Ventas, bodegas, tabernas y cafeterías del entorno de la Catedral de La Laguna: «Antonio el Puntero» (XI). Por Julio Torres

A la derecha de la imagen el Llano de los Ángeles, grabado siglo XVIII. La Laguna.

El Octavario y San MIguel

Una vez pasado el día grande de la fiesta del Cristo —porque el Cristo tenía dos jornadas principales de procesiones, incluso tres si contamos todos sus actos—, después del 14 de septiembre comenzaba el Octavario en el Santuario del Cristo, acompañado de una serie de celebraciones religiosas de las que ya hemos hablado al referirnos al Puntero.

Durante aquellos días, uno de los lugares más próximos al Santuario donde se reunían los laguneros y cuantos se acercaban a los actos del Octavario era el bar de Antonino, también conocido como bar del Cuijo, una casa de comidas de la que hablaremos mañana.

Sin embargo, los comentarios más sonados —y, en cierto modo, más cercanos a los ambientes catedralicios— se hacían en el Puntero. Y uno de los asuntos que aparecía año tras año era el de las fiestas de San Miguel, copatrón de la ciudad y patrón de la isla de Tenerife.

Hasta finales de los años sesenta, cuando comenzaron poco a poco a languidecer, las de San Miguel habían sido unas fiestas importantes. Formaban parte, incluso, de la propia programación de las fiestas del Cristo y venían a cerrar aquel largo septiembre festivo de La Laguna, que comenzaba con la celebración de los Remedios, continuaba con el Cristo y concluía con San Miguel. Todas aparecían reunidas en un mismo programa.

Naturalmente, aquello también daba materia abundante para «sacar punta», que era precisamente una de las especialidades de aquellas tertulias: opinar, recordar, comparar el presente con otros tiempos y comentar cuanto sucedía en la ciudad.

Recuerdo perfectamente a la gente mayor hablando de las fiestas de San Miguel anteriores a la Guerra Civil. Contaban cómo, durante el verano, La Laguna se llenaba de veraneantes que huían del calor de Santa Cruz. Familias enteras alquilaban casas en la ciudad y en los campos de los alrededores para pasar allí sus vacaciones. Cuando llegaban las fiestas, todo aquel mundo concurría a la plaza del Adelantado, verdadero centro de las celebraciones de San Miguel.

Edificio destinado a la UNELCO, finales de los años 40, se ve perfectamento que está totalmente adosada a la ermita. 

La ermita de San Miguel, sin embargo, no siempre estuvo destinada al culto. El santo ha recibido tradicionalmente veneración en la iglesia de Santo Domingo, pues la ermita es de propiedad municipal y llegó a tener usos muy distintos del religioso. Durante algún tiempo fue cedida como almacén a Unelco, la empresa que suministraba la electricidad a la ciudad. Allí se guardaban postes para los tendidos eléctricos, escaleras y toda clase de materiales, además de enseres pertenecientes al propio Ayuntamiento.

Hubo ocasiones, no obstante, en que la ermita recuperó por unos días su antigua función. Y aquí es obligado recordar a Antonio Hernández, el famoso y queridísimo Antonio el Sargento.

Antonio fue una de esas personas que permanecen para siempre en la memoria de una ciudad. Como jefe de la Policía Municipal —cuyo patrón es precisamente San Miguel—, en alguna ocasión se preocupó de acondicionar y engalanar la ermita para que el santo pudiera recibir culto allí en su día grande. De Antonio se podrían contar muchísimas cosas, y todas buenas. Fue un hombre espléndido, siempre dispuesto a escuchar al ciudadano y a prestar un favor a quien lo necesitara. Todo cuanto se diga de él parece quedarse corto. Por eso, al menos, merece que su nombre permanezca en el recuerdo.

Las fiestas de San Miguel estuvieron vinculadas desde muy antiguo a la plaza del Adelantado, posiblemente desde antes incluso de que esta adquiriera el aspecto con que hoy la conocemos. Las obras de transformación de la plaza comenzaron hacia la década de 1860, cuando se plantó buena parte de su arboleda. Hasta entonces aquel espacio había sido una gran explanada, conocida como el Llano de los Ángeles, nombre relacionado precisamente con la presencia de San Miguel en aquel lugar.

La ermita usada como almacen municipal años 30.

Allí se desarrollaban los principales actos festivos: los paseos, los conciertos de las bandas de música, las representaciones y los pequeños puestos de feria. La Laguna contaba ya entonces con dos bandas, la Municipal y la de La Fe, y durante las fiestas podían escucharse también coros, piezas de zarzuela y otras actuaciones. Eran celebraciones tradicionales, sencillas en muchos aspectos, pero extraordinariamente concurridas.

Con el paso del tiempo, sin embargo, aquellas fiestas fueron perdiendo fuerza. Y en el Puntero nunca faltaron quienes lamentaban esa decadencia. Desde la peña del «Caldisín» hasta personas muy próximas a la Iglesia y otros conocidos personajes de la vida lagunera, muchos reclamaban que no se permitiera desaparecer una celebración tan ligada a la historia de la ciudad.

A finales de los años sesenta esa preocupación se hacía cada vez más evidente.

Pero de San Miguel podremos hablar con calma en otros capítulos, porque son muchos los recuerdos y las historias que fueron saliendo de aquella Casa del Puntero. Como he contado tantas veces, el Puntero fue mucho más que un establecimiento: fue un lugar de tertulia, un pequeño observatorio de la vida lagunera. Y las opiniones que allí se vertían quizá llegaban antes a oídos de las autoridades municipales y eclesiásticas que las pronunciadas en otros círculos.

No podía ser de otra manera. Estaba muy cerca de la Iglesia —hasta el punto de que alguna vez lo hemos llamado «la segunda sacristía»— y también del Ayuntamiento. Por allí pasaban funcionarios, políticos, hombres vinculados al régimen y personajes de toda condición que formaban parte de la vida cotidiana de La Laguna.

Porque también a los hombres del Movimiento, por muy solemnes que pudieran parecer en otras circunstancias, les gustaba arrimarse al mostrador y disfrutar de los pequeños placeres de este mundo: un pulpito, un aceite y vinagre y una cuarta de vino.

No crean ustedes que no.

También ellos eran fieles practicantes de aquellos pequeños vicios mundanos.

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