Pregón de las Fiestas del Cristo de La Laguna 2016 (II).Por Carmen Cruz Simó

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(…) Pero esto sucederá el día catorce. Hoy, día primero, comenzaré diciéndoles que el mes festivo que ahora se inicia está íntegramente dedicado por los creyentes a exaltar el valor de una de las reliquias más preciadas de la cristiandad: la Cruz, en la que Cristo ofreció el sacrificio de su vida, y que la celebración religiosa se verá jalonada por otros actos de naturaleza cultural, festiva y deportiva como viene sucediendo desde el siglo XVI.

Las dos fiestas dedicadas a la Santa Cruz que persisten hoy en día, después de casi dos milenios, son la Invención de la Santa Cruz, del 3 de mayo, y la que celebramos en septiembre, la Exaltación de la Santa Cruz.

La festividad litúrgica referida en segundo lugar, celebrada universalmente por la Iglesia, tiene como día específico el 14 del mes en curso, evocando la misma fecha del lejano año 335 en que se expuso al pueblo uno de los tres fragmentos en que se dividió la Vera Cruz, exhumada en el Monte Calvario en el año 326 por Elena, madre del Emperador Constantino, más tarde proclamada santa. Constantino mandó a edificar una basílica en Jerusalén, la del Santo Sepulcro, para conmemorar el hallazgo de las tres cruces identificadas como las de Jesús y los dos ladrones con él ajusticiados. El día siguiente de la consagración del templo pasó a llamarse de «Exaltación de la Santa Cruz».

Pero la adecuada celebración entre nosotros, aquí en La Laguna, de la Exaltación de la Santa Cruz, precisó de dos circunstancias previas que sucedieron en los siglos XVI y XVII.

La primera, la datada hacia 1520, marca el momento en que llegó a nuestra urbe una preciosa y meritoria imagen de Cristo Crucificado, talla policromada del artista flamenco Louis van Der Vule la cual, después de un largo periplo por distintas poblaciones europeas, terminó presidiendo un altar, desde entonces suyo, en el convento franciscano de San Miguel de las Victorias, cenobio que pasó a ser, desde entonces y con intensidad progresiva, el Santuario Cristológico más venerado en el archipiélago canario. Debido a la creciente devoción de la población, el Papa Sixto V, hacia 1587, concedió, a quienes rezasen ante esa devota imagen, las mismas gracias que lucraban a los que lo hacían en la Basílica romana de San Juan de Letran.

A esa eclosión devocional contribuyó mucho, sin duda, el logrado realismo de la talla al propósito simbólico que había guiado su confección: tamaño natural; anatomía verídica en su desnudez, solo atenuada por el «paño del pudor» o «perizonium» cubriendo el área pélvica; fuerza dramática de las heridas que se infligieron a Cristo en el decurso de su «Pasión» y, por último, la «fase agónica» en que la cabeza se inclina levemente sobre un cuello todavía no atónico y los ojos que muestran sus párpados cerrados mientras que los miembros, superiores e inferiores, luchan todavía para que el cuerpo no cuelgue de la cruz, inanimado, en acertada representación plástica de la muerte y resurrección que han de seguir.

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