La Romería de San Benito Abad y el pregón del insigne periódista Leoncio Rodríguez en 1951

leoncio rodriguez san benito

El domingo día 12 de julio de 2015, La Laguna de nuevo se viste de romera con San Benito Abad, en nuestro interés de mantener la cultura y tradiciones laguneras, por ende Canarias, recordamos hoy el magnífico pregón que en 1951 hizo de las fiestas y romería el insigne periodista lagunero Leoncio Rodríguez.

Quiere el señor alcalde de la ciudad, mi amigo don Andrés de Lorenzo Cáceres —tan entusiasta de las tradiciones regionales, y, en este caso, de todo lo que tiene sabor y colorido de la campiña lagunera—, que sea yo el que este año haga el pregón de la típica romería de San Benito Abad. No se ha tenido en cuenta, seguramente, ni por el señor alcalde, ni por los organizadores de la fiesta, que yo, como antiguo morador de la Villa de Abajo, donde tan íntimamente conviví en mi infancia con sus pacíficos y humildes hortelanos, pudiera ser un antagonista, más que un apologista, de la citada romería. Porque ya va adquiriendo ésta tanto nombre, tanto esplendor ciudadano, que lleva modos de oscurecer y hacer relegar a completo olvido cuantas glorias, presentes o pretéritas, tuvieron los demás barrios —e1 mío entre ellos— que a mayor abundamiento de motivos fue visto siempre con cierta hostilidad y rencilla desde el histórico altozano del “Lomo” de la Concepción. Dos vecindades. la una en la eminencia de la vega, flanqueada de verdes cumbres; la otra bajo la histórica ladera de San Roque, a la margen del barranco. Y, aunque ninguna de las dos hallábase al alcance de los ojos, repeliéndose en diálogos y burlas por medio de sus viejas torres rivales; una, sobria y sencilla, recatada y modesta; otra, altiva y señorial, vetusta y sombría, retando a las nubes con su silueta descollada, de gigante sin brazos…

Aun se recuerda aquel zahiriente epigrama de vuestros antepasados sobre las campanas de mi barrio, que tanto regocijaba y divertía a los corros infantiles de la calle de la Empedrada:

Las campanas de abajo
son las calderas,
donde calientan agua
las panaderas.

Y el aire de orgullo con que después añadían:

Las campanas de arriba
son los clarines,
conque cantan y bailan
los serafines.

Hoy, afortunadamente, nuestras campanas de Santo Domingo, como las vuestras de la Concepción, repican en sones de paz y concordia, y, a través del éter invisible, fluido y sutil como una gasa celeste, se envían Cada mañana, a la hora del alba, o de noche, a la de las oraciones, su mensaje de fraternidad cristiana. Un himno, al unísono, espiritual y sonoro, vibrando jubiloso corno una aleluya, o estremecido de emoción como un gloria a Dios en las alturas…

Volviendo al pasado, no hay que olvidar que todo orgullo tiene su fin. Y vuestra propia Villa, a pesar de su encumbrada historia, fue en un tiempo desdeñada y proscrita, con notoria injusticia, cuando se ordenó a rajatabla, por los primeros regidores y veedores de la Isla, que ninguna persona fuese osada de hacer casas en ella, ni ninguna cosa en la que ya tenía “fechas”. ni de venderle pan, ni vino, ni legumbres, ni pescado, ni leña, ni paño, so pena de perder todo lo vendido.

De lo que hubo de conjeturarse al principio que tan extrema medida obedecía sin duda a encubierta represalia de los citados regidores por la trágica muerte que tuvo el primogénito del Conquistador, su hijo don Fernando de Lugo, herido a estocadas, según versión popular, en la solitaria calle de San José, a espaldas de la Iglesia, mientras el agresor, también de elevada alcurnia, corría a refugiarse en el sagrado del templo.

No creen los historiadores que nuestro Adelantado tuviese arte ni parte en aquella especie de veto oficial que pesaba sobre la excomulgada Villa, a lo que dio pábulo la brusca e inesperada resolución de trasladar su residencia, juntamente con los demás primates de la Conquista, a la extrema Plaza de San Miguel de los Ángeles.

