Recuerdos de Carnaval: Las mascaritas entrañables del Carmaval «Ramallo y las fotis»

Ramallo convirtió la parodia en espectáculo y la calle en su estudio improvisado. Plaza del Dr. Olivera.

También célebre fue en La Laguna el disfraz de Ramallo, vecino de la Calle Candilas y figura imprescindible del carnaval de aquellos años. Personaje popular y fácilmente reconocible, muchos lo recuerdan como el que probablemente fue el primer “cámara” de los carnavales laguneros, aunque la precariedad de sus medios y lo efímero de su arte hayan impedido que su testimonio llegue hasta nuestros días. En una época en la que la fotografía aún era un lujo y la imaginación suplía a la técnica, Ramallo convirtió la parodia en espectáculo y la calle en su estudio improvisado.

No iba solo en sus andanzas carnavaleras: lo acompañaban dos “ayundantes”, como él mismo los llamaba. Uno era Tomás, conocido como “el mequina”, y el otro Pablito, que era jorobado y hacía las veces de encargado de pasar el sombrero para pedir las propinas. Entre los tres formaban una pequeña troupe que animaba las calles y atraía a los curiosos allí por donde pasaban.

Una de aquellas entrañables lecheras de los primeros años de los 60 pasa por la puerta de la casa de Ramallo. 

Ramallo se tiznaba la cara para completar el atuendo y llevaba consigo una cámara tan ingeniosa como disparatada: una simple lata de sardinas a la que había añadido varios artilugios para darle apariencia de aparato fotográfico auténtico. Con enorme desparpajo, iba recorriendo las calles entre risas y música, acercándose a los personajes más pintorescos del carnaval y pidiéndoles que posaran mientras repetía su ya famosa cantinela: «una foti, una foti». Para simular el fogonazo, quemaba con un fósforo un poco de pólvora, provocando un chasquido y una nube de humo que arrancaban carcajadas y aplausos, mientras Pablito aprovechaba para pasar el sombrero entre el público.

Más que retratar imágenes, Ramallo y su peculiar compañía retrataban momentos: capturaban el espíritu burlón y desenfadado de unas fiestas en las que la escasez de medios se compensaba con ingenio y ganas de divertirse. Su “cámara” no dejó negativos ni copias en papel, pero sí una huella en la memoria colectiva, como símbolo de un carnaval popular, creativo y profundamente callejero, donde la risa y la imaginación eran el verdadero objetivo del objetivo.

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