San Juan Bautista, patrón de la ciudad contra la peste (II), por Carlos Rodríguez Morales

San Sebastián sacando un bubo de peste. Detalle de los murales de la Capilla de San Sebastián, Lanslevillard, Francia. Anónimo francés del siglo XV.
La religiosidad durante la epidemia
Desde los años inmediatamente posteriores a la conquista de Tenerife se sintió en la isla el miedo a la peste. Para combatirla, además de tomarse medidas profilácticas y sanitarias[1], se recurrió a la protección divina mediante santos especializados. Así puede valorarse que el hospital fundado en 1507 por Juan López de Villera se pusiera bajo la advocación de san Sebastián, un popular santo antipestoso, del que hubo ya en el siglo xvi representaciones en las dos parroquias de la ciudad. En 1568 el visitador episcopal ordenó la colocación en la Iglesia de los Remedios de un retablo de san Sebastián sobre el arco de la capilla «donde todo el año, acabadas las completas, baian a deçir y digan de rodillas la antífona de Beatis est, etcétera, con la oraçión del glorioso santo para que sea interçesor con nuestro Señor que guarde esta isla de pestilençia»[2]. También desde fechas tempranas se invocaría a san Roque como «patrono de la salud contra la peste». Si nos atenemos a lo indicado por Núñez de la Peña en la primera versión manuscrita de las Antigüedades, la edificación de su ermita en la montaña que tomó su nombre se produjo «cerca de los años de 1533»[3]. A partir de 1539 las actas concejiles recogen el gasto, al menos algunos años, de una dobla de oro pagada «a los abades que fueron en la procesión de señor san Roque» con motivo de su fiesta el 16 de agosto[4], incluida entre las de obligación del Cabildo en las ordenanzas de la isla[5]. San Lázaro, abogado de leprosos, extendió también su protección sobre los enfermos de peste. En La Laguna, su ermita a la salida de la ciudad fue fundada por Pedro de Vergara, quien en su testamento otorgado en 1535 reconoció que al tiempo de su casamiento con Inés Quijada «ella venía sana e sin enfermerdad alguna ni lesión corporal e yo estaua enfermo de la enfermerdad que se suele llamar bubas, donde claramente, y assí lo confiesso que yo se la pegué»[6].
Se trata, por lo tanto, de unas devociones populares, bien arraigadas en Tenerife a lo largo del siglo xvi, sobre todo la de san Sebastián[7]. Por eso se comprende que el 21 de junio de 1582, en plena epidemia, el Cabildo acordara, entre otras rogativas, que se oficiasen nueve misas en la Ermita de San Roque, «las quales se digan por la salud», y que al día siguiente «baya la procesión a señor San Sebastián o señor San Roque e el sábado se haga otra proçeçión a vna de las dichas casas»[8]. Fue precisamente ese fin de semana —víspera y fiesta de san Juan— cuando, conforme recoge el acuerdo capitular del día 25, se tomó por abogado al santo primo de Jesús, dándose la circunstancia de que esos dos días no se vio «caher ninguna criatura enferma [de]ste mal, que tan desenfrenado yva»[9]. El relato no resulta muy claro respecto a la secuencia de los hechos, pero puede entenderse que ya desde la víspera se optó por pedir amparo a san Juan con la promesa de edificarle un templo en el lugar en el que después se fabricó y donde «pusieron vna crus en su remembransa, ynbocando su santísimo nombre»[10]. Esta versión coetánea constrasta con la que ofrece el acta de otra sesión concejil de agosto del año siguiente, donde se justifica la elección del protector no por haber coincidido con su fiesta sino porque el Cabildo habría conferido que «se tomase orden e fauor para que caiese por suerte vn santo, e asy se echaron suertes e salió por patrón de la enfermedad de peste el glorioso san Juan Babtista»[11]. Fuera de una u otra forma, inmediatamente quedó formulado el voto al santo concretado en tres puntos: tenerlo por patrón y abogado contra «la pestilençia», edificar un templo en su honor y celebrar allí anualmente su fiesta con vísperas y misa[12], asuntos que trataremos con algo más de profundidad más adelante.