Cualesquiera que fuesen las razones que a ello le indujeran, lo cierto es que el perseguido barrio, aliviado ya de la presencia y la mirada atenta y vigilante de los veedores, comenzó a rehacer su vida. Y cuentan que su primera determinación fue nombrar patrono a su “señor San Benito”, en sorteo público que se hizo entre otros santos de gran devoción también, proclamándole, además, abogado y protector de las sementeras, en atención —decía el acuerdo capitular— de haber hecho «muy buenos temporales y tenido muy buenas cosechas».

Ese sentido de superación, de hacerlo todo en grande, venciendo obstáculos y dificultades, fue siempre pauta y clave de vuestra labor en el pasado. La propia ermita del Santo, tan grande, según es sabido, “que no había otra más larga en España”, y que dicen fue construida con madera de un solo pino, y aun sobró para mas, parecía responder al mismo criterio de ampulosidad, de afán de grandor, que tuvieron los fundadores de la espaciosa iglesia Parroquial, de dimensiones tan inusitadas en su época, en la anchura y capacidad de sus naves, y hasta en el volumen de sus campanas, las mayores de la provincia. ¡Siempre la supremacía en todo! En sus ermitas, en su parroquia, en su torre, en sus bronces monumentales, y en sus grandes fiestas religiosas y paganas.

Esta romería de ahora, exponente máximo de entusiasmo comarcal, tiene un precedente en aquellas lúcidas comitivas populares que antiguamente tomaban parte, como representaciones gremiales, en la solemne procesión del Corpus, de tan brillante aparato, con sus carretas cargadas de follajes del monte, reunidas en los contornos de la Iglesia; sus mozas ataviadas de típicas galas; sayas de vistosos colores, camisolas de lienzo fino, justillos de tafetán, mantillas blancas y pequeños sombreros de castor. Y ellos, los mozos, con sus chalecos de estameña roja y sus polainas blancas, ayudando al afanoso trajín, mientras sonaban las caracolas ordenando la faena en las calles, que pronto habían de lucir su lecho florido al paso de la Sagrada Custodia.

Estampa que, como se ve, tenia mucha similitud de colorido y rusticidad en lo externo con esta nueva romería de labradores, en la que se aúnan e identifican las más puras esencias de la tradición religiosa y la fe cristiana, con ese sentimiento, estético y pagano a la vez, de pleitesía a todo lo que el campo tiene de belleza y fecundidad. ¡Tradición, noble tradición ancestral, que ahincó en La laguna sus más hondas y seculares raíces!

Tal fue, en lo histórico, como en lo tradicional, la característica más saliente de vuestra Villa de Arriba, tan castellana de abolengo y tan Isleña y lagunera de espíritu, primeramente agrupada en torno de su Iglesia de Santa María la Mayor, después distendida por extramuros con su caserío urbano y rural de casa terreras, rebasando los linderos de San Benito hasta irrumpir en los llanos de San Lázaro, el Calvario y la Cruz Chiquita. Atrás quedaban las mismas calles reales de los tiempos de sus primeros regidores y las callejuelas estrechas y solitarias, tapizadas de yerba y resguardadas de las intemperies, como las del Sol, la Parra y San José; sus rincones de tradición y leyenda, como la “Casa Amada”, y la “Casa del Miedo”, y las antiguas eras de “Las Tricias”, aguardando los días de sol para las faenas de la trilla. Y con ellas, los furtivos idilios en los tranquilos atardeceres que tiñen de púrpura el oro pálido de las mieses.

Todo ahora es añoranza de tiempos idos; siluetas desdibujadas o desaparecidas, como esas que tanto popularizó nuestro poeta Diego Rosa:

Con tu farol y el balayo
te marchas “pa” la ciudad…
Vende sólo los pasteles y
cuida de lo demás.

Y aquellas otras, más distantes en el tiempo, de las tradicionales mojijangas del «lomo», precursoras del Carnaval, con sus grotescas y pintarrajeadas carátulas, sus ruidosos esquilones y sus grandes odres henchidos de aire. Y la del viejo sereno, cobijado en su manta, que en las noches invernales, típicamente laguneras, “de viento y de frío», recordaba la copla callejera:

Con mi farol y mi chuzo
y mi sombrero chambergo,
no tengo miedo a la lluvia
ni me amedrentan los truenos.

