«Una pequeña historia de la lucha contra la infección», por Conrado Rodríguez-Maffiotte Martín (II)

(…) Un poco de historia de la lucha contra la infección antes de 1850
Es de todos sabido que la primera y más natural reacción de las personas ante un acontecimiento tan peligroso como una epidemia ha sido, y lamentablemente sigue siendo (lo estamos comprobando ahora mismo), la huida. La huida de los lugares afectados tiene como consecuencia inmediata y sistemática la mayor extensión del contagio que llega a lugares que no tenían ese problema.
Otra reacción muy natural ante una calamidad de este tipo ha sido y es encomendarse a la deidad y, en las comunidades cristianas, a los santos. Esto es debido a que durante mucho tiempo esas enfermedades eran tenidas como un castigo divino contra la gente por sus múltiples pecados. Por eso se invocaba a los llamados Depulsores pestilatis (santos expulsores de las enfermedades infecciosas o santos antipestosos) para que intercedieran ante Dios y cesara la epidemia. Para ello se celebraban misas y se sacaban los santos en procesión lo que provocaba aglomeraciones de gente y aumento de la expansión del germen y, con ello, un incremento en las tasas de morbilidad y mortalidad.
Las primeras medidas realmente efectivas en la lucha contra la propagación de las epidemias fueron el aislamiento en lugares específicos para los contagiados (los famosos lazaretos) y la cuarentena para los casos sospechosos. Aunque se habían tomado anteriormente medidas similares en muchos lugares para los afectados de lepra, según parece la primera acción de este tipo tuvo lugar en China en torno a la Era Cristiana.
Las cuarentenas verían su auge a partir de la aterradora Peste Negra (1347-1350) que literalmente barrió el mundo conocido, dejando Europa con entre un tercio y la mitad de su población y cambiando completamente la mentalidad medieval imperante hasta entonces. Fue entonces cuando surgió el Renacimiento. Sería Venecia la auténtica impulsora de esta medida que sería implantada poco después en todo el Viejo Continente. Una medida muy efectiva como se sigue comprobando actualmente.
Desde el punto de vista terapéutico (tratamiento), durante muchos siglos los métodos no variaron sustancialmente de los utilizados para tratar otras enfermedades más comunes: hierbas medicinales, pócimas sin ningún rigor científico ni valor terapéutico, sangrado del enfermo por medio de incisiones (escarificaciones) o sanguijuelas que lo único que conseguían era debilitarlo más todavía, etc. El primer elemento introducido como fármaco antiinfeccioso con cierto éxito fue el mercurio. Sería el médico, alquimista y astrólogo suizo Theophrastus P. A. Bombastus von Hohenheim, universalmente conocido como Paracelso, el que decidió utilizarlo para tratar la sífilis. Esa enfermedad estaba asolando el continente europeo durante el siglo XVI, causando millones de muertes y dejando a los que sobrevivían con lesiones espantosas, desde que fuera introducida tras el regreso del primer viaje de Colón al Nuevo Mundo. Gracias al mercurio de Paracelso se produjo una disminución de la mortalidad y un cierto control sobre sus terribles efectos.
Un siglo después se introdujo la quinina o chinchona – importada de América donde era conocida por los indígenas americanos por sus propiedades antipiréticas y analgésicas – en el tratamiento contra el paludismo o malaria que en aquel entonces (como ahora en muchos lugares de nuestro planeta) constituía un riesgo muy grande para la salud pública. El éxito de este fármaco y, posteriormente, de sus derivados fue y continúa siendo muy notable. Recordemos que la cloroquina y la hidroxicloroquina, tan ampliamente utilizadas para tratar la artritis reumatoide y el lupus eritematoso sistémico (ambas enfermedades autoinmunitarias) son derivados de la quinina que, según los datos actuales, están dando grandes resultados en el tratamiento de los enfermos con Covid-19 al inhibir la entrada del virus a las células humanas, especialmente si se combinan con antivirales como el Darunavir o con antibióticos como la Azitromicina.
El hito fundamental en la prevención de las enfermedades infecciosas durante esta larguísima etapa se produciría al final de la misma, en el último tercio del siglo XVIII, con la introducción de la vacuna antivariólica de la mano del médico rural inglés Edward Jenner. Fue este un hecho crucial que trazaría el camino. La inoculación o variolización (insuflación nasal o incisión con introducción de material infectado) fue el primer procedimiento de prevención de la viruela y era practicado en la India desde el año 1000 AC. En Europa se hizo popular tras las observaciones de Lady Montagu en el Imperio Otomano durante el siglo XVIII. Sería en 1796 cuando Jenner comprobó que la inmunización se podía lograr mediante la inoculación de material de la viruela bovina (virus de la misma familia que el de la viruela humana) que no tenía riesgo de transmitir la enfermedad, cosa que sí ocurría con la variolización, y llamó al método vacunación. La vacuna alcanzó muy rápidamente un éxito extraordinario extendiéndose por toda Europa. España organizaría en 1803 la primera expedición sanitaria del mundo (la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna o Expedición Balmis) y, en 1874, Alemania impondría la primera Ley de Vacunación Obligatoria en el mundo.
Conrado Rodríguez-Maffiotte Martín
Director del Instituto Canario de Bioantropología y del Museo Arqueológico de Tenerife