La búsqueda del amparo del nuevo santo patrón no fue incompatible con otros recursos piadosos: se entendía que toda ayuda era poca. Por ejemplo, en julio de 1582 se celebraron en el convento franciscano nueve procesiones con el Cristo de La Laguna a las que por acuerdo acudió la ciudad, es decir, el cuerpo concejil[13]. Y apenas tres días antes de la festividad de san Juan de aquel año el Cabildo había decidido recurrir a la mediación de la Virgen, encomendando a los diputados de la salud que ordenaran decir «las nuebe misas de Nuestra Señora, las quales se digan en todas las yglesyas perroquiales e monesterios desta çibdad, e se digan en Nuestra Señora de Candelaria, con sus plegarias»; y también se tomó la decisión de trasladar la imagen de la patrona hasta la ciudad, «la qual se trayga con la desençia que conviene, el día que acordaren el señor gobernador con los señores diputados de mes»[14]. En su fiesta de febrero del año siguiente la Virgen permanecía aún en su santuario[15], pero ya estaba en La Laguna a mediados de mayo, cuando Elena González, enferma del mal contagioso, dispuso en su testamento que se celebraran seis misas rezadas «ofresidas a Nuestra Señora de Candelaria, por que ella guíe mi ánima, y estas se digan en el Monesterio de señor Santo Domingo desta çiudad, y si fuera pusible se me digan en el propio altar donde está su ymagen, aunque por ello se dé de mas de la limosna acostunbrada vn real o dos pagados de mis bienes»[16]. Días después el Cabildo acordó también que se oficiaran nueves misas cantadas en el mismo convento, al estar allí la imagen, además de nueve rezadas en la Iglesia de los Remedios a san Juan Bautista y otras nueve rezadas a la Virgen de la Concepción en su templo «para que intersedan a nuestro Señor por la salud desta çibdad e esta ysla e conservación della»[17]. No resulta difícil imaginar que estas celebraciones, promovidas por el poder civil, se completarían durante los meses que duró la epidemia con continuas plegarias privadas y con otras rogativas cuya huella documental es más débil o desconocida.
Si el acuerdo de trasladar la imagen de la Candelaria hasta La Laguna da la medida de la gravedad de la situación a comienzos de verano de 1582 —ya que solo se recurría a esto en momentos críticos—, que se decidiese su regreso en otoño del año siguiente debe valorarse como una prueba de que lo peor había pasado ya[18]. Conocíamos, por Espinosa, algunos detalles de los festejos celebrados con ese motivo el 4 de octubre de 1583[19], pero ahora podemos ofrecer un relato más rico gracias a la Relación auténtica y berdadera de lo que en esta ysla de Thenerifee, en la ciudad de Sant Christóual de La Laguna, a acaecido después de auer dado en ella graue enfermedad de pestelençia, de la que se conserva un traslado de época en la Biblioteca de la Universidad de Miami, cuya transcripción ofrecemos en este mismo volumen[20]. Es un documento muy valioso no solo sobre el episodio concreto al que se refiere sino, más ampliamente, sobre la religiosidad y la fiesta en Tenerife a finales del siglo XVI.
Debe considerarse que se trata de un testimonio de parte, en la medida en que su redacción fue encargada al escribano Juan de Anchieta por el gobernador Lázaro Moreno de León, cuya actuación durante la epidemia fue cuestionada, entre otros, por su predecesor en el cargo[21]. Pero esto no afecta, entendemos, a los aspectos que aquí nos interesan: las expresiones de júbilo, las celebraciones —religiosas y profanas— y la propia valoración de la fiesta como final simbólico del largo periodo marcado por la enfermedad. No obstante, parece claro que la organización de estos regocijos tuvo como objetivo principal infundir ánimo en el pueblo y trasladar la impresión de que comenzaba, de alguna forma, un tiempo nuevo: «Todo esto se entiende hasía el dicho gobernador para olvidar con las fiestas el mal, fatiga e tristeza que tenían». El comienzo de los actos tomó a la población por sorpresa y se produjo por iniciativa de Moreno de León tras su llegada a La Laguna, procedente de La Gomera, el 16 de septiembre de 1583. Informado por algunos caballeros que salieron a recibirle sobre el estado de la ciudad, «vnos diziendo estaba sana otros que no», decidieron entrar en ella a primera hora de la mañana «con gran regosijo corriendo por las calles a caballo publicando salud», a imitación de lo que se había hecho en Bolonia tras la Gran Peste.
[1] Pérez González/Santana Rodríguez/Rodríguez Benítez [2017].
[2] Archivo Histórico Diocesano de San Cristóbal de La Laguna (en adelante, AHDLL): Fondo parroquial de Santo Domingo de Guzmán, La Laguna, libro 156, Libro de mandatos de la Parroquia de Nuestra Señora de los Remedios, f. 53v. Ese mismo año se ordenó hacer un altar al mismo santo en la capilla mayor de la Iglesia de la Concepción. Rodríguez Moure [1915], p. 191.
[3] Núñez de la Peña [1669], ff. 243v-244r.
[4] Acuerdos VI [1998], p. 145; Acuerdos vii [2000], pp. 163, 210.
