Recuerdos de Carnaval: Figuras grotescas del Carnaval ancestral en los valles de Jiménez y Tabares. Por Julio Torres Santos

De mi libro «La Laguna, siglos de Carnaval»
Hasta principios de los años 70 del pasado siglo pervivió en los valles Jiménez y Tabares una antigua tradición: el oso de Carnaval. El lunes y martes de Carnaval, algún voluntario vestía con la piel de un becerro, incluidas las manos y los pies, cubriendo su rostro con pellejos de este animal. Las pieles se disponían sobre una montura o una albarda –si esta no era muy pesada–, previamente recubierta de mantas y sacos de pelo de camello, de esta manera se amortiguaban los golpes de sus «oseros» o «domadores», es decir, los acompañantes del oso, que tiraban de él mediante unas cadenas o sogas atadas a su collera.
Los primeros recuerdos de los más viejos de Valle Jiménez se sitúan en el Lomo de las Casillas, cuando Bernardo hacía de oso, acompañado de «Cho Logio» y «Manuel Vito»; después vinieron Rafael el de «Cha Encarnación»; Juanillo, el hijo de María «montaña»; Tomás «Quinio»; Diego «el Wili»; Antonio «el de Ismael»; Lolo «el macho»… Y es que no solían repetir, dado la manta de palos que se llevaban.
Porque el oso tenía que gruñir, agitando al mismo tiempo sus patas delanteras para asustar a la chiquillería. Entonces sus domadores lo apaciguaban, golpeándolo con una vara de membrillero o una rama de pino, gritando: « ¡Quieto animal! ¡Esto es imposible aguantarlo! ¡Quieto animal! ¡Fuche!»…El resto del tiempo, el oso tenía que caminar también con sus «patas» delanteras. Con estos gritos avisaban a la población de la llegada del oso. Visitaban las casas «de más amistad o a las que mejor pudieran invitar», y así se «entonaban» oso y domadores, pues allí los invitaban a huevos, rebanadas y vino.
En numerosas ocasiones, el oso y sus domadores llegaban a La Laguna y Santa Cruz, donde la escenificación era tan realista que muchas y muchos les recriminaban sus abusos al pobre animal.
Cuentan que en cierta ocasión, el oso y sus acompañantes quisieron entrar en un bar de la calle de la Carrera, «porque era donde había más ambiente». Sin embargo, entre los clientes estaba un guardia municipal que creyó que el animal era auténtico, por lo que no le permitió la entrada. El oso se echó en la acera, asustando y embromando a todo aquel que pasaba cerca, mientras los domadores se «entonaban» dentro.
Con similares características, también hubo un oso de Carnaval en el Caserío de El Palmar (Buenavista, Tenerife); hasta principios de los años 60 su llegada era anunciada con bucios. En los Valles, esta tradición pervivió al menos desde principios del siglo XIX hasta los primeros años de la década de 1970, aunque probablemente sea mucho más antigua; la hipótesis más plausible y lógica es que llegara del norte peninsular tras la Conquista. Por ejemplo, en la aldea de Salcedo –A Pobra do Brollón, Lugo– un personaje ataviado con pieles de cordero, campanas y máscara de oso recorre las calles, el lunes de carnaval por la tarde. El oso cubre su cara con una máscara de cuero de la que sobre sale un gran hocico y, ayudado por sus criados, persigue a la población, inmovilizando a los más rezagados y embadurnándolos con una pasta de agua y ceniza. Sus criados visten de manera más sencilla, con tela de saco y cordones de paja. Se valen de grandes palos para reducir a sus víctimas. A pesar de su origen incierto, esta tradición parece estar relacionada con el final de la hibernación y la llegada de la primavera y, con ella, toda una serie de connotaciones de fertilidad que acompañan al ciclo de las cosechas.
Otros carnavales de Canarias también recurren a algún tipo de animal para intimidar o embromar: Los Carneros de Tigaday (La Frontera, El Hierro), los Diabletes de Teguise (Lanzarote) y las Burras de Güímar (Tenerife).
