Manuel Verdugo, hace años, adivinó el destello desmesurado de los luceros, cuando el Cristo de La Laguna abandona su santuario

Manuel Verdugo, logró aprisionar en el haz inolvidable de unos octosílabos el revuelo tenue de los ángeles que le prendían luz…
Procesión de madrugada…
¡Cómo brillan los luceros
que los ángeles encienden
por el Cristo lagunero¡
Procesión de madrugada…
¡Con fervor y silencio
va la gente tras la efigie
del clavado Nazareno
entre filas de alumbrantes
que avanzan a paso lento¡
No hay repiques ni cohetes
no hay ni murmullo de rezos…
Cuando el Mártir, moribundo
en el sagrado madero,
pasa cual sacro fantasma
entrambos brazos abiertos,
hasta calla, en homenaje,
el tenue rumor del viento;
tan sólo de los tambores
suena el redoble severo,
y acaso una marcha fúnebre
despierta dormidos ecos
que el suave ambiente saturan
de congoja y de misterio…
Procesión de madrugada…
¡Cómo brillan los luceros
que los ángeles encienden
por el Cristo laguero¡
