Pregón de las Fiestas Patronales de La Verdellada 2026 (IV). Por Francisco Javier García Rodríguez

Mis vivencias personales
Por eso, quiero hablarles brevemente, aprovechando este inesperado rol de pregonero de sus fiestas, de algunos de los recuerdos y percepciones personales que tengo de este lugar en el que ustedes habitan, que reconozco como uno de los más importantes de mi vida. En efecto, comencé a habitar muy cerca de aquí, en Barrio Nuevo, hace casi cuarenta años, como tantos jóvenes estudiantes universitarios venidos de todos los rincones del Canarias a vivir una etapa que cambia sus vidas para siempre y que también cambió la mía.
Tiene sentido rescatar aquí las palabras del inolvidable Mario Benedetti, cuando indicaba que “en el presente estamos fabricando las nostalgias que descongelarán algún futuro”. En este sentido, como solemos decir en las ceremonias de graduación, la etapa universitaria nos regala, a mí me regaló, una ingente cantidad de agradables nostalgias en muchos de mis futuros. Todo lo que nos ocurre y, sobre todo, como diría Juan José Millás, todo lo que se nos ocurre a lo largo de los años universitarios forma parte de lo mejor de nosotros mismos y de los lugares comunes, físicos y emocionales, a los que siempre añoramos volver. Y muchos de esos lugares, en mi caso, se hallan en los alrededores de este barrio.
Vine aquí en el año 1989, desde un humilde hogar del norte de La Palma, con 17 años, para estudiar Economía en la Universidad de La Laguna. Era mi segundo viaje en avión, habiendo hecho un trayecto similar, La Palma –Tenerife, un año antes para visitar a un familiar e informarme, precisamente, de alternativas de estudio. Junto a otros tres compañeros, conocidos del instituto, conseguimos alquilar un piso compartido, por 35.000 pesetas mensuales, que en los 5 años posteriores llegó a 45.000 pesetas, en el Barrio Nuevo, al final de la Calle Las Américas. Los arrendadores eran una pareja de habitantes del propio barrio, Doña Susana y Don Teófilo, que habían construido tres apartamentos con los ahorros que él trajo de su proceso migratorio a Venezuela, de manera que ellos vivían en el tercero y alquilaban a grupos de estudiantes los dos pisos inferiores. Al segundo año, los propietarios se trasladaron al centro de La Laguna, quedando los tres pisos en situación de arrendamiento.
A mí me tocaba gestionar, probablemente por mi condición de estudiante de económicas, las cuestiones referidas al contrato y al pago del alquiler, por supuesto en metálico, cada inicio de mes, así como a recoger y archivar los correspondientes recibos. Recuerdo que en una ocasión acudimos al domicilio de los arrendadores para firmar la renovación del contrato y efectuar el pago de la fianza. Sin embargo, éstos no se encontraban en casa y no pudimos, por tanto, realizar la operación. De esta manera, nos vimos en pleno centro de La Laguna, un jueves por la noche, con 35.000 pesetas. He de reconocer que no resistimos la tentación, teniendo recuerdos nítidos de esa noche en los ya inexistentes locales de la discoteca el Equilibrio o el conocido como “salsódromo”.
También recuerdo, con nostalgia, asistir a múltiples luchadas en el terrero que existía en el Barrio, en la Calle El Drago, atraído, además de por la afición que traía de mi infancia tijarafera, por el hecho de que uno de los compañeros de piso acabó formando parte del equipo. Además de a las luchadas, acudíamos muchas tardes a jugar al billar al bar anexo al terrero, denominado, de manera muy gráfica, “Bar campo de lucha”.
Hablando de acudir a competiciones deportivas, también recuerdo excursiones con los compañeros de piso, algunos domingos por la mañana en que había partido, al campo de fútbol, ubicado en la zona de la Verdellada que está al otro lado del barranco. Lo cierto es que no recuerdo la necesidad de abonar entrada, cosa muy probable, dado que habría sido, sin duda, un elemento disuasorio dadas las restricciones económicas a las que estábamos sometidos.
Y es imposible hablar de deporte en Barrio Nuevo y La Verdellada y no mencionar al Jocha, José Antonio Hernández, estando la triste noticia de su fallecimiento hace escasos días aún muy reciente. Si bien nunca fui cliente de su gimnasio, que nació a finales de los 80, a la vez que empecé a residir en el barrio, el icono de su figura era conocido y admirado por todos.
