Cien vueltas a la pasarela del Padre Anchieta permiten sellar la Compostela lagunera

Son muchos lo que empiezan con ganas, en la vuelta 50 quedarán menos de la mitad. Fotos: lalagunaahora.

Durante siglos, la Compostela ha sido el reconocimiento solemne para quienes culminan una peregrinación cargada de esfuerzo, fe y constancia. Hoy, sin embargo, los tiempos cambian, las rutas se reinventan y las gestas modernas reclaman nuevos símbolos. En este contexto nace una propuesta tan audaz como irónica: dar cien vueltas completas a la pasarela del Padre Anchieta como mérito suficiente para ser reconocido con una Compostela contemporánea.

La Compostela ha sido el reconocimiento solemne para quienes culminan una peregrinación cargada de esfuerzo. Ya tiene sello el camino lagunero. Fotos: lalagunaahora.

Quien no haya atravesado la zona del Padre Anchieta en hora punta quizá no entienda la magnitud del desafío. No hablamos de un simple paseo urbano, sino de una experiencia que pone a prueba la paciencia, la orientación espacial y la capacidad de supervivencia entre rampas, semáforos, escaleras y corrientes humanas que fluyen en todas direcciones. Dar una vuelta ya implica determinación; cien vueltas elevan la hazaña a la categoría de peregrinación épica.

La primera vuelta es la del descubrimiento. El caminante se adentra con curiosidad y cierto optimismo, confiando en que el recorrido será breve y lógico. Pronto descubre que la pasarela no se limita a cruzar de un punto a otro, sino que invita —casi obliga— a rodeos inesperados. Aquí nace el primer aprendizaje del peregrino moderno: aceptar que el camino no siempre es recto.

Sellado en el camino lagunero al terminar las 100 vueltas. Fotos: lalagunaahora.

La segunda vuelta es la del sacrificio. El cansancio empieza a notarse, las prisas ajenas se contagian y el ruido del tráfico se convierte en una suerte de mantra urbano. Es en este punto cuando muchos abandonan. Pero quien persevera entiende que toda peregrinación auténtica exige renuncia, sudor y una pizca de resignación filosófica, que hay que renovar otras noventa y ocho vueltas más.

La vuelta número cien, finalmente, es la de la revelación. El caminante ya no lucha contra la pasarela: fluye con ella. Reconoce los accesos, anticipa los cruces y hasta desarrolla un respeto silencioso por quienes comparten el trayecto. Al completar el último giro, no hay aplausos, pero sí una certeza interior: he llegado, lo que confirma el sellado en la caseta.

La credencial ganadas supone el reconocimiento simbólico a quien ha completado un camino con constancia y humildad. Tal vez no haga falta llegar a Santiago para entenderlo. Quizá, en pleno corazón del Padre Anchieta, entre pasos apresurados y miradas perdidas, se esté forjando la Compostela del siglo XXI en La Laguna.

Porque si has dado cien vueltas a la pasarela y sigues en pie, algo es seguro: peregrino, ya eres.

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