Pregón de las Fiestas y Romería Regional de San Benito Abad. La Laguna 2023 (II). Por José Manuel Ramos

Fue también en una publicación del mencionado Julio Torres, donde supe el origen lagunero de los barcos, gracias a la aparición de documentos que apoyan este hecho y que nos trasladan a 1699, a punto de pisar un nuevo siglo. El documento cuenta cómo, el 8 de septiembre del citado año y con motivo de la festividad de Nuestra Señora de Los Remedios se fabricaron “vnos nauíos, los quales se efecturaron con tanto primor y lucimiento como se vio; para cuyo fin se hizo vn castillo en la esquina de la plaza desta iglesia, desde los quales se representaron loas para mayor deuosión de dicha santa imagen y alegría de los fieles..” No hay nada como refutar o, al contrario, confirmar hechos que cuenta la tradición, casos como el que enumera los pueblos, principalmente de la comarca nordeste de Tenerife, en los que se representaba la librea y se olvidan de Punta del Hidalgo, que en un artículo del año 1927, se informa de los actos religiosos y festivos de la fiestas de San Mateo en la Punta, entre las que se incluye la librea y la muestra de los corazones de los que hablaba mi tía Mercedes y de los que no se ha encontrado foto alguna.

Estos barcos terrestres, como los designa un artículo de La Opinión del 5 de junio de 1906, se hicieron tan populares que pasaron a formar parte del paisaje romero de la romería moderna, de la que nos ocuparemos dentro de un momento, e incluso fueron objeto de concurso, al considerarse cuál era el mejor engalanado, retándose los bueyeros a ver quién tenía el barco más veloz, esto último llamado porfías, resultado posiblemente del efecto del abundante vino que circulaba por las carretas durante la jornada, en la pre-romería y durante el paseo. Con respecto a la duración de ese paseo, hay una reseña en el periódico El Día del año 1953, que en su título aplaude y celebra que “más de una hora duró el desfile de la Romería de San Benito”, lejos de las tres horas de duración, a día de hoy.

Uno de los escritores y poetas que ha atesorado nuestro municipio con el paso de los años,

Juan Pérez Delgado Nijota, el gran valedor de las romerías, hizo dos coplas a los barcos.

No hay barco como el mío

pa bajíos y resacas

pues el viento no lo mueve

sino mi yunta de vacas

 

Barco es un buque terrestre

del que una carreta es quilla

y cuyos motores hacen

diez deyecciones por milla

Todas estas cuestiones, algunas conocidas y otras ignoradas por mí, me han causado sorpresa y asombro, pero ninguna como la que obtuve al conocer el origen de nuestras romerías en cuanto a su anteriormente citado paisaje, refiriéndonos a los elementos que la conforman hoy día.

En 1906, el Casino de Santa Cruz de Tenerife encarga -y aquí hace aparición un personaje decisivo para lo que nos ocupa esta tarde- a Diego Crosa Crosita, uno de sus socios, la confección de una fiesta a celebrar en la plaza de toros de la ciudad, con motivo de la visita del Rey Alfonso XIII en la que se exaltara el mundo rural, que después de varios siglos considerado de gentes ignorantes de muy baja condición, a principios del siglo XX pasa a ser un mundo a tener en cuenta, dándole incluso un carácter romántico que lo enaltece y es tenido en cuenta porque sus habitantes son dueños de muchas de las señas de identidad de nuestra región, que se van perdiendo frente a la aceptación y preferencia de lo venido de fuera, ya sea social, literario o musical. Así, este tal Diego Crosa organiza un desfile en el que incluye todo aquello que haga exaltar lo canario, muestre el ámbito rural y para ello manda traer camellos del sur de Tenerife, incluye los barcos anteriormente nombrados, carretas que emularan esa costumbre antigua de ir de romería a pedir favores al santo de los lugares de peregrinación acostumbrados, llevándose unos carros con techos de tela para preservar del frío, el sereno y la lluvia (las carretas de hoy), pues la romería podía durar varios días sumando la ida y la vuelta dependiendo de cuál fuera la procedencia de los romeros. Este desfile es la semilla de las romerías, tal y como las entendemos hoy, con la diferencia de que no tenía ninguna connotación religiosa. Este encargo a Diego Crosa, estuvo acompañado de otros actos y así, recomendó el engalanado de los balcones del centro de la ciudad y un concurso de coplas, algo de lo que él, años más tarde, sería uno de sus máximos exponentes. Pero ¿quién era este Diego Crosa?

El 11 de abril de 1869 nacía en Santa Cruz de Tenerife Diego Crosa y Costa, un personaje tremendamente atractivo a medida que uno va indagando en sus datos biográficos, o en lo que cuentan de él sus amigos y contemporáneos. En mi casa siempre fue un autor de buenas coplas, amigo de mi abuelo Manuel, algo que idealicé junto con otras cuestiones siempre directamente relacionadas con el mundo de la tradición, sus cantadores y las coplas que elegían. Pero algo que desconocía era su increíble talento para la pintura, en especial a la acuarela y dicho esto, los invito a ustedes a darse un paseo por internet -que hoy en día es la forma más rápida y directa- para caer de rodillas, literalmente, ante los ejemplos que nos ofrece, acuarelas, donde se hace notar su gusto por el paisaje del campo isleño.

