruzaran hasta El Montañero para tomar un vaso de vino, comer unas papas o pedir alguno de los platos que preparaban Udelia y Manolo. Allí se comentaban las novedades de la Catedral, los acontecimientos del barrio y las noticias de la ciudad. Entre conversación y conversación se prolongaba una vida social que había comenzado unos metros más allá, bajo las bóvedas del templo. De ahí que llamar a El Montañero «la segunda sacristía» no resultara del todo exagerado.

Cestos y lecheros de las gangocheras siempre esperaban el fin del reparto en la acera entre la catedral y el montañero.

La embajada de Anaga

Pero Casa El Montañero desempeñó todavía otra función singular. Durante años fue una especie de embajada informal de las gentes de Anaga en La Laguna, un lugar conocido donde encontrarse al bajar de los pueblos y caseríos de las montañas.

En aquellos tiempos, desplazarse desde muchos puntos de Anaga hasta La Laguna suponía organizar prácticamente una jornada entera. Las comunicaciones eran mucho más difíciles que las actuales y los servicios de guaguas, escasos. Dependiendo del lugar de procedencia, podía existir apenas una salida por la mañana y otra para regresar por la tarde. Perder aquella guagua significaba un problema considerable.

Por eso, cuando se bajaba a La Laguna, se aprovechaba el viaje. Había que resolver papeles, realizar compras, acudir al médico, hacer gestiones administrativas, visitar alguna oficina o solucionar cualquiera de esos asuntos para los que era necesario desplazarse hasta la ciudad. Después quedaban, muchas veces, algunas horas por delante hasta la salida de la guagua de regreso.

Casa El Montañero se convirtió así en un punto de referencia. Allí coincidían vecinos procedentes de distintos lugares de Anaga. Algunos llegaban para comer; otros se acercaban simplemente porque sabían que encontrarían a alguien conocido. Se conversaba, se intercambiaban noticias de los pueblos, se preguntaba por familiares y vecinos y se hacía tiempo hasta que llegaba el momento de emprender nuevamente el camino hacia las montañas.

El origen de Udelia en El Batán debió de contribuir decisivamente a crear aquella relación especial. En una época en la que las redes familiares y vecinales tenían una enorme importancia, saber que al llegar a La Laguna existía una casa regentada por alguien vinculado a Anaga proporcionaba cercanía y confianza. El Montañero era un establecimiento de la ciudad, pero para muchos de aquellos clientes conservaba algo familiar, algo que remitía a sus propios pueblos.

Por eso, El Montañero fue bastante más que un lugar donde comer. Para los trabajadores era una casa de comidas; para las gentes de la Catedral, casi una prolongación de la sacristía; y para muchos vecinos de Anaga, un pequeño punto de encuentro en la ciudad.

Era, sobre todo, un lugar donde encontrarse.

Cómo era Casa El Montañero

El establecimiento respondía a la sencillez característica de aquellas antiguas casas de comidas. No había decoración sofisticada ni se pretendía ofrecer grandes comodidades. Todo estaba dispuesto con un sentido fundamentalmente práctico: atender a mucha gente, servir la comida y hacerlo dentro del ambiente cercano de un negocio familiar.

Nada más entrar se encontraba un largo mostrador que recorría prácticamente el local de pared a pared. Era el primer punto de contacto con la casa y también uno de los lugares donde se concentraba buena parte de su actividad. Al fondo había una especie de ventana o abertura que comunicaba directamente con la cocina. Por allí iban apareciendo los platos recién preparados antes de ser llevados a las mesas.

Pasando por el lado izquierdo del mostrador se accedía a dos habitaciones amplias que habían sido acondicionadas como comedores. Las mesas ocupaban buena parte del espacio y, especialmente a las horas de mayor movimiento, aquellas dependencias debieron de llenarse de voces, conversaciones, ruido de platos y cubiertos y el continuo ir y venir de quienes atendían el negocio.

No hacía falta mucho más. La función de El Montañero era clara y la cumplía perfectamente: ofrecer comida casera y económica a una clientela numerosa y muy diversa. Obreros, empleados, campaneros, sacristanes, fieles de la Catedral y vecinos llegados desde Anaga podían terminar compartiendo comedor y conversación alrededor de aquellas mesas.

Y, como sucedía en tantos pequeños establecimientos de aquella época, la frontera entre la vida familiar y el negocio apenas existía. La casa era lugar de trabajo, pero también vivienda; la cocina servía a la familia y a los clientes; y quienes entraban diariamente acababan formando parte, de una manera u otra, de aquel pequeño universo doméstico.

Quizá ahí estuvo una de las claves de El Montañero. No fue un establecimiento importante por su lujo ni por la sofisticación de su cocina, sino por las personas que pasaron por él y por las relaciones que se tejieron alrededor de sus mesas. Durante aquellos años de transformación de La Laguna, aquella sencilla casa de comidas fue testigo cotidiano de una ciudad que cambiaba y, al mismo tiempo, conservaba todavía unas formas de convivencia en las que el trabajo, la parroquia, el barrio, los pueblos y la amistad estaban estrechamente unidos.

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