Pregón de las Fiestas de San Benito Abad 2026 (I). Chago Melián

Reverendo Señor Cura Párroco, autoridades, representantes de las instituciones, vecinos y vecinas de La Laguna, amigos todos:
Muy buenas noches.
Nos encontramos hoy en este histórico templo de San Benito Abad, en el corazón de esta noble Ciudad de los Adelantados, para dar comienzo a unas fiestas que forman parte de nuestra identidad y de nuestra memoria colectiva.
Debo confesarles que no soy un orador. No estoy acostumbrado a los grandes discursos. Vengo humildemente, atendiendo la llamada de mi Ayuntamiento lagunero, con el honor y la responsabilidad de ser el pregonero de las Fiestas de San Benito Abad. Y espero sinceramente estar a la altura de lo que merece este acto y de lo que merecen ustedes.
Por eso, más que un discurso, quisiera compartir unas pinceladas musicales y sentimentales nacidas de mis recuerdos, de mis vivencias y de mi amor por esta tierra que me vio crecer.
Y qué mejor lugar para comenzar que este templo que hoy nos acoge. La Iglesia de San Benito Abad hunde sus raíces en el siglo XVI. Su construcción comenzó en el año 1532 y concluyó en 1554. Nació como una humilde ermita, levantada a petición del gremio de labradores que imploraba el fin de la escasez de grano que padecía la isla. Con el paso de los siglos fue ampliada y engrandecida, especialmente durante el siglo XVIII, hasta convertirse en el hermoso templo que hoy contemplamos.
Cada piedra de este lugar guarda la fe, el esfuerzo y la esperanza de generaciones de laguneros. Y quizás por eso emociona tanto encontrarnos aquí esta noche.
Mis recuerdos de La Laguna me llevan también a mis años de estudiante en el Colegio San Alberto Magno de Artes y Oficios. Allí tuve la fortuna de recibir clases de uno de los grandes representantes de una familia fundamental en la historia artística de nuestra ciudad: don Rafael Trujillo, perteneciente a la reconocida saga de orfebres laguneros que tanto contribuyó al patrimonio cultural de Tenerife.
El colegio estaba en la calle Anchieta y tenía una puerta que daba hacia la cancha donde jugaba el Canarias de Baloncesto. Allí nació mi afición y mi devoción por este deporte y por ese equipo al que sigo apoyando con orgullo y del que hoy me siento especialmente satisfecho al verlo llevar el nombre de Canarias Laguna.
Aquellos partidos frente al Náutico de Santa Cruz eran memorables. Para nosotros representaban algo parecido a lo que hoy supone un gran clásico deportivo. La rivalidad era enorme y la pasión aún mayor.
Pero mucho antes, en mi niñez, ya me había enamorado de La Laguna. Me enamoraron sus calles empedradas. Aún puedo escuchar en mi memoria el gemido de las ruedas de los carros al besar los adoquines de sus calles. Carros tirados por caballos o mulos que formaban parte de la vida cotidiana de la ciudad.
Me enamoraron sus casas señoriales, sus tejados cubiertos de verodes y aquellos edificios que, vistos con ojos de niño, parecían sacados de los cuentos y de los libros de fantasía. Y entre todos mis recuerdos, ocupan un lugar especial las romerías de San Benito.
Mi madre, Anastasia, me llevó más de una vez a contemplarlas. Recuerdo las parrandas recorriendo las calles. Recuerdo las voces cantando. Recuerdo los timples, las guitarras y las bandurrias resonando entre las fachadas de la ciudad. Recuerdo el colorido de los trajes tradicionales, los bailes y la alegría que abrazaba a todo aquel que se acercaba a contemplar la fiesta.
Pero si algo cautivó a aquel niño que fui, no fueron las parrandas ni los bailes. Fueron los barcos. Todavía puedo verme allí, entre la multitud, intentando descubrir todo lo que sucedía a mi alrededor.
Como era pequeño, mi madre me levantaba en brazos para que pudiera verlo mejor. Y entonces aparecían aquellos barcos de velas blancas navegando por las calles de La Laguna.
—¡Mamá, mamá, mira! ¡Mira los barcos! —le decía emocionado.
Observaba fascinado a la gente subida en ellos, las velas desplegadas y aquellas estructuras avanzando entre la multitud.
Cuando uno de ellos llegó frente a mí, la inocencia de aquel niño me llevó a decirle:
—¡Ay! Pero mamá… ¡por ahí le entra el agua!
Mi madre reía, y con ella reían también las personas que se encontraban a nuestro lado.
