Pregón de la Romería de San Benito Abad, 2014 «A LA SOMBRA DE MI RECUERDO»

Santiago Melián Suárez
Pregonero de las Fiestas y Romería Regional de San Benito Abad 2014

barcoromeria220 barcosbenitocolor

La Laguna es un lugar de encuentros. Un enclave singular donde, alrededor de su universidad y animada por la magia especial de una ciudad antigua, se han dado cita muchos personajes universales y tantos momentos luminosos de la cultura canaria.

Casi sin ser aún una ciudad, en 1534, nacía en la Plaza de Abajo un gran hombre: don José de Anchieta. Desde La Laguna salió a Brasil, en un viaje que fue preludio de los que luego habrían de hacer tantos canarios, en busca de un horizonte que su tierra no podía brindarles. Y fue a construir, no a conquistar. Y construyó un futuro de encuentro entre culturas y defendió a los indios, a los pobres y redactó una Gramática Tupí. En su intento de evangelizar, sembró semilla de cultura, humanidad y respeto. Hoy es santo, pero siempre fue un personaje querido y admirado por los hermanos brasileros, que lo veneran como el padre de una gran patria, que también sirvió de cobijo y tierra de promisión para miles de canarios.

Esta bendita ciudad también guarda los ecos de las tertulias de Nava, que acogieron las inquietudes intelectuales de Viera y Clavijo o Iriarte, hombres preocupados por una Canarias más culta y abierta al mundo, que nos dejaron el legado de su magisterio para que hoy seamos una ciudad universitaria y patrimonial.

En la curva de Gracia, desconchado por el paso de los años y las inclemencias del tiempo, resiste aún la casa de Borges-Estévanez. Esa vivienda que un día los canarios recuperaremos para solaz de nuestra memoria, y que reunió a tantos hombres de gran valía: los hermanos Estévanez, el músico Teobaldo Power o el pintor Borges Salas. En esa casa germinó el almendro cuya sombra evocó Nicolás Estévanez en su famoso poema sobre Canarias:

Mi patria no es el mundo;
mi patria no es Europa;
mi patria es de un almendro
la dulce, fresca, inolvidable sombra.

Ni siquiera un intelectual de la talla de Unamuno supo comprender la grandeza de tal declaración. La patria es algo más que una peña o una roca, algo más que una frontera, una bandera o un territorio. La patria es el recuerdo de la infancia. De tu infancia, de la mía, de la de cada uno. Ese lugar sagrado e íntimo del que ningún decreto te puede exiliar. Todos tenemos la propia sombra de nuestro almendro. Y la mía creció al abrigo de las calles laguneras, donde aprendí a amar, donde pasean mis nostalgias y mis más queridos recuerdos infantiles.

Soy de Punta del Hidalgo, y por mis venas corre la maresía. Tengo por antepasado a Zebenzuí , en mi voz van los ecos de los pescadores de morenas. Grabado en mi piel va la leyenda de los Dos Hermanos y en mis pies la huella del camino que lleva a El ‘Jerbedero’.

Cuando era muy pequeño, como cualquier niño inquieto, con ese nervio característico y el deseo de descubrirlo todo, entre lloros y ruegos a mi madre, mi mayor deseo era salir de mi pueblo, ese entorno entre brezo y salitres de mi monte y costa puntera. Caminando o en cualquier transporte, quería buscar el cambio de la rutina y pasear por lo que yo consideraba la gran urbe. Deseaba estar entre edificios más grandes de los habituales y sentir las calles empedradas que cantaban al paso de algún carruaje de carga tirado por su caballo o mulo. Ese canto era música que acompasaba la mañana, acariciada por la neblina y el rocío.

La Laguna, mi Laguna, fue donde luego cursé estudios en la Escuela de Artes y Oficios San Alberto Magno. Allí, aparte de los estudios básicos, teníamos la posibilidad de aprender oficios como carpintería, mecánica o joyería. Yo me incliné por la joyería o platería. Me encantaba soldar con plata y oro, así como repujar metales sobre las milanas de madera y asfalto en su interior. Tuve el privilegio de aprender del maestro Ventura Alemán, que nos daba clases de forma eventual. En esa época vi hacer parte del Altar Mayor de la Iglesia de San Agustín, hoy en ruinas por la furia destructiva del más feroz de los fuegos. Recuerdo estar en clase y, con la mirada triste y preocupante, contemplé a través de uno de los ventanales de mi aula, esa gran nube negra que parecía querer tragarse a la ciudad entera.

De esa época de aprendiz recuerdo el legado impagable de mis enseñantes, como don Rafael Trujillo, maestro de platería, o don Alfonso, el profesor de lengua. Su frase preferida se ha convertido en una de mis máximas recurrentes: “una hora perdida no se recupera jamás”. Gracias a todos por el gran regalo del conocimiento compartido.

