Todos los Santos y Fieles Difuntos en La Laguna del pasado siglo XX (y VI). Por Julio Torres

Entierro de Primera
Hablando con Domingo Medina ¡Qué antes de fraile fue monaguillo!
También nos contó Hipólito, el de la funeraria, recientemente fallecido, que en La Laguna, había entierros de primera, segunda y tercera. Por su parte Domingo nos cuenta que la actividad de los sacristanes, y monaguillos no siempre era tan interesada como en Todos los Santos. La mayoría de sus “actuaciones” en el “cargo” eran altruistas y desinteresadas, aunque no fueran conscientes de ello. A veces tenían que dejar sus juegos, chanzas y alegrías, acudiendo “un tanto obligados” a los entierros: entonces sentían envidia de los otros chicos que seguían con sus diversiones.
La Laguna 1ª, 2ª y 3ª. Esta diferenciación tenía relación con el distinto ceremonial religioso que acompañaba a los mismos, y, por supuesto, con el “estipendio” que estaba establecido y que tenían que pagar los deudos del finado al cura. La diferencia entre las tres clases iban desde el “doblar de campanas”, pasando por el ceremonial de acompañamiento a la iglesia y cementerio, así como hasta dónde se hacía el acompañamiento religioso de cura, sacristán y monaguillos.
El entierro de tercera o una Capa era muy simple (eran los de la gente humilde, y por tanto los más numerosos y más interesantes para las tabernas de San Juan); más complicado era el de 2ª o tres Capas para el que se necesitaban tres sacerdotes o seminaristas del Seminario Mayor; y complicadísimo los de 1ª (los más pudientes), en los que se utilizaban las campanas doblando hasta las doce de la noche y un entierro de 5 o más Capas.

Entierros de Segunda y de Tercera
El entierro se iniciaba yendo a casa del difunto el cura, el sacristán y los monaguillos con la manga Cruz y los dos ciriales, volviendo de nuevo a la iglesia precediendo al cortejo fúnebre. Una vez en ella, los actos religiosos eran distintos de acuerdo con la categoría del entierro, pero sin duda los de 1ª eran interminables con gran pompa e incluso, en alguna ocasión, con plañideras casi profesionales.
El trabajo para los monaguillos se iniciaba con la marcha del finado hacia el cementerio. Los de 3ª, en muchas ocasiones mediando disculpas de todo tipo por parte del párroco, eran despedidos por cura y acólitos en la puerta de la iglesia o bien donde los de 2ª; en los de 2ª se iría hasta llegar a la última casa de la calle de San Juan, junto al barranco, donde se encontraba la molineta de gofio de don Leandro Martín, conocida popularmente por “la molineta de los gatos”; y los de 1ª eran otra historia, porque había que acompañar al difunto hasta el cementerio, siendo esta caminata de un tirón de ida y vuelta, lo que suponía que los monaguillos que portaban los ciriales y la manga Cruz recalasen, a la vuelta, en la puerta de la iglesia, como ejército vencido, auténticamente derrotados de cansancio por los ciriales y la incómoda manga Cruz.
Todo esto creaba un ambiente fúnebre, de miedo y de respeto, en el barrio de San Juan y en el resto de los barrios próximos al casco San Benito; por un momento, en estos barrios con las calles aún sin asfaltar, de tierra, por la noche muy poco alumbrado, con las campanas tocando toda la noche y el frío de la época, emergía la leyenda de los finados y la compaña, las tumbas, el cementerio, las lamparillas, las ánimas… sin duda unos días de gran tradición, belleza y misterio que nada tiene que ver con la “jilipollés” del Holloween.
