Tascas, Bodegas, Casas de Comidas y Tabernas en la historia lagunera: El viejo «Bodegón Méndez» de la calle Juan de Vera (I)

Por Julio Torres

Casa Arcadio: el viejo Bodegón Méndez de la calle Juan de Vera. Diseño Julio Torres.

Hablar de las antiguas tascas, ventas y bodegones laguneros es recuperar una parte de la vida cotidiana de una ciudad que ya no existe. Eran establecimientos modestos, muchas veces con apenas una barra y unas cuantas mesas, pero alrededor de ellas se reunían personas de muy distinta condición y surgían tertulias que formaban parte inseparable de la vida social de La Laguna.

Entre aquellos establecimientos ocupa un lugar especial en mi memoria Casa Arcadio, cuyo verdadero nombre era «Bodegón Méndez». Se encontraba en la calle Juan de Vera, en la esquina con San Agustín, y permaneció allí hasta comienzos de los años setenta.

Al frente del negocio estaba Arcadio Méndez. De las puertas que daban a Juan de Vera, dos correspondían al bodegón, mientras que por San Agustín se accedía al establecimiento de ultramarinos de la familia, atendido por su hermano Juan Méndez. Eran tiempos anteriores a la generalización de los supermercados, cuando estos comercios tradicionales abastecían buena parte de las necesidades domésticas. En el lugar que ocupaban aquellas dependencias de San Agustín se encuentra actualmente el Registro del Ayuntamiento.

Casa Arcadio tenía una particularidad que compartía con otros bodegones de la época, entre ellos el Bodegón Acentejo: sus características puertas de balancín, semejantes a las que tantas veces hemos visto en las películas del Oeste. Protegían la intimidad del interior, de modo que desde la calle apenas podían distinguirse los pies de los parroquianos. Aquella discreción formaba parte de la propia fisonomía de estos establecimientos.

Tras cruzarlas se entraba en un espacio diáfano, de unos cinco metros de ancho. Al frente estaba una barra bastante amplia y, a derecha e izquierda, cuatro mesas —dos a cada lado— con las características bases de hierro de entonces.

Rara era la tarde en que aquellas mesas no acogían alguna tertulia. Por allí recuerdo a Nijota, Veremundo Perera, Victoriano Ríos, Agustín Padilla, este último conocido practicante de la cercana Casa de Socorro. Precisamente enfrente se encontraban la Casa de Socorro y el Hospital de Dolores, por lo que la relación entre aquel entorno sanitario y el bodegón era cotidiana.

Otro de los habituales fue don Antonio Ribot, gerente del Hospital de Dolores durante en los años sesenta. Como tantos otros vinculados a las instituciones próximas, Ribot acabó formando parte de aquellas animadas reuniones.

Muy cerca estaban también el Teatro Viana, La Catedral, el Ateneo y la por entonces denominada Escuela Politécnica, donde se cursaban los estudios de aparejadores y otras enseñanzas técnicas. Se encontraba junto al Obispado, en el entorno donde hoy está la Universidad Nacional de Educación a Distancia, la UNED. Sus estudiantes constituían otra parte habitual de la clientela.

Casa Arcadio se convertía así, casi sin proponérselo, en un pequeño punto de encuentro de la ciudad. En sus mesas podían coincidir estudiantes, sanitarios, trabajadores, profesionales, militares retirados y personajes conocidos de La Laguna. Durante un rato, las diferencias de edad, oficio o posición quedaban al margen ante un vaso de vino y una buena conversación.

Baena y el recuerdo de los caballos sobre los adoquines

Entre los personajes que recuerdo especialmente estaba Baena, militar retirado y por entonces conserje de la vecina Escuela Politécnica. Su proximidad al establecimiento hacía de él otro habitual de aquellas tertulias.

Baena pertenecía, además, a una época anterior de la ciudad. Había estado relacionado con los caballos de Artillería, cuando la Artillería de Montaña todavía utilizaba caballerías y mulos. Existían entonces una escolta y una escuadra de cornetas y tambores a caballo, y Baena había sido sargento y jefe de los cornetas a caballo.

Su figura permanece unida en mi memoria a las procesiones del Miércoles Santo, cuando aquella formación acompañaba al Ecce Homo en su salida de San Agustín.

Hay sonidos capaces de sobrevivir durante décadas a los lugares y costumbres que los produjeron. Uno de ellos es, para mí, el de los cascos de los caballos golpeando los adoquines de la calle San Agustín, mezclado con las cornetas y los tambores. Quienes conocieron aquella Laguna comprenderán hasta qué punto un sonido semejante puede devolvernos, de repente, a una ciudad desaparecida.

Años después, aquel antiguo sargento de cornetas era el conserje de la Politécnica y compartía conversación en las mesas de Casa Arcadio. Dos épocas distintas de La Laguna parecían encontrarse así en una misma persona.

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