Pregón de las Fiestas del Cristo de La Laguna, 2020 (III). Carlos Rodríguez Morales

Parece claro que su devoción comenzó entre un grupo de mujeres que vivían en clausura. En estos tiempos lo entenderemos mejor si decimos que estaban confinadas. Me refiero a las monjas claras, que entre 1546 y 1577 habitaron en el Monasterio de San Miguel de las Victorias —el actual santuario del Cristo— mientras se construía su propio convento. Fray Luis de Quirós, que publicó en 1612 un libro sobre los milagros atribuidos a la imagen, nos cuenta que una de ellas, sor Almerina de la Cruz, vio dos noches que del pequeño altar en el que estaba entonces el Crucificado «salía tanta claridad y resplandor como si allí estuvieran encendidas muchas hachas», es decir, muchas velas.
A partir de entonces la importancia de la efigie fue creciendo en un proceso complejo que todavía no conocemos del todo, pero sí suficientemente. En 1576 consta por primera vez que el Cristo salió a recibir a la Virgen de Candelaria, trasladada en rogativa hasta La Laguna debido a la falta de agua. En 1588, hace ya 432 años, empezó la que es una de las tradiciones vivas más antiguas de la ciudad, la procesión de madrugada del Viernes Santo. Y en 1607 la procesión del 14 de septiembre amplió su recorrido. Hasta entonces el trayecto era corto. Dice un documento de aquel año que daba una vuelta hacia la ciudad por el ejido, un espacio cercano al convento que se había reservado para el pasto del ganado mayor. Pero el cambio sustancial no fue su alargamiento, sino que desde ese lejano año de 1607 con motivo de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz el Cristo entra en la ciudad y transita sus calles.
El Señor y La Laguna están unidos desde entonces. Su biografía y las de sus vecinos se confunden. Pero no solo sus fechas oficiales, sus acontecimientos. Son las vivencias íntimas y compartidas las que nos ha traído hasta aquí, un año más. En realidad, la historia del Cristo es la suma de cientos, de miles, de pequeñas historias. Muchos de nosotros podríamos escribir simbólicamente nuestro propio capítulo a partir de recuerdos personales, de lo que nos han contado y hasta de lo que insospechadamente podamos averiguar. Les invito a que lo hagan.
A mí me ilusiona saber que uno de mis abuelos del siglo XVI, hace doce generaciones, fue un labrador llamado Juan Freile, que resulta ser el primer cofrade del Cristo de quien se conoce su nombre. Además, su testamento del año 1589 incluye la noticia más temprana sobre la existencia de aquella cofradía, formada por hombres y mujeres, de toda condición.
Sin duda, entre ustedes habrá descendientes de algunos de tantos devotos anónimos entre quienes se recogían limosnas en el campo, tanto en Tenerife como en el resto de las islas, especialmente en Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura. A veces eran monedas, pero otras veces se entregaba cereal, mosto, baifos, cabritos, corderos, habas, fruta pasada, papas inverneras y papas veraneras. A lo mejor una de nuestras remotas abuelas acudió en romería al santuario y entró de rodillas con una vela en la mano, como consta que se hacía ya hace cuatro siglos; o descendemos tal vez de uno de los niños cuyos padres ofrecieron como promesa su peso en dinero y en trigo; o de alguien que compró una rifa, de las que se vendían la víspera de la fiesta en la plaza, donde se montaban tiendas, juegos y ventorrillos cuyo producto se destinaba también a sostener el culto.
