Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (XI). La Peregrinación llevó al Santo Padre la petición de la beatificación del Padre Anchieta (I)
La Peregrinación Tinerfeña lleva al Santo Padre una gran inquietud espiritual de la región canaria: LA BEATIFICACION DEL PADRE ANCHIETA
El P. José de Anchieta es tm ilustre hijo de las Islas Cana¬rias. Nació en la ciudad de los Adelantados de S. Cristóbal de La Laguna, el 19 de Marzo de 1534 (38 años después de la conquista de Tenerife), de padre vascongado y de madre canaria, siendo bautizado el 7 de Abril del mismo año. Mecióse, pues, su cuna en la bella vega de Agüere entre los suaves arrullos de sus brisas y los puros y cristianos cuidados de sus padres. Su óbito tuvo lugar en las también tierras vírgenes del fértil y dilatado Brasil, el 9 de junio de 1597. Los sesenta y tres años de su preciosa vida jalona¬dos están brillantemente por una ejecutoria prestigiosa, nimbada toda ella con la aureola de una auténtica santidad.
El 1.° de Mayo de 1551, a los 17 años, llevado por una voca¬ción extraordinaria a la vida religiosa, entra en la Compañía de Jesús y hace sus estudios, con notable aprovechamiento, en la Universidad de Coimbra en Portugal. El 8 de Mayo de 1563, su ardor misional le conduce al Brasil con otros padres Jesuítas que van a fundar para la Compañía. El 13 de Julio del mismo año, en Bahía del Brasil, pues, desembarca un genio de la raza hispana. Los genios son presentes que de vez en cuando Dios concede a los pueblos; exactamente eso fue José de Anchieta para el Brasil: una dádiva de Dios. Su prodigiosa fecundidad brota toda ella de una sola fuente manantial: del gran amor que a Dios tenía y del que a los hombres, por amor de Dios, dispensó. Esos dos amores fundidos en uno modelaron su gran corazón, prestigioso surtidor de cristiana caridad derramándose al exterior.

Casa natal de San José de Anchieta en La Laguna Tenerife. Foto años 20.
Veámosle caminando por las ásperas selvas del Brasil bus¬cando a sus hermanos los indios salvajes para incorporarlos por rutas de salvación. Fatigado, sudoroso, jadeante, descalzo, hambriento, enfermo, José de Anchieta camina siempre; sube, baja, se interna, avanza, sostenido únicamente por el divino ardor de su alma. Y triunfó de todos los obstáculos su enamorado corazón. Los indios lo aceptaron, lo atendieron y lo amaron. Al conjuro de su voz las tribus salvajes deponían su fiereza y caían de hino¬jos ante Cristo Jestís tras el bautismo de agua impartido por la mano del santo y tras el contacto con su tierno corazón. Y en¬tonces brotaron en Brasil las escuelas y surgieron las iglesias y los hospitales y la caridad de Cristo empezó a dar flores de pu¬reza y de santidad en los nobles corazones indígenas. José de Anchieta es el creador del espíritu nacional brasileño y lo forjó a ultranza del español: cristiano y patriótico. Por eso, al morir en el Estado de Espíritu Santo, la nación entera vibró de emociona¬do dolor, y viene, al correr de los siglos, agradecida, testimonian¬do a su Apóstol su cálida e inquebrantable adhesión y señalando con índice de admiración las gloriosas sendas seguidas por el santo en viajes de atormentado amor a través del territorio brasi¬leño. En la mejor plaza de Río de Janeiro, Brasil ha perpetuado su memoria erigiéndole un notable monumento, trasunto pálido, sin embargo, de aquel otro que la devoción de cada brasileño le ha levantado en su corazón, desde el que vocean al mundo las virtudes de su Apóstol y urgen en Roma, ante el Padre Santo, para que sea acelerado el momento de su gloriosa exaltación a los altares y su designación como Patrono del Brasil. (…)