Fue caricaturista e hizo publicaciones con sus dibujos recogidos en álbumes a los que espero tener acceso en lo sucesivo. Poeta, escritor y dramaturgo, habiéndose representado en los teatros de la ciudad alguna de sus obras, tales como Isla Adentro o Senderos. Hay un libro de coplas del que daremos cuenta a continuación, en el que Eduardo Zamacois, un novelista español nacido en Cuba, que a juzgar por la descripción que hace de su amigo Diego Crosa, lo era ciertamente y muy cercano, hace un prólogo maravilloso. Dice Zamacois:

“Una de las figuras más interesantes, más populares y al propio tiempo distinguidas de Santa Cruz de Tenerife, es Diego Crosa. El buen humor, la risa, el desgobierno y también aquella corrección dialéctica, fruto de un acabado dominio de sí mismo, constituyen la solera de su carácter”. El novelista continúa haciendo una descripción de Diego Crosa, al que se refiere como “solterón, travieso y artista…lleno de amistades…al que “el hogar es casi un accidente, por lo que no se le debe buscar en su casa, sino en la calle”. “Su nombre es una ganzúa que abre todas las puertas…”.

La cuestión por la que llegamos a Diego Crosa, Crosita, es el libro de coplas anteriormente anunciado, titulado Folías, cuya primera edición está cumpliendo 100 años. Editado pues en 1923 y ampliado en su segunda edición de 1932, tenemos que decir, que tras una primera lectura, queda constatado que la aportación al coplero canario de este genial autor, fue decisiva y esperamos que simplemente por justicia, antes de su último aliento el 25 de noviembre del año 1942, se le haya agradecido una y mil veces. De este libro extraemos diez de las coplas más hermosas y posiblemente las más cantadas de esta primera centuria. Como muestra les ofrecemos dos coplones, que diría nuestro añorado Dacio Ferrera, que encabezan este Santo Grial y que son toda una declaración de intenciones de lo que nos vamos a encontrar en esta joya literaria:

El honor de una mujer
puede una copla manchar
las folías no han de ser…
¡No saben sino besar!

Como ese Teide gigante
las canarias todas son;
mucha nieve en el semblante
y fuego en el corazón.

Dejando atrás a este artista multidisciplinar, avanzamos, contándoles que años después de ese primer desfile encargado a Crosita, y dado el éxito rotundo de la celebración, las gentes influyentes de La Orotava deciden recoger el testigo de esta idea y es en junio de 1935 cuando la directiva del Liceo Taoro de La Orotava decide repetir la fiesta, pero dedicada a San Isidro Labrador, patrón de los campesinos, acercando así la fiesta al origen religioso primigenio de la romería, en la que la gente del campo le ruega su favor y vigilancia de la cosecha y el vino, o pagándolas, a modo de ofrenda. Al año siguiente estalla la Guerra Civil y empata con la Segunda Guerra Mundial, por lo que pierde fuerza y no es hasta el cese de las hostilidades en 1945 cuando vuelve con intensidad para seguir su camino hasta hoy. Es después de esto cuando hace su primera aparición la Romería de San Benito, tal y como la conocemos hoy, cuando en 1946, un grupo de vecinos del barrio de San Benito, decide ir a la Romería de La Orotava, animados por Don Ángel Álvarez, un panadero del barrio, que un año antes en 1945, había quedado impresionado por lo que vio allí. A la vuelta, esta expedición de ojeadores romeros, se reunieron para, en palabras de Julio, conjurarse y hacerle una romería a San Benito el año siguiente. Y así, el domingo 8 de junio de 1947, San Benito tuvo su romería, con los elementos que han pasado a su historia y de la que celebramos este año el 76 aniversario. La romería fue financiada, si es que ese término se puede usar para lo que sucedió, gracias a la aportación vecinal del barrio, con diferentes actos recaudatorios que se organizaron a lo largo del año, pues el Ayuntamiento de ese momento dio la espalda a esta ilusionada propuesta y declinó la petición de la Comisión de Fiestas.

Es en 1948 cuando el Ayuntamiento, el Obispado y el pueblo lagunero apoya la romería y es por ese motivo que suponen los cronistas, que la de 1947 no computa como romería, al no ser oficialmente aceptada por el Consistorio lagunero. Pero vaya si computó…

Años más tarde, en 1958 se elige por primera vez a la Romera Mayor, título que ostenta ya para siempre Mari Carmen Laynez Cerdeña y la Romería, a partir de 1952 se empieza a invitar a algunas rondallas (como se las denominaba entonces) de las islas vecinas, para que en 1959 fuera declarada romería regional, siendo la única que tiene ese distintivo. En 1964, el mal tiempo haría que la romería pasara a celebrarse en el mes de julio, como se ha venido haciendo desde entonces.

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