Hablando de la vida cotidiana de aquellos años, no sé si recuerdan el supermercado Komo Komo, situado donde hoy se ubica un establecimiento similar, pero de otra marca. En aquellos años, el Komo Komo nos parecía un prodigio de oferta comercial para realizar las compras básicas de alimentación y productos para el hogar. Era algo innovador, sobre todo para mí, joven proveniente del norte rural de la Isla de La Palma de hace 4 décadas. Y es que en aquellos años aún eran comunes las “ventas”, que podemos denominar de toda la vida, definidas según el diccionario ejemplificado de canarismos como “tienda de comestibles y de algunos otros artículos, incluso en ocasiones de bebidas alcohólicas”. De hecho, muy cerca de donde yo vivía, justo enfrente del terrero de lucha, existía una, regentada por Don Basilio, que siempre ofrecía conversación amena y en la que, atendiendo con precisión a la definición anterior, además de algún producto básico para resolver el día a día, se despachaba una cerveza o un vaso de vino para complementar y amenizar la visita
Recuerdo que, bien en las ventas o en el innovador supermercado, los compañeros de piso realizábamos siempre compras conjuntas y acabamos adoptando un criterio para seleccionar entre diferentes marcas de productos, que denominamos “operación RACSA”, y que se resumía en la idea de “comprar el más barato”, haciendo alusión precisamente a que la marca RACSA era la más asequible entre los aceites de cocina. Desde luego, esa idea de administrar recursos escasos fue una de las habilidades que tuvimos que desarrollar en esos años. Permítanme bromear apuntando a que es una capacidad que me ha resultado muy útil para gestionar una universidad pública en los tiempos que corren.
Y hablando de tiendas minúsculas, ninguna tan pequeña como la de don Quintín, en la Calle El Puente, en su cruce con Las Américas. Me entristeció mucho la noticia de su desaparición. Era habitual hacer una parada en nuestro regreso de la universidad para comprar un perrito caliente o un dulce denominado matahambres, cuyo nombre refleja a la perfección su composición, intensa y poderosa.
Y es que la actividad comercial constituye una fuente inagotable de recuerdos. En el caso de las peluquerías, por ejemplo, recuerdo que solía pelarme en la Peluquería Galván, que se hallaba en el Camino de La Hornera, próxima a la Facultad de Economía. No obstante, cómo no reconocer a la Peluquería de caballeros Juan que, una vez que Don Juan se jubiló para volver a su Fuerteventura natal, comenzó a ser explotada por Domingo. De hecho, hace alrededor de 12 años que comencé a pelarme nuevamente en ella, junto con mi padre, que acabó viviendo conmigo los últimos años de su vida. De hecho, lo normal era que a mi padre lo pelara Don Juan, hasta su jubilación, mientras yo era pelado por Domingo. Tras el fallecimiento de mi padre, sigo yendo a pelarme con Domingo, cuando el tiempo y la agenda me lo permiten. Domingo, a quien aprecio mucho, es una persona honesta y un profesional serio y riguroso, de trato amable y de conversación siempre inteligente y profunda. Evidentemente, además de por la calidad del servicio, ni que decir tiene que lo hago por la gran cantidad de agradables recuerdos que la visita siempre me procura.
Para terminar esta especie de relación de recuerdos de mi vida universitaria en La Verdellada y Barrio Nuevo, he de hacer aquí, en público y en primicia, la confesión de una anécdota que hasta ahora ha permanecido en el más absoluto secreto. Como sabemos, durante los procesos electorales es común colocar tablones para que las diferentes candidaturas difundan su cartelería electoral. Eso justamente ocurrió en las elecciones municipales de 1991 en La Laguna, que se celebraron el 26 de mayo de ese año. Unas semanas después de desarrollado el proceso electoral, durante el regreso de una noche lagunera, ya de madrugada, cuando el grupo de compañeros de piso íbamos a entrar en el Barrio a través de la Calle Obispo Pérez Cáceres en su cruce con la actual Avenida Torriani, en aquel momento aún conocida como Calvo Sotelo, reparamos en varios tablones abandonados en unos jardines aún con la cartelería electoral adherida. En la soledad de la madrugada y con el nivel de creatividad que nos proporcionaba la distensión de esa noche, tomamos conciencia de lo adecuados que resultarían para evitar la incomodidad de nuestros cochones, que se hundían notablemente y nos procuraban serios dolores de espalda. De tal manera que, dicho y hecho, dos de nosotros cargamos cada uno con su correspondiente tablón, que fue colocado esa misma noche en nuestras camas, resolviendo de manera definitiva esa inconveniencia. No recuerdo cómo fue la distribución, pero a uno de nosotros le tocó el tablón correspondiente a ATI y a otro el del PSOE, con, con las imágenes de D. Elfidio Alonso y D. José Segura aún impresas. Cuando marchamos del piso, allí quedaron esos tablones, espero que reutilizados por nuevas generaciones de estudiantes
