Mérida, Ciudad Patrimonio de la Humanidad, vivió un concierto histórico de Plácido Domingo en el Teatro Romano

Por Julio Torres
Cumpliendo con nuestro objetivo de acercar a laguneras y laguneros un pedacito de las otras Ciudades Patrimonio de la Humanidad, La Laguna Ahora ha visitado Toledo, Segovia, Ávila, Córdoba…y ahora Mérida, respondiendo así a la invitación de su alcalde, Antonio Rodríguez Osuna, coincidiendo con el histórico concierto de Plácido Domingo.
Augusta Emérita, fundada por el emperador Octavio Augusto en el año 25 a. C. para servir de retiro a los soldados veteranos (esto es, “eméritus” o licenciados con honor) de las legiones de las guerras cántabras V Alaudae y X Gemina, fue capital de la provincia romana de Lusitania desde su fundación, y después capital de toda la Diócesis de Hispania durante el siglo IV. Títulos como Urbs Regia -antes de que lo fuera Toledo-, capital del Reino Visigodo de Hispania en el siglo VI; capital de la Cora de Mérida cuando en el año 713 cayó en manos musulmanas…hablan de una riquísima historia imposible de abarcar en este artículo, pero que justifican una ineludible visita a esta egregia ciudad.
Atestiguan sus periodos de esplendor el teatro y el anfiteatro, el foro, el circo, las termas, templos como el de Diana, los acueductos de Los Milagros y de San Lázaro, el Arco de Trajano, los puentes romanos sobre los ríos Guadiana y Albarregas…
Bajo las persecuciones del emperador Diocleciano padeció el martirio en la ciudad santa Eulalia de Mérida (292 – 304); la noticia de la vida y martirio de la santa emeritense – actual alcaldesa perpetua de la ciudad- se expandió rápidamente por el Imperio Romano, convirtiendo a la ciudad en uno de las metas más importantes de peregrinación de Europa occidental durante la alta Edad Media. Hablando de la Edad Media, precisamente Mérida posee la colección más importante de escultura visigoda de la Península, que se encuentra en la iglesia de Santa Clara. Del legado visigodo y árabe, también destacar el Hospital de peregrinos, la basílica paleocristiana de Casa Herrera, la catedral de Santa María de Jerusalén, el monasterio de Cauliana o Cubillana, la Alcazaba árabe…
Y el listado aumenta si hablamos de arquitectura estrictamente religiosa, con la basílica de Santa Eulalia, las iglesias de Santa Clara, Nuestra Señora de la Antigua, Nuestra Señora del Carmen, y un larguísimo etcétera.
Una “tramoya” inigualable para un concierto histórico
“Príncipe entre los monumentos emeritenses”, así denominó el arquitecto José Menéndez-Pidal al teatro romano de Mérida, que es Patrimonio de la Humanidad desde 1993, como parte del conjunto arqueológico de la ciudad.
Se concibió para acomodar a unos 6.000 espectadores y en él destaca sobremanera el frons scaenae que, con un efectismo propiamente teatral, se constituye en telón de fondo de la scaena. Se yergue como una estructura monumental de diecisiete metros de altura y de gran riqueza decorativa: Sobre las columnas de orden corintio se dispone un entablamento con arquitrabe, friso y cornisa, profusamente ornamentados y tallados con gran perfección. El juego cromático de los mármoles, gris azulado en los fustes y blanco en capiteles y entablamento, contribuye a potenciar el efecto ornamental de este imponente decorado pétreo. Tanto las columnas como la estructura de mármol están elaboradas con mármol de Macael. Entre los intercolumnios, las esculturas de Ceres, Plutón, Proserpina y Júpiter, junto a otros retratos humanos de identidad desconocida, pues restan únicamente sus cuerpos.
Y en este sublime escenario se desarrolló durante dos horas el soberbio concierto de Plácido Domingo, con un público entregado que lo recibió y despidió con una fuerte ovación y puesto en pie, el pasado sábado. Fue poner un pie Plácido Domingo en el escenario a eso de las diez y media y todos se levantaron, emocionando al tenor antes de cantar.
A sus 80 años, este excepcional tenor universal demostró por qué encabeza la lista de la BBC de mejores tenores de la historia, superando el mito de Caruso y destronando a Luciano Pavarotti. En realidad, la edad de Plácido es un enigma. Un enigma insignificante comparado al enigma de su voz de tenor absoluto. Absoluto por la personalidad escénica. Absoluto por la ubicuidad. Absoluto por la dimensión artística. Absoluto porque los años pasan sin que puedan mencionarse motivos de peso a favor de una retirada.
El maestro supo acompañarse en el escenario por dos jóvenes con un inmenso talento y voz que siempre estuvieron a la altura: la soprano rumana Adela Zaharia y el tenor vasco Xabier Anduaga. Ambos estuvieron maravillosos y, junto con la Orquesta Filarmónica de España, dirigida por Josep Caballé Doménech, acompañaron al tenor en una noche triunfal.
En una noche templada (hablamos de diecinueve grados, o sea que había que tirar de chaqueta), más de 2.000 personas (algunas condujeron durante 8 horas) escucharon a Verdi, Giordano, Gounod, Donizetti, Thomas, Bizet, Moreno Torroba, Chapí, Vives, Soutullo y Vert. Y se deleitaron con la extraordinaria voz de Domingo, oscura, granítica y penetrante, que se ofreció generosa, intensa, “squillante”, desprovista de vibrato, de arrugas, para entendernos.
Durante la primera hora sonaron arias de ópera, con un repertorio muy variado, como el dueto de La Traviata entre soprano y barítono –de perfecta ejecución, además de emotiva, por parte de Zaharia y Domingo- o el de Les pêcheurs de perles, entre tenor y barítono, en el que Anduaga y Domingo empastaron perfectamente sus voces. También arias célebres como Nemico della patria de Andrea Chenier, Je veux vivre de Romeo y Julieta, Ah! Mes amis… pour mon âme! De La fille du régiment o Mercé dilette amiche de I vespri siciliani. La segunda parte de la actuación continuó con temas de zarzuelas como Maravilla, Doña Francisquita o La del soto del Parral.
Abrió cada parte la Orquesta Filarmónica de España, interpretando la Marcha Triunfal de Aida, la obertura de La forza del destino, el preludio de El bateo de Chueca y el intermedio de La boda de Luis Alonso de Giménez.
Estando en Extremadura no podía faltar en el repertorio En mi tierra extremeña, de la popular zarzuela Luisa Fernanda, que Plácido Domingo interpretó acompañado por la soprano y que el público agradeció con una sonora ovación.
También aplausos largos y calurosos en los bises: Oh kommet doch, oh kommt, ihr Ballsirenen, más conocida como El vals de la Viuda alegre de la opereta de Lehár, que Zaharia y Domingo incluso bailaron; y por supuesto, No puede ser, la romanza de La tabernera del puerto, que el tenor interpretó soberbio, como siempre, y que cerró el concierto como empezó: palmas contundentes, clamorosa ovación. Un espontáneo exclamó: “¡Gracias maestro!”
San Cristóbal de La Laguna ostenta con orgullo el título de Ciudad Patrimonio de la Humanidad; un sueño formar parte de este elenco de ciudades selectas, que supone estar entre las más bellas e históricas…Un patrimonio para disfrutar, divulgar y conservar.
