Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (XIV). Un paseo por la Ciudad de Roma (II)

Foto en color de la Roma que conocieron los peregrinos de 1950.
Desde la Plaza de Venecia subamos ahora al Capitolio y recorrámoslo empezando por la visita a la Iglesia de ARACELI. Cuando termines de subir esos 124 escalones que ves a la derecha de la Plaza de Venecia, te encontrarás con la grandiosa iglesia que lleva ese nombre; lo diré con mejor propiedad: se denomina «Santa María de Ara Coeli». Data esta iglesia históricamente del siglo XIII, edificada por los PP. Franciscanos al sustituir a los Benedictinos en 1250, los cuales, desde el Siglo X, venían re¬sidiendo en la Abadía de Santa María del Capitolio. A los hijos de San Francisco, pues, débese esta iglesia y también la devoción tan profundamante enraizada en todas las clases sociales de Roma al Santo Niño, (El Bambino) El Jesu Bambino y al «praecepe del Belén». Cuentan que esta milagrosa Imagen fue tallada por un Fraile Franciscano en un madero de los olivos del Huerto de Gethsemaní; no supo terminarla el Fraile, por lo que lo hicieron los Angeles. Perdióse luego en un naufragio, pero llegó por su propio pie al Capitolio de Roma desde donde ha venido socorriendo a los moribundos y prodigando sus mercedes entre los romanos. La iglesia es de tres naves, siendo el techo de la central plano y dorado. Tiene una capilla dedicada a San Bernardo y otra a San Pedro Alcántara. El convento de los PP. Franciscanos remata las alturas del Capitolio y se encuentra unido a la Iglesia.
¡El Capitolio! Fue lugar eminentemente sagrado. Aquí los reyes, los cónsules y los emperadores fabricaron templos. Aquí estuvo el de Jápiter, Juno y Minerva. Fué también el centro de mayor interés de toda Roma, pues desde aquí se regía todo el imperio. «Fortaleza de Roma y defensa extrema en los albores de su historia, fue después signo concreto de señorío y meta de triunfos», dice un autor refiriéndose al Capitolio, y añade: «Ahí se erigían estatuas a los Padres déla Patria y se consignaban los tratados con los pueblos extranjeros. El Capitolio era el símbolo de la fidelidad de Roma a la palabra dada, de su religión, del enaltecimiento de los hijos más preclaros y de inexorable serenidad contra, los indignos. Roma no tenía nada que fuese más sagrado.»
Pero abandonemos el mundo de los recuerdos, aunque estos sean muy interesantes, y entremos en el campo de las actuales realidades. Hemos llegado, pues, a la plaza del Capitolio. Observamos que al centro de la plaza se halla una estatua ecuestre en bronce: es la de Marco Aurelio. Tres magníficos palacios circundan la plaza: el Senatorial al centro, con doble escalinata de entrada, donde figura una pequeña estatua de Minerva, una fuente de mármol y a ambos lados dos grandes estatuas: la del Tíber, con la loba nodriza y los mellizos Rómulo y Remo, y la del Nilo; la torre Capitolina, de unos 90 metros de altura, coronada por una estatua de Roma y una Cruz dorada. El palacio de la derecha es el de los Conservadores, dedicado a Museo Capitolino nuevo el primer piso, y a Pinacoteca Capitolina el segundo, y el de la izquierda, es el Museo Capitolino antiguo con úna magnífica colección de esculturas antiguas. A la izquierda del Palacio Senatorial existe un jardín desde donde se domina ún panorama lleno de belleza: los Foros, los arcos de Constantino, Tito y Septimio Severo, la Vía Imperial y parte de los antiguos acueductos romanos. Más allá, la Roca Tarpeya, por donde eran despeñados los que atentaban contra la República. Roca escarpada, símbolo de la fortaleza romana (…)
