Salutación de Juan Pedro Rivero González, Párroco de Santo Domingo de Guzmán La Laguna en el Día del Rosario

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Octubre se abre como un cielo de promesas sobre nuestra ciudad de San Cristóbal de La Laguna, y en el corazón de nuestra parroquia late la fiesta de la Virgen del Rosario. No celebramos un simple recuerdo del pasado, sino un presente de gracia que se hace cercano, una visita de la Madre que, como entonces, sigue viniendo a nuestro encuentro.

Aunque este templo lleva el nombre de Santo Domingo de Guzmán, es María quien ocupa el centro visible y espiritual de nuestra capilla mayor. Ella conquistó el corazón del santo de Caleruega y encendió en sus labios la plegaria del Rosario, que desde entonces se ha convertido en el latido orante de millones de hijos e hijas a lo largo de los siglos.

El cartel de este año, con discreta hondura, nos regala un mensaje simbólico. En él aparece la silueta de un navío que se hunde en las aguas, evocando la batalla de Lepanto, aquella en que la Iglesia experimentó el poder de la intercesión de la Virgen mientras el Papa Pío V sostenía el Rosario como arma de luz y esperanza. No es un mero recuerdo histórico: es una parábola de lo que ocurre en nuestras vidas cuando el oleaje nos sobrepasa.

También se dibuja, tenuemente, la figura de Santo Domingo, como presencia silenciosa que acompaña el símbolo. Parece invitarnos a no olvidar que toda su vida fue entrega confiada a María, brújula de sus decisiones, faro de su misión y madre de su vocación. Así también hoy, él nos recuerda que, en medio de la tormenta, el camino más seguro es poner nuestra confianza en la Madre de Dios.

Y es que tampoco nosotros estamos lejos de esas aguas turbulentas. Cada familia, cada persona, conoce bien sus propias batallas: dudas, fragilidades, enfermedades, soledades, pérdidas que hieren el alma. En tales horas de tormenta, cuando parece que todo se hunde, el Rosario vuelve a ser ancla firme y vela desplegada, oración sencilla que sostiene y serena, confianza que no defrauda.

María, la Virgen del Rosario, no es una espectadora distante. Ella camina con nosotros, como Madre solícita, con ternura que abraza y con fortaleza que sostiene. Su presencia es discreta y al mismo tiempo poderosa: basta pronunciar su nombre con fe para que la esperanza renazca en medio de la oscuridad.

El Rosario no es repetición mecánica, sino canto de amor que va tejiendo cada cuenta con la historia de la salvación. Es memoria viva de Cristo en el corazón de la Iglesia; es oración humilde y perseverante que une cielo y tierra, que transforma la angustia en paz y la soledad en comunión. Rezar juntos el Rosario es hacer de nuestra parroquia un coro que acompasa la fe y la convierte en súplica compartida.

Que esta fiesta nos devuelva a lo esencial: la confianza en Dios, el consuelo maternal de María, la certeza de que jamás navegamos en soledad. La Virgen del Rosario es promesa y presencia; es camino abierto y abrazo que recoge a los hijos dispersos para llevarlos al corazón de su Hijo.

Santo Domingo, que tanto amó a María, nos enseña a vivir desde la confianza filial. Su ejemplo nos anima a descubrir que no hay tesoro más grande que entregarse a la Virgen, y con ella, adentrarnos en la hondura del amor de Dios. Nuestra parroquia, bajo su patrocinio, quiere seguir siendo escuela de oración y comunidad de esperanza.

Que la fiesta de este año encienda en todos nosotros la gratitud y la alegría. Que cada Rosario que brote de nuestras manos sea un cántico humilde que ascienda al cielo y regrese convertido en paz. Y que, al mirar a la Virgen, podamos escuchar en nuestro interior las palabras que toda madre susurra a sus hijos: “No temas, yo estoy contigo”.

Con afecto y bendición,

Juan Pedro Rivero González

Párroco de Santo Domingo de Guzmán La Laguna

 

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