«Tenerife y la fiebre amarilla» (y III), por Conrado Rodríguez-Maffiotte Martín

El impacto de la fiebre amarilla en Tenerife

Según algunos historiadores de la medicina y de la epidemiología, en 1494, se producirían los primeros casos con clínica similar a la de la fiebre amarilla fuera de África … y ¿dónde? pues ni más ni menos que en Canarias. Obviamente, los datos de aquella época no son fiables y, por tanto, hay que ponerlos en cuarentena (nunca mejor dicho) pero no es de extrañar – por el tráfico marítimo existente entre las islas y el continente africano – que pudiera tratarse de esa enfermedad (recordemos que Tenerife aún no había sido conquistado).

El primer contacto de nuestra isla con la fiebre amarilla tuvo lugar en 1701, siendo el primer lugar en Europa en sufrir la terrible enfermedad. La epidemia fue importada desde Cuba y el saldo final de fallecimientos fue auténticamente aterrador fluctuando entre los 6000 y los 9000 en toda la isla que apenas superaba los 50000 habitantes, es decir el virus mató entre el 12 y el 18% de la población total. Nos recuerda Luis Cola, en su magnífico Santa Cruz, bandera amarilla (1996) que la epidemia coincidió con una tremenda hambruna que afligía al archipiélago lo que contribuyó a la inmigración de otras islas hacia esta y al hacinamiento de gente, un cóctel perfecto para que el brote tuviera mayor expansión e impacto demográfico. Para desgracia de nuestra isla, sus efectos aún se verían más agravados dos años más tarde por un brote de tifus exantemático epidémico que costaría muchas vidas.

La segunda epidemia de «vómito negro» ocurrió setenta años después de la primera, entre 1771 y 1772 coincidiendo al igual que en la anterior con un episodio de hambruna muy importante. También esta vez el foco procedía de La Habana, en Cuba. Su saldo no fue tan aterrador como en aquella, pero costó 700 muertos solo en Santa Cruz, aproximadamente un 12% de su gente.

El tercer estallido aconteció entre los años 1810 y 1811 y, para todos los historiadores de la isla, constituyó una de las más grandes catástrofes sanitarias, demográficas y sociales sufridas por la capital tinerfeña en sus más de cinco siglos de historia. Una vez más, la enfermedad entró por el puerto de Santa Cruz en un barco procedente de Cádiz que llegó el 11 de septiembre. En las primeras semanas originó más de 2600 enfermos (más del 85% de los habitantes) que colapsaron los hospitales de la capital – el Hospital de Nª Sª de los Desamparados (ubicación actual del Museo de Naturaleza y Arqueología, MUNA) (Imagen 1) y el Hospital Militar (Imagen 2), el Hospicio de San Carlos y otros lugares adaptados a la función de lazaretos. El número de fallecidos ascendió, solo en la capital – que contaba en aquel entonces con unos 3000 habitantes porque el resto había huido -, a más de 1300 (casi el 45% de la población y más del 50% de los afectados). Eran tantos los fallecidos que tuvo que construirse el primer cementerio de nuestra ciudad, el de San Rafael y San Roque (Imagen 3), en 1811. El problema, al igual que había sucedido con otras epidemias anteriormente en muchos lugares de nuestro país, fue la tardía declaración por parte de las autoridades capitalinas y la escasísima eficacia de las medidas preventivas que fueron aplicadas. Ese hecho trajo como consecuencia lo que casi siempre ocurría (y aún ocurre, como hemos podido comprobar tan recientemente) en estos casos como ya hemos comentado más arriba: la huida masiva de vecinos hacia otros lugares de la isla e incluso hacia otras islas, calculándose que más de la mitad de los habitantes de Santa Cruz huyeron de la capital, especialmente hacia San Cristóbal de La Laguna. Para cuando se decretó el aislamiento total, con controles a la altura de la Cuesta, ya era demasiado tarde y, lógicamente, la dispersión de la enfermedad por el resto de la isla fue casi inmediata. Otros dos puntos especialmente castigados por este brote fueron La Orotava y su Puerto (actual Puerto de la Cruz) perdiendo entre los dos casi 700 personas. La epidemia fue oficialmente dada por terminada a finales de enero de 1811.

El cuarto episodio en la isla tinerfeña sucedió en 1846 – coincidiendo una vez más con una época de escasez y hambre en todo el archipiélago – y, de nuevo, la fuente de la misma fue un barco procedente de La Habana. Como casi siempre, la declaración de epidemia se hizo muy tarde por parte del gobernador civil. Aunque su saldo final en muertes no tuvo el impacto demográfico de las anteriores, causando menos de un centenar de víctimas mortales, su tasa de ataque fue aterradora ya que afectó en mayor o menor medida a las tres cuartas partes de la población chicharrera, es decir en torno a 7000 personas, aunque con no demasiados casos graves. Eso no influyó para que no se produjeran importantes problemas por el consiguiente colapso en los hospitales, centros de cuarentena y de atención médica. 

El quinto y último encuentro de Tenerife con la fiebre amarilla fue el ocurrido entre 1862 y 1863 con la llegada de la hoy famosa fragata Nivaria procedente de La Habana y Vigo, a finales de agosto, con bandera amarilla. Dada la situación de patente sucia del buque se le obligó a fondear en la bahía para cumplir cuarentena pero contactos entre tripulantes de la fragata y algunos habitantes de la ciudad hicieron estallar el brote. A pesar de que el Doctor Vergara Díaz diagnóstico correctamente los primeros casos aparecidos en Santa Cruz, una vez más, la declaración de epidemia se hizo de forma tardía (en contra de la opinión de los médicos de la capital que apoyaron a Vergara). Esto, de nuevo, motivó la huida de más de la mitad de los habitantes  hacia otras zonas de la isla dejando a la ciudad con menos de 6000 personas y contribuyendo, cómo no, a la propagación y dispersión de la epidemia por la práctica totalidad del territorio insular. Se volvieron a utilizar los hospitales y los lazaretos y el resultado final fue de unos 2200 enfermos de los que fallecieron alrededor de 550, exactamente el 40% de los infectados, cuando se dio por terminado el episodio en marzo de 1863 tras más de medio año de batallar contra la enfermedad.

Nunca más se ha tenido que enfrentar Tenerife a esta tan temida calamidad.

Conrado Rodríguez-Maffiotte Martín

Director del Instituto Canario de Bioantropología y del Museo Arqueológico de Tenerife 

MUNA, Museo de Naturaleza y Arqueología

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