Hablando con Domingo Medina ¡Qué antes de fraile fue monaguillo!
Volviendo al día de Todos los Santos, hay que recordar que toda la Noche de Ánimas doblaban las campanas… doblar que metía miedo a los niños y niñas. Los sonidos graves de La Catedral y los agudos de la Torre de la Concepción llevaban su eco lastimero por toda la Ciudad, que en muchas ocasiones desplegaba su fina llovizna otoñal.
Los campaneros y sacristanes de la Concepción y de la Catedral siempre alcanzaban algo para vino, parra u otras bebidas de “calientabarriga”, y así pasar toda la Noche de las Ánimas, hasta el amanecer, tañendo las campanas, mientras en un brasero tostaban algunas castañas y algo de chocolate en el campanario. Durante el siglo XIX y principios del XX, la gente se acostaba antes de las doce de la noche, pues se decía que a esa hora salían las ánimas.
Hablando de ánimas, también hay que recordar que mucha gente rezaba a las ánimas para que les despertaran cuando tenían que madrugar a una hora determinada. Les aseguro que todavía hay gente en el campo que lleva a cabo esta práctica y según cuentan, nunca falla.
El cuadro de las Ánimas (en el costado derecho de la iglesia de la Concepción) representa el Purgatorio con la gente en llamas, mientras los ángeles prenden con ganchos a las que se iban salvando de él, pues decían que el que iba al Purgatorio se podía salvar, pero el que iba al infierno, jamás salía de él. El sacerdote solía decir: “¡Nunca jamás, nunca jamás!; repetían esta frase, que era muy común, una y otra vez, y de este modo tenían asustados a todos los niños y sin salirse de la raya, aunque pensándolo bien, también tenían asustados a los no tan niños.

