Tascas, Bodegas, Casas de Comidas y Tabernas en la historia lagunera: «El Bodegón Acentejo»: Por Julio Torres

El incendio de la iglesia de San Agustín, en San Cristóbal de La Laguna (Tenerife), ocurrido el 2 de junio de 1964, fue uno de los mayores desastres sufridos por el patrimonio histórico de la ciudad. Instantánea tomada durante las labores de refresco de las ruinas, el 3 de junio de 1964. A la izquierda, un grupo de jóvenes se encuentra a las puertas del antiguo Bodegón Acentejo; en la pared aún pueden verse las chapas publicitarias de refrescos de la época. Foto: Álvarez.

«El Acentejo» fue fundado por Félix el Matancero, productor de magníficos vinos en su bodega de La Matanza de Acentejo y casado en La Laguna. A finales de la década de los cincuenta abrió, en el número 8 de la calle Núñez de la Peña, casi enfrente de las bicicletas de Morales, un pequeño bodegón con la intención de dar salida y vender sus propios vinos.

Aquel establecimiento tenía una curiosa peculiaridad: su puerta quedaba justo frente a la entrada por la que los fieles accedían a los cultos de la iglesia de San Agustín. Para evitar que las beatas y sus acompañantes vieran a los clientes que libaban tranquilamente en la barra, Félix colocó unas puertas al estilo de los saloon del Oeste. Aquellas puertas tenían la virtud de preservar la discreción de los «parroquianos»: desde fuera solo se les veían las piernas.

Fresco de marcado estilo abstracto, obra de Raúl Tabares (La Laguna, 1928-2005) realizada en 1970 para el Orfeón La Paz.

El traslado al número 12

A comienzos de los años setenta, el Bodegón Acentejo se trasladó al número 12 de la misma calle, a una casa situada en la esquina con Capitán Brotons. El inmueble contaba con cinco puertas: una daba acceso a la vivienda y las otras cuatro correspondían a distintos locales.

En la segunda puerta, viniendo desde Brotons, se instaló el nuevo Bodegón Acentejo.

Era ya un bar más moderno. El local resultaba algo más estrecho que el anterior, pero tenía mayor profundidad. Una hermosa barra, colocada perpendicularmente a la entrada, recorría buena parte del establecimiento hasta casi alcanzar el fondo. A lo largo de ella se disponían unos cómodos taburetes que solían estar casi siempre ocupados.

En la pared izquierda, que acompañaba el recorrido del local hasta el fondo, el pintor acuarelista Raúl Tabares (La Laguna, 1928-2005) realizó un fresco colorista, de marcado estilo abstracto, muy parecido, aunque de menores dimensiones, al que se encuentra en el Orfeón La Paz.

La barra del Acentejo

Sobre el mostrador, un expositor de cristal recorría prácticamente toda la barra. Allí se mostraban algunas de las grandes especialidades de la casa: la ensaladilla rusa «tipo Retama», el salpicón de pulpo, las grandes latas redondas de mejillones y las de sardinas, además de unas hermosas tarrinas repletas de aceitunas de todas clases: con hueso, sin hueso, rellenas de anchoa, con pimiento rojo y las populares banderillas.

Ya casi al fondo había otro expositor, novedoso para la época, que mantenía caliente una bandeja de salchichas picadas en salsa de tomate.

La barra contaba también con dos grifos de cerveza CCC, presencia inseparable del ambiente de aquellos años.

La ensaladilla se servía en pequeñas bandejas de loza y se remataba con un mejillón en escabeche o con dos aceitunas, según el gusto del consumidor. En aquellas mismas bandejitas se presentaba la otra gran tapa de la casa y una de las más demandadas: el salpicón de pulpo.

Mención aparte merecen los bocadillos. Los había variados, pero entre ellos destacaban los preparados con salpicón de pulpo y mejillones. Sin duda, el bocata Acentejo fue una de las estrellas de la casa.

Y para acompañar aquellas tapas y bocadillos, las jarras de cerveza se servían en dos tamaños: grandes y pequeñas.

Sabores de una Laguna que permanece en la memoria

Para quienes conocieron aquel pequeño mundo de la calle Núñez de la Peña, el salpicón de pulpo y la ensaladilla no eran simplemente unas tapas. Formaban parte de una manera de encontrarse, conversar y vivir La Laguna.

Eran el sabor del Bodegón Acentejo: el de sus taburetes casi siempre ocupados, las jarras de cerveza, los grifos de CCC, las bandejitas de loza, las aceitunas, los mejillones, el salpicón y aquella ensaladilla coronada con un mejillón en escabeche o un par de aceitunas.

Sabores, imágenes y recuerdos de aquellos bodegones laguneros que, aunque desaparecidos, siguen ocupando un lugar en la memoria de quienes los conocieron.

El camarero de la década de los 70 Florencio «Floro»

La imagen del «Acentejo» era Florencio Francisco, natural de la zona de Garachico, llegó siendo bastante joven a La Laguna, donde durante prácticamente toda la década de los años setenta trabajó en el Bodegón Acentejo. Su actividad profesional la compaginaba con otra de sus grandes pasiones: el deporte. Fue comentarista y cronista deportivo de la Isla Baja, llevando hasta las ondas radiofónicas la actualidad de los equipos y las competiciones de la comarca.

De aquellos años guardo una anécdota que quienes la presenciamos todavía recordamos con especial cariño. Por las noches, Florencio enviaba sus crónicas por teléfono desde el establecimiento. Cuando llegaba el momento de entrar en antena, mandaba callar a todo el mundo que se encontraba en la barra. Entonces cogía aquel viejo teléfono de baquelita y, en medio de un silencio absoluto, comenzaba su particular relato del fin de semana deportiva:

«Buenas noches. Como todos los lunes les traigo la crónica de lo acaecido en el deporte de la zona más al norte de la Isla. El pasado domingo se celebró el encuentro de fútbol entre la Juventud Deportiva Silense y el Interián. El resultado fue: Juventud Silense, 6; Interián, 0. Aquí, en la Isla Baja, el disgusto es total. Nos vemos y nos miramos unos a otros a la cara y nos preguntamos: “¿Qué es lo que ocurre, señor presidente?”. Desde la Isla Baja, para las noticias deportivas de Radio Club Tenerife, Florencio Francisco».

Aquella escena, repetida tantas noches alrededor de un teléfono de baquelita, pertenece a una época en la que las noticias viajaban de otra manera. Sin teléfonos móviles ni internet, la voz del corresponsal y una línea telefónica bastaban para contar lo sucedido y hacer llegar la actualidad de los pueblos hasta toda la isla.

Florencio Francisco fue una de aquellas voces aficionadas. Desde un teléfono de su propio trabajo convirtió resultados, partidos, victorias y derrotas en pequeñas crónicas de la vida cotidiana, dejando tras de sí el recuerdo de una manera cercana, espontánea y profundamente popular de contar el deporte. Desde el «Acentejo» Floro terminó su etapa lagunera gestionando el famoso «Hoyo del Ron»  en la lagunera calle de «Heraclio» … Eso para otro día.

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