Poema para un Martes de Carnaval

Corre embozada por los callejones,
y cansada, la música. Cristales rotos
por la calle y la sombra
de una niña bebida, cantando y dando tumbos.
Besa el pirata al hada. Alguien silba
por el muelle un cuplé melancólico;
las locas se abanican los falsos escotados.
¿Qué afán persiguen todos,
qué promesa? Confundidos
bailan bajo guirnaldas
como dioses de un día, como altivas sirenas
perdidas en el mar
de fondo de la noche. Un niño soñoliento
vende gorros y globos. Con las medias caídas
vuelve Lili Marlen a casa, del brazo de un torero.
Suenan canciones últimas con el sabor amargo
de la última copa. Cada cual
tuvo un afán secreto y misterioso,
pero en sí mismos mueren los deseos:
vuelo de serpentina,
cometa fugaz de olvido.
Despunta el sol tras las soberbias torres.
Suenan campanas graves, y en el suelo
botellas destrozadas, y un mendigo que busca
monedas entre el lodo de la fiesta.
