Pregón de las Fiestas de San Benito Abad 2025 (y IV). Rosa María Aguilar Chinea

Ellas preparaban las ropas, bordaban las camisas, arrugaban las papas, amasaban el gofio, engalanaban las carretas y enseñaban los cantos.
Ellas vestían a los niños, traían las flores, mantenían el fuego y el rito.
La fiesta de San Benito —como tantas otras— también fue posible porque ellas nunca faltaron.
San Benito Abad, patrón del campo y de las sementeras, es símbolo del esfuerzo que brota de la tierra. Y esas mujeres —que sin saber leer escribieron historia— supieron que la fe también se siembra.
Que agradecer es otra forma de resistir. Y que subir cada año a la romería con lo mejor del campo, con lo mejor del corazón, era también una forma de alzar la voz.
Así, con las manos llenas de fruta, de pan, de flores y de niños, ellas también cargaron a San Benito. No sobre los hombros, sino en la vida.
Porque mientras ellos partían hacia lo incierto, ellas se quedaban con lo seguro: la tierra. Y, sin embargo, no había una sola mujer que no mirara al horizonte.
Desde los altos de San Sebastián de La Gomera o desde los caminos de La Laguna, todas sabían que el mar era a la vez promesa… y despedida.
La mar materna que nos da la vida, y la mar libertadora que nos obliga a crecer. Porque si algo imprime carácter en la forma de ser y ver el mundo de los canarios, es ese mar que nos rodea.
El mar es nuestra razón de ser: sin él, no seríamos islas. Y con él, aprendimos a inventarnos. Aprendimos a comunicarnos silbando en los barrancos, a construir bancales donde no había suelo, a levantar casas con piedras y manos, a crear puertos por donde entran y salen los sueños.
Nuestro Atlántico es camino brillante. Nos conecta, nos abre, nos transforma. Y cuando la Pinta, la Niña y la Santa María cruzaron hacia América, no sólo cruzaron océanos: cruzaron también historias familiares. Las de quienes partieron y no volvieron.
Y las de quienes se quedaron… y lo sostuvieron todo. Y por eso, hoy, al mirar a San Benito Abad, rodeado de flores, frutas y cantos, no puedo evitar ver también a San Buenaventura en su pequeña iglesia de Arure, recibiendo el ramo con piñas, uvas, plátanos… Son dos imágenes distintas, sí, pero el gesto es el mismo: el agradecimiento al santo que cuida el campo, a quien bendice la vida sencilla, a quien escucha sin ruido.
En La Gomera y en La Laguna, la tradición campesina no solo se celebra: se vive. Se transmite como se transmiten los cuentos, las recetas o los rezos. De abuelas a nietas, de madres a hijas, de vecinas a vecinas.
Y en cada fiesta, en cada carreta, en cada romero que cruza la ciudad, hay una raíz que viene de muy lejos. Una raíz que nos une como islas, como pueblo, como familia.
Porque eso también somos: gente de romería, de pañuelo y sombrero, de canto y hospitalidad. Gente que no olvida. Gente que honra.
Hoy nuestras fiestas no son solo un recuerdo del pasado. Son una promesa al futuro. Porque cuando sacamos a San Benito por las calles, no solo paseamos una imagen: paseamos todo lo que nos sostiene. Paseamos la memoria de quienes nos trajeron hasta aquí, y el compromiso de sembrar, con alegría y esperanza, el camino de quienes vendrán.
Este pregón es un ramo.
Un ramo de palabras sencillas, recogidas como se recoge la cosecha: con cuidado, con amor, con respeto.
Un ramo hecho con frutos del recuerdo y flores del presente.
Y lo dejo hoy a los pies de San Benito Abad, como hacía de niña en Arure ante San Buenaventura.
Pero este ramo, San Benito, no es solo mío.
Es de todas esas mujeres que sostuvieron el pueblo cuando la mar se llevó a los hombres. De las que encendieron el fuego y la fe.
De las que bordaron las camisas, araron la tierra y acunaron la esperanza. De las que aún hoy, sin pedir, nos enseñan cada día el valor del trabajo silencioso y la alegría compartida.
Que San Benito proteja nuestras casas, nuestros campos, nuestros sueños. Que la fiesta nunca nos falte. Que la tradición siga floreciendo como florecen los veranos de la memoria.
Que no olvidemos nunca que en cada canto, en cada carreta, en cada sonrisa compartida, late el alma de un pueblo agradecido.
Y que cuando miremos a San Benito, veamos también el rostro de nuestras madres, de nuestras abuelas, de todas aquellas que supieron sembrar sin descanso, para que hoy nosotros podamos celebrar.
¡Viva San Benito Abad!
¡Viva La Laguna!
¡Vivan nuestras mujeres campesinas!
¡Y vivan nuestras islas, unidas por la tierra… y por la mar!