[5] Ordenanzas [1670], f. 7r.
[6] Archivo Histórico Provincial de Santa Cruz de Tenerife (en adelante, AHPT): Sección Histórica de Protocolos Notariales, 405, escribanía de Diego de Onís, ff. 294r-302r, 23/1/1535.
[7] Pérez Morera [2006], pp. 22-27; Santana Rodríguez [2006].
[8] Apenas dos años antes, en junio de 1580, el Cabildo recurrió también a estos dos santos para que sus imágenes tomasen parte en una procesión general «por la salud e buenos tenporales e por el buen suceso de su magestad», incorporando al cortejo una imagen de san Juan Bautista —no se indica cuál—, suponemos que atendiendo a que se fijó la procesión el día de su fiesta. AMLL: Sección 1, Actas capitulares, oficio 1, libro 15, f. 107r, 20/6/1580.
[9] Aunque en ocasiones, a partir de esta cita, se ha interpretado que aquellos dos días no murió nadie por la enfermedad, cabe entender y nos parece más probable que en realidad lo que sucedió es que no se tuvo noticia de nadie que manifestara entonces síntomas de haberse contagiado.
[10] AMLL: Sección 1, Actas capitulares, oficio 2, libro 3, ff. 164v-166r.
[11] AMLL: Sección 1, Actas capitulares, oficio 2, libro 3, ff. 221r, 8/8/1583. El sorteo se menciona también como método por el que el santo vino a ser protector contra la peste en la exposición dirigida al provisor y vicario episcopal por un grupo de vecinos con el fin de que se aprobase la fundación de la Cofradía de San Juan Bautista, en 1767.
[12] AMLL: Sección 1, Actas capitulares, oficio 2, libro 3, ff. 164v-166r.
[13] Santana Rodríguez [2000].
[14] AMLL: Sección 1, Actas capitulares, oficio 1, libro 15, f. 186r; y oficio 2, libro 3, f. 163v, 21/6/1580.
[15] El Cabildo acordó días antes acudir en procesión hasta Candelaria, como era costumbre; «y por cavsa de la enfermedad que a sobrevenido a esta çibdad se provee e manda que vayan su merçed del señor alcalde mayor con los señores Luis de Sanmartín Cabrera y el licenciado Cabrejas, diputados, y se haga saber al señor vicario que vayan dos benefisiados de los que no an caydo enfermos de la dicha enfermedad», decidiéndose también que debía pregonarse «que desta çibdad no vaya nenguna persona que aya caydo enferma de la dicha enfermedad, poniéndoles grandes penas». AMLL: Sección 1, Actas capitulares, oficio 2, libro 3, ff. 191v-192r, 28/1/1583.
[16] AHPT: Sección Histórica de Protocolos Notariales, 245, escribanía de Juan Núñez Jaymes, f. 460r, 12/5/1583. Según Espinosa [1980], p. 157, una vez llegada al convento dominico de la ciudad, la imagen de la Virgen de Candelaria no fue expuesta a la veneración «en lugar público» para, en palabras de fray Alonso de Espinosa, «evitar el concurso de la gente, que en semejantes tiempos dicen es dañoso».
[17] AMLL: Sección 1, Actas capitulares, oficio 2, libro 3, f. 204v, 23/5/1583.
[18] «Que se lleve la imagen de Candelaria a su casa. E luego se leió en este cavildo vna petición del vicario de Candelaria en que en efecto pide se dé orden como se lleve la santa imagen de Candelaria a su casa del Monasterio de Santo Domingo, donde está. Acordose que el domingo primero, que será quatro del presente, se lleve en procesión con mucha veneración e la aconpañen los señores justicia e regimiento e vaian con ella a su casa los señores Pedro Soler e Luis de Sanmartín Cabrera e Juan Viscanio (sic), regidores, que son los que hizieron el pleito omenaje quando la traxeron, e quel maiordomo del Consejo lleve de comer para ellos e para los saserdotes que fueren con la santa imagen e se haga haser seis hachas para la vaia alunbrando e se le queden allá». AMLL: Sección 1, Actas capitulares, oficio 2, libro 3, f. 244v, 1/12/1583.
[19] Espinosa [1980], pp. 157-158. Recientemente han aportado algunas noticias Rodríguez Yanes [1997], t. ii, p. 960, y Santana Rodríguez [2015].
[20] University of Miami Libraries: Canary Islands Collection, 22. El documento fue divulgado por Alejandro Carracedo en la página web canarizame.com el 15 de julio de 2016.
[21] Pérez González/Santana Rodríguez/Rodríguez Benítez [2017].
