Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (IX). San Juan de Letrán

Los primeros peregrinos tinerfeños llegaron a la plaza de San Juan de Letrán, para apreciar, frente a la Basílica, «la estatua de Constantino y un obelisco, el mayor de la ciudad, instalado en este lugar por Sixto V» y subri por «la espaciosa escalinata del templo».
De esta Basílica, caracterizas por «el culto especial que en ella se tributa tanto a San Juan Bautista como a San Juan Evangelista, establecido por el Papa Lucio II a partir del año 1144», admiraron «su majestuosa fachada, construída en 1734, por orden del Papa Clemente XII, la cual presenta dos cuerpos o vestíbulos, inferior o de entrada, y otro superior o gran loggia, desde donde el Sumo Pontífice bendice al pueblo en ciertas solemnidades, y por la «Puerta del Perdón», junto a la cual nos hemos arrodillado, penetramos al sagrado recinto y rezamos las preces de ritual».
De entre las incontables bellezas del interior, nuestro cronista quiso destacar el altar:
«La importancia de este altar no está ni en el mármol ni en el granito, ni en la hermosura y suntuosidad de su estilo y ornamentación, sino en la preciosa reliquia que avaramente atesora, ya que en él se guarda la tabla de la Mesa donde el Príncipe de los Apóstoles celebraba el Santo Sacrificio de la misa ante aquellas primeras generaciones de cristianos de Roma» (…) En este mismo crucero (…) se encuentra también la Santa Mesa donde Nuestro Señor Jesucristo instituyó la Santa Eucaristía».
Al salir, a los peregrinos les esperaba otra sorpresa, pues, «junto al palacio de Letrán y a su Basílica se encuentra otra reliquia de nuestra devoción que no debo, silenciar: LA SCALA SANCTA. Es la escalera de mármol del Pretorio de Pilatos en Jerusalén (…) Esta escalera tiene veintiocho gradas de altura, las cuales los fieles suelen subir de rodillas (…) Todos nuestros peregrinos son testigos excepcionales de la enorme afluencia de personas que encontrábamos cada vez que intentamos penetrar en aquel venerado recinto.
