Pregón de la Semana Santa de La Laguna 2016 (III). Por José Mayer Trujillo Palenzuela

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Pasión y Muerte

Todos los santos recomiendan leer la Pasión de Cristo para no alejarnos, para que nuestro corazón no se enfíe. Conviene recordar cada cierto tiempo que padeció Cristo. Le doy voz a los médicos forenses que lo han estudiado en la Sábana Santa. Sudó sangre del miedo que experimentó en el Huerto de los Olivos, recibió golpes que le desfiguraron la cara, contusiones en todo el cuerpo, una flagelación de más de media hora por dos hombres sin piedad alguna, con un látigo llamado la caricia de satanás, un nombre que lo dice todo. Fue tan duro que le llevó a perder el conocimiento. Recibió más de 100 golpes brutales a menos de 1 metro de distancia, con una pérdida de sangre que lo dejó al límite fisiológico.

La llamada corona era en realidad un casco de espinas que después golpearon fuertemente con lo que le clavaron las púas de forma profunda. Y luego tuvo que cargar con la cruz, el madero le quemaba en la espalda por cómo había quedado su piel tras la flagelación y por el peso. Cayó en varias ocasiones y eso le destrozó las rodillas. Y, por último, la crucifixión. Clavos de 7 milímetros de grosor y de punta cuadrada. Los clavos, cuando entran en las muñecas destrozan el nervio mediano. La destrucción de este nervio genera, según los forenses, un dolor tan insoportable que puede sobrevenir en síncope y morir. Además, sus pies fueron clavados uno sobre el otro con un clavo que solo de verlo te paraliza.

Y llega el momento de levantarlo en la cruz. Colgado de las muñecas y soportando el peso en los pies, la única forma en la que es posible respirar, dado que el diafragma oprime los pulmones, es hacer un esfuerzo horroroso por tirar hacia arriba e inspirar un poco de aire. Con lo que suponer tirar de unas muñecas clavadas al madero, no lo olvidemos. Así lo describe el Doctor Domínguez:

“El crucificado era acosado por terribles calambres y espasmos tetánicos. En plena lucidez de pensamiento, veía cómo se le escapaba la vida lentamente en cada respiración. Es difícil imaginar el terrible sufrimiento no solo físico, sino también moral, de verse abandonado, desnudo, indefenso ante una chusma increpante, acosado por el frío, la sed y la fiebre”.

Cicerón calificaba a la crucifixión como “el mayor suplicio”, “el más cruel y terrible”. Así murió por ti y por mí. Repito que cada gota de sangre, cada latigazo, cada púa clavada en su cabeza, cada caída, cada clavo…tienen tu nombre y el mío escrito.

Año tras año, revivimos como muere Cristo en la Cruz, y corremos el riesgo de acostumbrarnos, de que deje de impactarnos su sufrimiento. Les propongo un indicador para testar si nuestra sensibilidad se mantiene a flor de piel. Cuando vemos el Cristo de La Laguna, ¿nos emocionamos?, ¿nos fijamos en los clavos?, ¿pensamos en el dolor que pudo padecer?

Como bien conocen, hay personas que optan esos días por no quedarse en las celebraciones sino que prefieren viajar, irse a la playa o incluso de chuletada el viernes santo. Personas que se han ido alejando de Dios o que quizá no hayan tenido la suerte de conocerlo. Si estas personas te preguntaran, ¿para qué te sirve la Semana Santa?, ¿qué te aporta?, ¿qué le responderías?

Insisto, en la Semana Santa no recordamos lo que pasó hace casi 2 mil años, como si fuera un teatro. Como decía San Juan Pablo II, nos asomamos por una ventana al Calvario. Se actualiza, se hace presente el sacrificio de Cristo.

Dudo mucho que si te asomas de verdad a esa ventana desde la que se ve el Calvario, en la que verías todo lo que padeció Cristo por ti, permanezcas inmune. Algo se removerá en tus entrañas, estoy seguro.

Monumentos eucarísticos

Suelo visitar cada jueves santo todos los monumentos eucarísticos. Unos monumentos que hacen que esta ciudad sea más patrimonio de la Humanidad porque podemos calificarlos de obras de arte. El de la iglesia de las Claras tiene reservado un rincón particular en mi corazón. Es uno de los más espectaculares, reconozco que no soy objetivo por el cariño que le tengo a Jesús Rodrígues, quien lo confecciona cada año y a mis buenas amigas las monjas, con su madre superiora a la cabeza, Sor María Luz.

Antes de restaurar el convento, Sor Inés me contaba que, cuando llovía, además de pasar un frío horroroso les llegó a caer un chorro de agua en la cama por las goteras tan grandes que tenían. Durmieron una época con plásticos en los techos, pero a veces les entraba tanta agua que les terminaba cayendo encima. Por eso, ponían también plástico sobre las colchas a modo de impermeable. Yo me quedé pasmado con lo que padecieron, pero Inés me lo contaba con una sonrisa en la cara, como una anécdota graciosa que les ocurría cuando llovía. Sin embargo, seamos sinceros, ¿cuántos de nosotros, además de la clausura, soportaríamos esas condiciones? Probablemente hubiéramos salido corriendo de allí.

Esto solo se puede sobrellevar, si tienes claro por quién y para qué lo estás padeciendo. Me decía Sor Inés, cuando lo unes a la cruz de Cristo, deja de afectarte y se convierte en oración. Un día deberían escribir un libro para relatar todo lo que han conseguido con sus oraciones y padecimientos ofrecidos. Pone los pelos de punta.

Por historias como esta y por la santidad que desprenden estas piadosas mujeres, me encanta reflexionar allí, cada viernes santo, a primera hora de la mañana. Disfruto mucho ese espacio de silencio. En nuestra sociedad, los espacios de silencio están muy cotizados, incluso mucha gente llena su vida de todo tipo de ruidos para no encontrarse consigo mismo. La Semana Santa también nos regala momentos de silencio atractivos.

El año pasado me llevé el libro de Gabriela Bossis titulado Él y yo. En esta publicación, Gabriela relata su conversación con Jesús. Una conversación íntima en la que se revelan claves muy interesantes de cómo crecer en cariño y confianza hacia Dios. Pues bien, si lo abren por la página 261, se encontrarán con la siguiente frase: “¿No supe yo resucitar? Si creyeras en mi poder tendrías la mayor de las esperanzas. Tú cree en el amor, eso basta”.

Descubrir esto y vivirlo reencuadra la forma que tenemos de percibir lo que padecemos en este mundo y de darle un sentido. El mundo está necesitado, más que nunca, de sentirse amado, de sentir el amor incondicional de Dios. Si no nos sentimos amados, tampoco podemos repartir cariño a los demás.

Basta ver un informativo unos minutos para darnos cuenta de que la mayor enfermedad de este mundo es la escasez de amor. Guerras, atentados, refugiados que no tienen a donde ir, niños que mueren ahogados tratando llegar a la costa, agresiones y asesinatos de mujeres, delincuencia de todo tipo… Apagamos la tele o cambiamos de canal para no sentirnos mal. Pero esa realidad está ahí, aunque la tapemos. Y solo si rezamos y trabajamos por cambiarla, lograremos un mundo mejor. Es lo que pide una y otra vez la Virgen en Medjugorje.

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