Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (VIII). San Pablo Extramuros

«Habiendo terminado la visita de la Basílica de S. Pedro, los peregrinos nos trasladamos a la de S. Pablo Extramuros. Cruzamos al puente de San Angel y veloces corrimos en automóvil a lo largo de la margen derecha del Tíber, alcanzando bien pronto la célebre Vía Ostiense, o sea el camino de Ostia, lugar donde está emplazada la inmensa y solitaria Basílica que guarda los restos mortales del Apóstol».

Así narra  el cronista oficial de la peregrinación la impresión que esta basílica les causó:

«Frente al río nos encontramos en primer término con un magnífico pórtico que da acceso al gran patio interior, donde se aprecian multitud de columnas de granito, estando sus paredes cubiertas de mármoles variados. Atravesamos el patio y nos tropezamos con un frente de cinco puertas. La que se encuentra a la derecha es la «Puerta Santa», por la cual penetramos y cumplimos piadosamente nuestros deberes religiosos, sin que nos haya sido posible evadir el asombro que necesariamente produce la contemplación de esta maravillosa obra arquitectónica. Concluídos nuestros rezos, pudimos apreciarla con alguna detención. Tiene cinco naves con un largo de 120 metros por 60 de ancho y 23 de altura. Estas naves están compartidas por un verdadero bosque de columnas sobre un pavimento de mármol donde aquellas se reflejan. Llama poderosamente la atención la nave central con un soberbio arco de triunfo cubierto de valiosísimos mosaicos bizantinos; la profusión de medallones colgados de las paredes, conteniendo los retratos de todos los Papas con indicación del tiempo que reinaron; los ventanales policromados y la profusión de luz que a través de los mismos penetra en la Santa Iglesia; el artesonado de su techo, lujosamente dorado y resplandeciente; el altar papal, sobre la Confesión de arquitectura gótica, severo, pero agradable, con tabernáculo o baldaquino, bajo el cual, en el Arca marmórea, se guardan los restos mortales del Apóstol; el del Stmo. Sacramento en la Capilla de su nombre y la del Crucifijo que, según reza la tradición, le habló a Santa Brígida de Suecia».

Termina recomendando «que hay que ir a Roma y visitar aquella campiña silenciosa del Aventino, llena de calma, serena, donde se yergue la Basílica que la cristiandad ha dedicado al Apóstol San Pablo, y sentir de cerca, palpar la emoción que allí se experimenta».

«Llevándonos el recuerdo alucinante de la visión gratísima con que nos ha obsequiado el sorprendente conjunto de la Basílica de San Pablo Extramuros, partamos hacia San Juan de Letrán rompiendo el silencio de esta clara y despejada campiña».

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