Ventas, bodegas, tabernas y cafeterías del entorno de la Catedral de La Laguna: «Antonio el Puntero» (X). Por Julio Torres

Después del Cristo, las tertulias de El Puntero
En los días posteriores al Día del Cristo, El Puntero presentaba un aspecto bien distinto al de las jornadas ordinarias. El mostrador se veía concurrido desde temprano por una clientela ociosa y satisfecha. Campaneros, reponedores de velas, guías, portadores de mangas, cruces y ciriales habían terminado sus faenas y, por una vez, llevaban dinero fresco en los bolsillos.
Las procesiones, los quinarios, los repiques y demás solemnidades de aquellos días habían dejado caudales suficientes para que sobre el mostrador de El Puntero aparecieran abundantes platos de carne, morenas fritas y varias botellas de aquel último vino viejo que todavía quedaba de la cosecha anterior.
Y con el vino llegaban las tertulias
Se formaban grupos alrededor del mostrador y cada cual parecía tener algo que contar. Se hablaba de cuántos esclavos habían participado en la procesión, de quién había faltado aquel año, de quién había ocupado tal o cual puesto y hasta de lo pesado que había resultado el predicador del quinario. Tampoco faltaban las cuentas: cuánto habían dejado las limosnas, qué cantidad se había recogido después del arqueo o si aquel año los fieles habían sido más o menos generosos que el anterior.
Pero había un asunto que, tarde o temprano, terminaba apareciendo en todas las conversaciones: la enorme alcancía que se colocaba delante del trono del Señor.
Se decía que buena parte de las limosnas destinadas a la Esclavitud acababan en aquella alcancía. Y alrededor de ella había nacido una de esas historias que, de tanto repetirse en las tabernas, terminan por confundirse con los propios recuerdos.
Contaban que, una vez concluida la solemne función pontifical del día 14, a mediodía, ocurría una escena singular. Mientras el Cristo salía solemnemente hacia el atrio catedralicio entre repiques, autoridades, insignias y devotos, la alcancía emprendía un recorrido bastante más discreto.
No salía por donde salía el Señor. Lo hacía por una puerta lateral.
Y según aseguraban algunos parroquianos de El Puntero, en la calle Bencomo aguardaba un vehículo dispuesto para llevársela.
Aquello bastaba para encender una tertulia durante horas
Unos defendían aquellas prácticas argumentando que las fiestas tenían muchos gastos: cera, flores, música, predicadores, adornos, mantenimiento del culto y tantos otros desembolsos que el público rara vez conocía. Otros, en cambio, torcían el gesto y sostenían que las limosnas dadas al Cristo debían administrarse con mayor claridad y que no estaba de más que los devotos supieran cuánto entraba, cuánto se gastaba y adónde iba a parar el sobrante.
Las discusiones subían de tono, pero rara vez llegaban a mayores. Siempre aparecía una nueva botella de vino, otro plato sobre el mostrador o alguna anécdota de la procesión capaz de desviar la conversación.
Así transcurrían aquellos días posteriores a la festividad. Mientras en las calles se desmontaban adornos, se guardaban ciriales y las últimas velas consumían lentamente sus pabilos, en la Casa El Puntero continuaba celebrándose otra ceremonia menos solemne: la de la palabra.
Allí se repasaba la fiesta entera.
Quién había cargado, quién había cobrado, quién había mandado, quién había predicado demasiado y quién sabía —o decía saber— cuánto dinero había dejado el quinario.
Y entre vasos de vino, carne, morenas fritas y rumores imposibles de comprobar, volvía una y otra vez aquella imagen que tanto entretenía a los tertulianos: el Cristo saliendo solemnemente por el atrio y, casi al mismo tiempo, la alcancía escapando discretamente por la puerta lateral, por la puerta de Bencomo, camino del Santuario
Cada cual sacaba sus propias conclusiones.
Porque en El Puntero, como en todas las buenas tertulias laguneras, casi nunca faltaban opiniones.
Lo que faltaba, algunas veces, eran certezas.
