«Una pequeña historia de la lucha contra la infección», por Conrado Rodríguez-Maffiotte Martín (y IV)

La Era Antibiótica

El descubrimiento del primer antibiótico comercializado de la historia, la penicilina, por el británico Alexander Fleming marca un antes y un después en la historia de la medicina. En efecto, Fleming descubrió la sustancia en 1928 al comprobar que los cultivos bacterianos en los que trabajaba habían sido destruidos por el crecimiento de un moho en ellos, el Penicillium notatum, denominando a la sustancia responsable de esa destrucción «penicilina». El australiano Howard Walter Florey y el alemán radicado en Inglaterra Ernst Boris Chain idearon un método para fabricarla en masa lo que salvó decenas de millones de vidas a partir de la década de 1940. Los tres obtuvieron el Premio Nobel de Medicina en 1945.

El segundo gran antibiótico descubierto fue la estreptomicina por el norteamericano Albert Schatz y el también norteamericano de origen ucraniano Selman Abraham Waksman, en 1943, cuando el laboratorio dirigido por el segundo buscaba un fármaco que pudiera ser útil contra la tuberculosis que, a pesar de la vacuna tan recientemente introducida, seguía causando muchos problemas por aquel entonces. A Waksman le fue concedido el Premio Nobel de Medicina en 1952. Desde entonces decenas de nuevos antibióticos fueron incorporándose al arsenal terapéutico disponible (cefalosporinas, tetraciclinas, cloranfenicol, etc) para bien de la Humanidad.

Los fármacos antivirales

Sabemos que los antibióticos son muy útiles contra las bacterias pero absolutamente ineficaces contra los virus. Entonces ¿cómo combatir a estos microorganismos? El tratamiento de los mismos ha sido bastante más problemático que el de las bacterias. Tradicionalmente se ha hecho por la profilaxis, mediante vacunas para algunas de las enfermedades producidas por ellos, y por el denominado tratamiento sintomático que no combate la causa sino que pretende mejorar el cuadro clínico. Los antivirales son fármacos específicos para los diferentes tipos (herpes, VIH, etc) a los que se denomina «virus blanco». No sería hasta entrada la década de 1960 cuando comenzarían a desarrollarse estos fármacos al poderse explicar el funcionamiento vírico desde el punto de vista genético. A partir de 1980 y 1990 se comercializarían antivirales nuevos muy efectivos contra algunas enfermedades. Estos fármacos han de cumplir una serie de requisitos:

Especificidad
Posibilidad de uso oral
Atoxicidad
Rapidez de acción
No tener gran costo económico

Epílogo

Esta eterna lucha del ser humano contra los agentes microbianos es uno de los capítulos más apasionantes de nuestra historia como especie, de nuestra propia evolución, y demuestra como sin investigación científica, sin estudio, dedicación y perseverancia nada de lo relatado más arriba se hubiera logrado jamás. La investigación es el pilar básico de la Humanidad. Los hechos actuales que están haciéndonos estremecer día tras día no son nuevos, han ocurrido miles, decenas de miles de veces a lo largo de nuestro ya largo caminar por el Universo … y siempre hemos ganado aún a costa de pagar un altísimo precio. Pero no olvidemos que hemos ganado porque la Ciencia, sí Ciencia con mayúscula, nos ayudó a vencer. Protegiendo a la Ciencia, a los científicos, nos protegemos a nosotros. Nunca los dejemos solos, ayudémosles, impliquémonos en que cada día se invierta más en investigación . Aprendamos la lección de una vez por todas. Estamos a tiempo.

Y finalizamos, diciendo tan solo que esta síntesis es un pequeño homenaje a todos aquellos que dedicaron su vida – en no pocas ocasiones perdiéndola – a la investigación para que la Humanidad fuera mejor y más sana, que pudiera vivir en un mundo también mejor. Y por supuesto es también un homenaje a todos aquellos que en la coyuntura actual, en esta pandemia de Covid-19, trabajan sin descanso desde diversos frentes para lograr derrotar al enemigo común, el SARS-CoV-2.

Conrado Rodríguez-Maffiotte Martín

Director del Instituto Canario de Bioantropología y del Museo Arqueológico de Tenerife

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