LA ROMERÍA DE SAN BENITO DEBE DE RECUPERAR LA PRESENCIA DEL CAMELLO (Y IV)

Camellos junto a la estación del tranvía en la Plaza Dr. Olivera en La Laguna, 1915-20.

DEL CAMELLO EN CANARIAS: SU USO EN EL TRANSPORTE DE MERCANCÍAS Y VIAJEROS

El camello en el transporte de viajeros

Para el “pasaje” se utilizaba la silla inglesa, semejante a la artola de las caballerías, y que siempre se pintaba, generalmente de verde.

Para transportar a personas los brazos se transformaban en asientos con espaldar, baranda lateral y cojines (fijos o postizos). El espacio de la cruz se cubría por un cojinete y ambas cruces, estilizadas para crear un efecto decorativo, tenían contornos redondeados, tratando de reproducir ornamentos vegetales. Desaparecen los travesaños, y los vanos entre vigas se cubrían con una tabla continua.

Especial mención merecen las gavetas bajo los asientos, que se abrían por delante y que, además de su finalidad propia, se usaban eventualmente en la nivelación, cuando en cada asiento iban personas de peso diferente. En tales casos se llenaba una gaveta de arena.

Para apoyo de los pies, la silla llevaba estribos, esto es, una tabla horizontal de madera suspendida del borde anterior del asiento por medio de cintas de cuero de longitud graduable, según la talla del viajero. Los asientos laterales solían reservarse a las mujeres; en a la cruz, a horcajadas, iba un hombre o un niño.

Precisamente fue ésta la disposición y el atuendo en ferias, romerías y excursiones usado por las clases más acomodadas. Y es que el campesino po¬bre no disponía de silla inglesa y subsanaba esta deficiencia cubriendo la silla de carga con una colcha de tela brillante (seda o raso) de vivos colores.

Muchos fueron los foráneos que recorrieron nuestras islas cómodamente apoltronados en estas sillas inglesas. Elizabeth Murray, que recaló en Tenerife en 1850, cuando su esposo fue designado cónsul británico en las Islas Canarias, fue una de ellos. De entre los muchos viajeros que, movidos por su ansia de conocer las particularidades de un archipiélago que ante sus ojos aparecía envuelto en la aureola de lo desconocido y lo misterioso, mencionamos a esta dama inglesa por la cita que, referente a los camellos y a su presencia en las romerías, hizo en su diario. Ésta es, además de interesante, una rica y veraz descripción de una romería con camellos, concretamente en el pago de Las Mercedes.

Hay aquí una pequeña ermita o capilla, propiedad de un caballero que vive en La Laguna, en la que se celebra cada año, previamente a la “carreta de los novios”, un acto festivo. En esta ocasión todos los campesinos acuden desde las diferentes partes de la isla. Como en todos estos acontecimientos, lucen sus mejores trajes, reservándose los más alegres y vivos colores para las más jóvenes. No existe fiesta en ningún otro país que pueda superar a la de esta lejana isla, con esa manifestación de vestidos abigarrados, con modelos casi tan numerosos como sus propietarios.

En el día de la fiesta, los camellos, con su lento y augusto trote, se dirigen hacia la ermita. Este útil animal, lleva sobre él, pacientemente y sin ninguna dificultad, a un alegre grupo de tres personas. En primer lugar, hay un hombre sentado en su joroba, cuyo único trabajo consiste en animar al grupo con la música, tocando aires del país con la guitarra, mientras el camello sigue lentamente hacia la ermita. A ambos lados de este afortunado y feliz personaje hay unas risueñas chicas de ojos chispeantes, cómodamente sentadas sobre unas almohadas de elegantes encajes. Mientras avanzan hacia el fin del viaje, oyen música, charlan y ríen. En conjunto forman un trío muy feliz difícil de encontrar en cualquier otro lugar de la isla o fuera de ella.

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