Mantillas y la peineta española en el ceremonial lagunero. relato de la recordada Carmen Llanos. Por Julio Torres

Tres jueves tiene el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Cristi y el día de la Ascensión. Este “dicho” popular es perfectamente aplicable a la Ciudad de San Cristóbal de La Laguna, pues tradicionalmente fueron más que afamadas las celebraciones de estos tres señalados días del calendario. Era el Jueves Santo un día inigualable y portentoso para los laguneros y laguneras, aunque quizá estás conserven más imborrable memoria de este día; a aquéllas y a sus recuerdos hemos recurrido para construir este capítulo, cuya evocación se sitúa a mediados de la década de los cuarenta y principios de la del cincuenta.
Los Jueves Santo de mi niñez y de mi juventud –nos cuentan- comenzaban con la misa temprana. En torno a las siete u ocho de la mañana se daba una en cada parroquia de la ciudad. Mi madre, la Tata y yo acudíamos a Las Catalinas. A esa hora prematura, apenas despuntada el alba, se dibujaba en la ciudad un sugerente paisaje, pleno de imágenes, sonidos y aromas.
No sé porqué, pero, siempre el Jueves Santo amanecía con un cielo claro y despejado, la mañana se presentaba buenísima, con las fachadas de las casas aún húmedas por el rocío y con ese color diferente que les prestaba el sol que empezaba a despuntar; después, ya por la tarde, el día se echaba a perder, muchas veces llovía. Cuando íbamos a misa, al pasar por la casa de don Martín Rodríguez, hoy el Casino, llegaba hasta nosotras el suave aroma del jardín de la casa de don Anatolio Fuentes, con su rosal blanco y sus bignonias violetas. Oíamos el tempranero trinar de los pájaros cantando desde la Plaza del Adelantado. Era precioso, tempranito, tempranito íbamos a comulgar…nos sentíamos en paz.
Terminada la misa, sólo se decía una en cada parroquia y era la última ocasión para comulgar, tenía lugar el ceremonial del Encerramiento, cuando el sacerdote de turno deposita al Santísimo en el sagrario, lo deja Expuesto y cierra éste con su correspondiente llave, que mediante una cadena quedaba pendiente de su cuello.
Recuerdo que en la Concepción era don Maximiliano Darias Montesinos quien encerraba al Santísimo. La cadena de oro de la que colgaba la llave era tan grande, que tenía que darle dos o tres vueltas. Yo no sé si existirá todavía. El sacerdote llevaba la llave al cuello hasta las tres de la tarde del Viernes Santo.
Al mediodía -entre las doce y la una- salía la Santa Cena en procesión desde la S.I. Catedral. Para tal solemne ocasión, las señoras y señoritas solían estrenar vestimenta y todas se cubrían con velos; ¡Las colecciones de velos que veíamos en la procesión! Luego por la tarde nos vestíamos de mantilla, para visitar al Santísimo en los Monumentos.
La visita a los Monumentos comenzaba, pues, en torno a las cinco de la tarde, mudando entonces, tanto las señoras, como las señoritas, la indumentaria mañanera por las mantillas, para visitar los Monumentos.
Hacíamos todo el recorrido, desde el Cristo, Santo Domingo, Las Claras, Las Catalinas, Las Siervas de María, La Concepción, San Agustín y la Catedral. Entonces terminabas ya a las nueve de la noche molida una barbaridad. Recuerdo ver a Milagritos Padilla, a María del Carmen Cambreleng, a María del Pilar Mármol, a María del Carmen Ruiz Benítez de Lugo…bueno, siempre a todo lujo.
Vestirse de mantilla exigía, pues, disponer de una vestimenta digna, compuesta, como mínimo por el traje, la peineta o teja, la mantilla, los zapatos de tacón, los guantes, el rosario, el misal…y las joyas Adquirir tal atavío resultaba, a más de algo –o bastante- costoso, un tanto dificultoso, pues hay que recordar que, por ejemplo, aún no existían en La Laguna establecimientos que suministrasen trajes confeccionados. A pesar de ello, en La Laguna creo que toda la vida las señoras se vestían de mantilla, al menos así me lo contaba mi abuela, que lo recordaba de su bisabuela,… ver a las señoritas con mantilla.
