Las rosquillas “listas” y “tontas”: el sabor más castizo de San Isidro

Hablar de San Isidro en Madrid es hablar de verbenas, chulapos y música popular, pero también de uno de los dulces más tradicionales de la gastronomía madrileña: las famosas rosquillas “listas” y “tontas”. Cada mes de mayo, miles de madrileños mantienen viva esta costumbre centenaria que convierte a estos pequeños dulces en protagonistas indiscutibles de las fiestas del patrón de la ciudad.
Aunque ambas comparten una base similar elaborada con harina, huevo, aceite y anís, la gran diferencia está en su acabado. Las llamadas “tontas” son las más sencillas: una rosquilla horneada sin cobertura, de sabor suave y textura seca, considerada la receta original. Las “listas”, en cambio, llevan un glaseado de azúcar y limón que les aporta un toque más dulce y brillante. Su nombre popular nació precisamente de esa diferencia: unas eran simples y otras “más arregladas”.
La tradición de estas rosquillas se remonta al siglo XIX y está vinculada directamente a las romerías de San Isidro Labrador. Durante generaciones, vendedores ambulantes y pastelerías ofrecían estos dulces en los alrededores de la Pradera de San Isidro, donde familias enteras acudían a celebrar la festividad. Con el paso del tiempo se convirtieron en un símbolo gastronómico inseparable de Madrid.
Además de las “listas” y “tontas”, existen otras variedades menos conocidas pero igualmente tradicionales, como las rosquillas de Santa Clara —cubiertas con merengue blanco— y las francesas, decoradas con almendra picada. Muchas pastelerías madrileñas elaboran todavía estas recetas de forma artesanal durante el mes de mayo, manteniendo técnicas heredadas de generación en generación.
Más allá de su sabor, las rosquillas representan una parte importante de la identidad cultural madrileña. Compartirlas en familia, llevarlas a la verbena o acompañarlas con limonada forma parte de una tradición popular que sigue muy viva. Cada 15 de mayo, Madrid vuelve a encontrarse alrededor de estos dulces sencillos que, entre azúcar y anís, cuentan una pequeña parte de la historia de la ciudad.
