Pregón de las Fiestas del Cristo de La Laguna, 2020 (IV). Carlos Rodríguez Morales

Un Esclavo del Cristo, con unas velas en las manos, acompaña a una señora de rodillas que cruza la Plaza, al fondo la antigua ermita de San Sebatián. La Laguna a finales del, siglo XIX, colección Carlos García.
Es posible que fueran antepasados nuestros personas como Francisco, un negrito de Caracas; una tal Luisa, que vivía en Ofra, o unas mujeres de Geneto cuyas humildes limosnas fueron registradas en los libros de la Esclavitud. O acaso procedemos de Luis Perdomo, que envió cacao desde Venezuela; de Juana Suárez, que estando enferma hizo promesa de velar dos días en el santuario y de poner ante el Cristo una candela de su propia estatura; de Pedro Medina, que agradecido por haber mejorado de una enfermedad remitió diez pesos desde La Habana; de Cristóbal González, que sacó cuarenta reales «cantando por las puertas en las Pasquas»; o de Pedro el tonelero, que cruzó el Atlántico para entregar en el santuario veinte reales dentro de una alcancía que trajo desde Campeche, en México.
Lo cierto es que hay muchas noticias sobre esas alcancías que con la imagen pintada del Señor viajaban por diversos lugares de América, particularmente en el Caribe. Hasta allí se embarcaban también para recaudar fondos para el culto del Cristo frasquitos de vidrio con aceite de las lámparas que ardían delante de la imagen, hilo de coser que se recogía por las casas, barajas de naipes, higos, pipas de vino y de aguardiente…
Todas estas limosnas ayudaron a enriquecer y a mantener muchas de las espléndidas alhajas del Cristo, realizadas en Tenerife con plata llegada de América, de las que por fortuna se conservan las principales. El altar-tabernáculo, la peana procesional, las cruces, las lámparas o los candeleros no solo expresan la generosidad de los devotos adinerados y los desvelos de la Esclavitud, que desde 1659 cuida el culto del Señor. En un documento del siglo XVIII sus miembros expresaron que les habría gustado «tener todas las minas del Potosí para rendirlas en obsequio de nuestro Amo». Las pequeñas ofrendas, la contribución cotidiana de devotos de toda condición, demuestra que, aunque su hermandad solo contaba con treinta y tres miembros, toda la ciudad era esclava del Cristo.
Así se entiende que desde los últimos años del siglo XVI se recurriera institucional y colectivamente al Crucificado con motivo de necesidades diversas y que con su imagen se celebraran novenarios y procesiones de rogativa para propiciar la lluvia durante periodos de sequía, contra plagas de langostas, implorando la salud en tiempo de epidemias o pidiendo que las islas quedaran libres de ataques enemigos. Los documentos de archivo con los que contamos sobre esto son muy numerosos y entre ellos merece que nos refiramos justamente ahora a algo que sucedió hace casi tres siglos, durante la primavera de 1741.
Entonces se acudió al Cristo para que, nos dicen los documentos, «aplacara la epidemia universal que padeció la república». Y dice república porque esta era la forma de llamar entonces a la cosa pública, a la comunidad. Una comunidad que era víctima, como hoy, de una peste, y que se manifestó, según los términos médicos utilizados en aquella época, en «afectos catarrales, tabardillos y costados». Fue tan grave que llegaron a oficiarse solo en La Laguna veinte entierros al día.
Cuando leemos las actas de sesiones del antiguo cabildo, con sede en la ciudad y que durante siglos fue el único ayuntamiento de la isla, hay aspectos que nos resultan familiares y actuales, a pesar del tiempo que ha pasado. Por ejemplo, la crisis sanitaria de 1741 afectó sobre todo a los más desfavorecidos. Las actas dicen que morían muchas personas no solo por la epidemia, «sino también por nesesidad que muchos pobres tenían, con lo que se les aseleraba más la muerte». Para evitar los contagios y los fallecimientos se activó lo que hoy calificaríamos como un protocolo de emergencia y solidaridad. El cabildo entregó dinero y trigo, dispuso que se recaudaran limosnas entre los vecinos y también instó a los párrocos a que pidieran donativos. «Y quando no vbiera quien hiciese esta tan piadosa obra —según recoge un acta— benderían las lámparas de sus yglesias». Es decir, en este momento de crisis se consideró justo y apropiado que la plata de aquellas lámparas se convirtiera en pan para quienes lo necesitaban.
Además del plan de ayudas, se creó un comité de expertos, en palabras de nuestro tiempo pandémico. Se designó al médico irlandés Domingo Madan, establecido en el Puerto de la Cruz, para que junto a otros de la ciudad «confieran y consulten si bienen en conosimiento de la causa desta enfermedad, para que resuelban los remedios más adecuados». No faltaron las medidas preventivas, no solo el confinamiento de las tripulaciones de algunos navíos llegados al puerto de Santa Cruz, sino también de todas las personas que hubieran estado en contacto con posibles infectados.
Y, por supuesto, una vez más se pidió la protección divina, a través de la imagen del Cristo. Los enfermos comenzaron a sanar tras la celebración de diversos novenarios en las dos parroquias de la ciudad. Así lo recoge un relato de aquel año, por el que sabemos que «a la buelta para su yglesia todos los vezinos de la ciudad asistieron sanos a la processión, la que se hizo con muchos festejos, músicas y fuegos». Es decir, todos los vecinos recuperaron la salud y pudieron acompañar con alegría a la imagen cuando volvió a su santuario.
