Puigdemont, ni sí ni no, sino todo lo contrario

La cámara fotográfica fue capaz de inmortalizar al tal Puigdemont en su desdoblamiento de personalidad

Cataluña es un teatro., no como el de Calderón sino más localizado. Parece el Retablo de las Maravillas inventado por el sabio Tontonelo, pero aquí, al contrario de como dice Chanfalla, es el público quien hace ver al actor los inexistentes prodigios que imagina.

En Cataluña, todo aquel que necesita de un público generoso que aplauda y de fe de sus excepcionalidades, lo hallará dispuesto a confirmarlas, convirtiéndose en prisionero de la ilusión, que se le creará sin cobrarle entrada. Puigdemont ha convertido a la gran Cataluña en un gran teatro, en el que el actor pasa a ser el público, y la ciudad un gran escenario repleto de figurantes. De la garganta privilegiada de Anna Gabriel, salió ayer la frase del día, nos dijo que es una «independentista sin froteras»; los interminables amores de los independentistas catalenes son vividos en su virtualidad con la fuerza de Casanova y con la inconsciencia de la memoria confundiendo el relato con la realidad.

En los últimos tiempos un personaje cautivó a Cataluña, mostrador de prodigios aumentados y exagerados por sus parroquianos, es el tal Puigdemont. Quizá víctima de algún sortilegio de payes, el Puigdemont tiene doble personalidad y, algunas veces, hasta triple. La cámara fotográfica fue capaz ayer de inmortalizar al «Puig», para los amigos, en tan extraordinario trance, prueba irrefutable, para él mismo, de que el fenómeno era real. Pero no sólo la prueba sobre papel, quizá producto de alguna diabólica holografía, es testimonio suficiente para «El Puig»; toda la jarca independentista, en un contubernio natural y espontáneo daba fe de su singularidad, confundiendo a su memoria, debilitada por la fiebre de su imaginación, y firmarón una declaración de independencia.

En los próximos días sea de una forma o de otra se verá que ser actor en España es muy difícil y peligroso; cuando menos te lo esperas te encuentras desplazado al patio de butacas y es la nación la que se ha convertido en la escena, casi en el gran Teatro del Mundo de Calderón ¡¡¡Puigdemont!!!.

 

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