Manuel Luis: Un hombre bueno. Por Manuel Luis Ramos García

PADRE Y TEIDE_Mauel Luis Ramos Izquierdo-2

Padre: llevo tres días recordándote, y ahora, entre   lágrimas agridulces, me siento ante las teclas del ordenador para repasar una vida que entregaste generosamente a tus seres queridos.

 Nos has dejado huérfanos unos meses después de cumplir los noventa, iniciando tu nueva etapa la tarde del 18 de agosto. Vuelvo a escribirte usando ese tratamiento, Padre, que tanto me gustaba y que era el mismo que  utilizabas con abuelo Manuel.

 Naciste en aquella Laguna de los años veinte, en una época en la que casi todos los hijos se dirigían a sus padres de usted, un tiempo en el que la Plaza del Adelantado era conocida como “la Plaza de Abajo” y la confluencia de la calle San Juan con la calle de La Carrera era la “Esquina de los Ramos”.

Tu adolescencia transcurrió entre los partidos de baloncesto del Juventud Laguna y los veranos en Punta Hidalgo. Allí conociste a Madre, una chicharera bellísima de la que te enamoraste para siempre. Entre Las Furnias y El Roquete, en aquellos atardeceres Punteros con olor a musgo y maresía, seguro que pasearías con ella, haciendo crecer esa llama de amor con la que se gestarían seis hijos. Trabajaste duro, ayudando a abuelo y a los tíos en aquel negocio, Almacenes Ramos S.L., que fue un referente de calidad y buen trato.Gracias a tu entrega laboral pudimos tener las posibilidades de emprender el camino que cada uno eligió, guiados siempre por los consejos de Josefina y Manuel Luis, Madre y Padre.

Nos enseñaste a vivir y disfrutar con las cosas sencillas, inculcándonos siempre esa educación exquisita que heredaste de  abuelo Manuel y esa bondad que te transmitió abuela Anita. Ella sonreía constantemente, mientras abuelo nos asomaba a la ventana en Semana Santa para ver el paso de la Cofradía de la Unción y Mortaja de Cristo.

Las mejores veladas de nuestra infancia las vivimos en el cuarto del “ping-pong”,con aquellos encuentros en las tardes de verano, en las preparábamos algo de picar, mientras disfrutábamos con los torneos de tenis de mesa. Al llegar la noche, los mayores tomaban posesión del lugar, para montar las películas que en ocho milímetros habían rodado para la productora Tomatoes Films.

El día antes de la Romería te encaramabas en la fachada de Obispo Rey Redondo 22 para engalanarla con productos típicos de la tierra. Desde las carretas se contemplaba tu arte como escaparatista, admirando aquellas ventanas que parecían una huerta colgante.

Solo tú Padre, supiste interpretar lo que querían decir aquellas miradas perdidas de Madre en los últimos dos años, dejándonos este texto que le dedicaste hace pocos meses:

“A la nube donde estás me gustaría llegar,
Se que es una utopía pero lo voy a lograr.
Vivir con ilusiones es edificante…me ayuda a seguir viviendo,
pensando en ti en cada instante.

Si volvemos a encontrarnos nada será igual,
estaremos en la nube de la felicidad,
y así poder continuar nuestro amor sin igual,
y no pensar en el futuro que ya no existirá.

No habrá ni día ni noche, solamente un sol refulgente
que nos acompañará para siempre,
ya que no habrá final sino amor, eternamente”.

Gracias Padre por tu generosidad y cariño. Viviste tus últimos días con una gran fe, haciendo la Señal de la Cruz sobre tu pecho cada vez que ese enorme corazón alteraba el rítmo, cuidando a Madre con un amor sin igual, mientras ella respondía a las muestras de cariño con parpadeos de unos ojos que miran al infinito, sin poder recordar el ayer.

  Manuel Luis, PADRE, has dado ejemplo a todos de entrega a una existencia terrenal colmada de generosidad. Ahora, lejos de aquí pero siempre entre nosotros, nos dejas la imagen de un hombre bueno que ha comenzado a vivir  entre los santos.

Tu hijo, Manuel Luis

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