Recuerdo tantas cosas de esta ciudad… La inquietud me invadía siempre. Quería cambiar horizontes de cirros y nimbos por cúpulas eclesiásticas, grandes ventanales de metopas y portones de madera tallados por gubias de expertos ebanistas. Quería compartir el azul de mi costa con las calles y paredes esculpidas en piedra.

Otro de mis recuerdos festivos está ligado a la celebración del Corpus lagunero. La noche anterior no dormía por la emoción. Todas las parroquias con sus hermandades que pertenecían al municipio estaban invitadas a participar en esa magna procesión. Y yo era muy afortunado, porque podía participar dada mi condición de monaguillo de la parroquia puntera. Así salí… porque ya saben ustedes del viejo dicho: “si quieres un hijo pillo, mételo a monaguillo”. Era un honor llevar el cirial en mano presidiendo la hermandad de mi pueblo, pisando con reverencial respeto, los bellos tapices de flores naturales, entre el aroma de los brezos de Anaga.

Al término de la procesión llegábamos a la Catedral, y en sus cuartos y sacristías, nos quitábamos los ropajes de monaguillo, tomábamos agua (no había dinero para refrescos) y disfrutábamos del cariño y la generosidad en forma de caramelos del cura Luis Álvarez García. Este gran hombre era más que un cura de pueblo. Con denodado esfuerzo y paciencia le vi pintar el mural que cubre una de las partes centrales del Altar Mayor de mi pueblo. Verle trabajar con tanta entrega sembró en mí el amor por la pintura. Desde entonces, los olores del óleo y la magia de transformar el pigmento en una imagen imperecedera, se han convertido en una de mis grandes pasiones.

Pero yo no me conformaba sólo con los caramelos. Con gran sigilo, me escapaba de los míos, me abría paso entre el gentío y me iba en busca del mayor manjar posible que podía imaginar en esos años: los rosquetes de batata y canela. En los quioscos y carritos que se instalaban en torno a la Catedral se encontraban aquellas delicias. Mi madre me daba medio duro en esos días y cinco pesetas los días de San Mateo, el patrón de mi pueblo. Yo me sentía más fuerte que el más poderoso banquero. En esos recuerdos habita la sensación íntima de que el dinero necesario no es más que el que puede comprar las pequeñas cosas que sí dan la felicidad.

Hay tantos recuerdos de mi Laguna que me transportan a la niñez… ¡Como la primera vez que vi una romería!. Fue, cómo no, la Romería de San Benito. El colorido de los magos bailando, las carretas engalanadas, las animadas parrandas, los olores a condimentos y a carne asada… No salía de mi asombro al ver cómo se tiraba la comida desde lo alto de las carretas y como los visitantes, como audaces guardametas, la agarraban en el aire.

Yo era muy pequeño y el gentío, demasiado abrumador para un pequeñajo como yo. Pero los brazos de mi madre hacían de palco presidencial y, en una de las alzadas de sus manos, divisé a lo lejos lo que más me llamó la atención. No me lo podía creer. Alcé más la mirada y exclamé con fuerte voz: “¡Barcos, Mamá!” “¡Mamá Anastasia, hay barcos de velas, ¡como los de los piratas!”. Mis ojos no daban crédito… barcos con sus proas y mástiles, con sus marinos y velas blanqueadas de añil. Mi madre se reía, pero rompió en carcajadas cuando le dije muy preocupado: “Mamá, por ahí les entra el agua. ¡No tienen tablas, se van a hundir!”.

La romería de San Benito forma parte del tesoro de mi patria particular. Mi patria son los recuerdos de infancia de la ciudad de La Laguna. La sombra de mi almendro, los brazos generosos de mi madre.

Este año, como un eterno retorno de la naturaleza, volverá a las calles de La Laguna la magnificencia del colorido de los trajes de mago, los cánticos de nuestra querida tierra, el gemir de ruedas con su círculo de acero, que al besar los cincelados prismas de piedra sacarán sus notas agudas. Esas notas que emergerán hacia el cielo lagunero, subiendo por las verticales paredes de las engalanadas casonas. Esas notas que se mezclarán con el gemir festivo de los timples y las guitarras, saludando a su paso balcones, tejados y veroles.

Serán las mismas notas que acompasen mi voz, que navega entre el recuerdo del pasado y la esperanza del futuro. Mi voz que canta así:

A San Benito yo fui
de niño a la romería
y por yuntas remolcados
barcos de vela partían;
las calles eran su mar
y su alisio, las folías.

Viva San Benito. Viva La Laguna. ¡Feliz Romería!

También te podría gustar...