Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (XVI). Un paseo por la Ciudad de Roma (IV)
La foto de portada corresponde a una serie en color de Roma 1950.
Volvamos sobre nuestros pasos a la Roma antigua y crucemos por el terreno ocupado en tiempos remotos por los Foros de Roma. Procuremos al pasar tener un profundo y respetuoso recuerdo para esas ejecutorias del genio y del poderío de Roma en los siglos de su brillante historia y, si nos es posible, auxiliados por nuestras memorias, reconstruyamos in mente, a presencia de estas ruinas y de tal cual otra reliquia, que es lo que sobrenada a la acción demoledora del tiempo, su primitiva monumental grandeza.
Entre el Palatino y el Capitolio, colinas las más célebres de Roma, se extiende el terreno que ocuparon Los Foros en las már¬genes de su Augusta Vía Sacra, la que subía hasta el Capitolio, donde eran coronados los capitanes victoriosos, y bajaba hasta la Cárcel Mamertina, donde gemían los vencidos. El primero de todos fué el Foro Romano, centro de toda la vida civil de Roma y, al principio, también de la vida religiosa, pues en él se fabricaron templos, casas de negocios, mercados y edificios públicos donde estaban representadas todas las clases sociales y donde se ventilaban toda clase de intereses y de ambiciones. Vinieron lue¬go los Foros Imperiales, siendo el primero de éstos el de César, donde nació el Derecho Romano y donde sonó la voz de Cicerón y de otros muchos Cónsules y Patricios insignes. Siguió a éste el de Augusto, luego el de Minerva y, por último, el de Trajano, situado casi debajo del Capitolio. E! Foro de Trajano fué el más importante de todos, del cual se conserva la parte central de la Basílica Ulpia con cuatro filas de columnas que no hace mucho tiempo fueron levantadas y la célebre columna Trajana, dedicada al Emperador. Hoy, entre el Foro Romano y los Imperiales, corre la vía dei Fori Imperiali, antes llamada del Imperio, de 30 metros de anchura por casi un kilómetro de longitud. Al principio de esta vía hállase el Coliseo. Cada vez que cruzábamos esta calle y mirábamos los montones de ruinas de lo que fué el centro vital del Imperio inigualado, nos asaltaba, como un grito en nuestra alma, la idea de la caducidad de la vida y experimentábamos un santo temor por la pequeñez del hombre aún en sus ejecutorias más brillantes y atrevidas.
Sigamos adelante. Dirijámonos nuevamente al Vaticano. El Vaticano no cansa; es de una terrible atracción y necesitamos visitar sus excelentes Museos.
Penetremos en nuestros autocares por la Vía Conciliacione,hasta la plaza de San Pedro y, luego, siguiendo a la derecha, dirijámonos hasta la misma entrada del Museo. ¿Llueve? No importa; no te apartes de esa larga cola de la que has entrado a formar parte si no quieres verte privado de una gran complacencia. Ya puedes adquirir billete y entrar.
Museo de esculturas. Ahí está el Meleagro: un héroe que re¬posa sobre la lanza con que ha dado muerte a un jabalí cuya cabeza está a sus pies. Sigue adelante por entre esa multitud de estatuas y párate ante el Antinoo del Belvedere o, con otro nombre, ante el Mercurio: es una estatua de mármol de una perfecta representación; placidez en el semblante y suavidad en todos sus rasgos. También aquí está el Lacoonte, célebre grupo formado por tres figuras humanas y dos culebras. Trátase de una terrible tragedia: Lacoonte, en medio de sus dos hijos, es atormentado con éllos por los terribles venenosos reptiles que envuelven con su cola los tres cuerpos que están a punto de sucumbir. Entremos en la sala de Apolo y detengámonos ante la famosa estatua de este nombre, la cual representa la belleza ideal y la alegría, en contraste con el Lacoonte que figura el dolor. Apolo es un már¬mol sonriente. Entremos luego en la Sala de los Bustos y pase¬mos a la Galería de las Estatuas. Veamos la Diana Lucífera, el Fauno de mármol rojo, la Minerva y el Adonis, y en la Sala Redonda, el Hércules dorado. Como ves, lector, voy citando a vuelo algunas de las muchas y valiosas joyas del arte griego y roma¬no que van pasando por nuestra mirada. La Biblioteca Vaticana ni se puede ni hay tiempo de verla. Pasemos a la Capilla Sixtina para admirar al gran Miguel Angel en su «Juicio Final» y en su «Creación». Dicen que después de la «Creación» descrita en la Sagrada Biblia por Moisés, no hay nada más grandioso que la «Creación» pintada por Miguel Angel. Ese «Juicio Final», pintado en el techo de la Capilla, es de un arrobador realismo. Hay siete Angeles que parece que efectivamente están tocando las trompetas del último juicio y que a su sonido se abren los sepul¬cros; se ve resucitar a los muertos rompiendo sus ligaduras y vistiéndose con su propia carne para acudir ante el Hijo de Dios quien levanta su brazo señalando sitio a los buenos y también a los malos; allí está también la Virgen María, ungida de misericordia y de dulzura; allí los Angeles, los Profetas, los Apóstoles, los Santos, etc.; todo el conjunto es maravilloso y sorprendente.
Pasemos a la «Cámara de la Signatura» para también contempiar frescos de Rafael. Cuatro poemas del artista hay en esta sa¬la: «La Teología o Disputa del Sacramento», «La Filosofía», «La Jurisprudencia y la Poesía», y en otra «El triunfo de San León» y «La Liberación de San Pedro».
Hemos de abandonar ya el Museo, a disgusto, pero necesariamente. Es la hora de cerrar. Otra vez en la calle nos damos cuenta de que salimos encandilados, como cuando un rayo de sol hiere nuestras pupilas de frente.
Entremos al pasar, en !a Iglesia de S. Pedro ad Vincula para admirar otra obra escultórica de Miguel Angel: el Moisés, y para venerar las cadenas que aprisionaron al Príncipe de los Apóstoles.