¡Figuras del tiempo viejo, que aun se evocan con emoción y nostalgia!

En dos de sus aspectos sociales manifestose principalmente la tradición rural del barrio; en sus pequeñas industrias y oficios de artesanía, y en esos hospitalarios asilos, que fueron y aun siguen siendo algunos albergues de acomodados agricultores; casas típicas, de amplios patios empedrados, largas gañanías, trojes y pajeros de recios sollados, en las que hallaban siempre el ayanto de cada dia y la escudilla de gofio, la fruta y la hogaza para la prole infantil, muchas bocas indigentes amparadas por la mano generosa e hidalga del dueño. Verdaderas instituciones de ayuda social y caridad cristiana, pródigas y benéficas. El otro aspecto, como he dicho, era el de su artesanía y vocación trabajadora, menestral e industriosa, que hacia de todo el lugar, con su rumor de fraguas y ruidos de yunques y batanes, un laborioso taller de útiles y rudimentarios oficios; herreros, albarderos, herradores, tejedores, albéitares, carreteros, tejeros, fogueteros, y tantos otros.

Todo eso, que era tradición, anécdota y costumbrismo, Se fue diluyendo y desvaneciéndose a marcha acelerada. Pero lo que no ha muerto, ni ha de morir tan pronto. es ese espíritu de unión y disciplina que se refleja en estas romerías de ahora, centuplicadas en esplendor de las de antaño. Hermandad íntima del aparcero con el patrono, del trabajador con el amo, del amo con el bracero. Y camaradería, a la vez, en el nutrido y vistoso séquito ganaderil que parece participe del mismo júbilo e igual devoción por el santo patrono.

Ya al margen de este pregón, quiero dedicar un recuerdo a dos nombres ilustres, que puede decirse fueron en su tiempo mentores espirituales de la Villa de Arriba: don José Rodríguez Moure y don Santiago Beyro Martín, tan gratos a la feligresía de vuestra Parroquia, que os dejaron imborrables muestras de su amor y desvelos por ella. Y a otros que enaltecieron con su fama al nativo hogar, dentro y fuera de la tierra, como Álvarez de Abreu, Obispo de Ojaca, en Indias, pastor de ejemplares virtudes y fecunda obra evangelizadora; como el almirante don Juan Bautista Antequera y Bobadilla, héroe del Callao, ministro de Marina y senador por Canarias, nacido en la plaza de Santa María la Mayor, esquina a los Bolos; como el malogrado y genial músico, Eugenio Domínguez Guillén, muerto en la flor de su juventud y de su gloria artística; como los hermanos don Cirilo y don Manuel Olivera, el invicto y llorado doctor, tan querido del pueblo de La Laguna; como el eminente periodista Delgado Barreto y el infortunado escritor Rafael Arocha (“Ramiro”), nacidos en las calles de Chávez y el Tizón, y los poetas Patricio y Guillermo Perera y Álvarez, que juntamente con el inolvidable Domingo Juan Manrique, su allegado, constituían aquella brillante trilogía lírica de la Plaza de la Antigua, que tan inspiradas páginas dedicó a vuestra ciudad de Aguere.

Y unidos a los nombres de sus ingenios, sus mentores espirituales y sus patricios, los de tantos honorables hidalgos y laboriosos ciudadanos, de limpia ejecutoría, que dieron un sentido patriarcal, cristiano y honesto a vuestra vida civil. ¡Patrimonio cívico que fue y sigue siendo el mejor legado que podían hacer a sus hijos y descendientes todos!

Aquí termina el pregón. Pero me sobran deseos ahora, si la ausencia no me lo vedara,. de incorporarme como uno más a vuestra romería, y, subido a la arboladura de uno de sus barcos, prorrumpir en los gritos de ritual: “¡Vivan las vacas!” “¡Vivan su dueño y quien las cuida!” ¡Paso a la rústica caravana, portadora de un mensaje de paz y un saludo de hermanos del viejo barrio de San Benito con su Santo adornado de espigas y sus mozas risueñas y garridas, bellas amapolas del campo, tostadas por el sol de las gavias que llevan en sus labios, como un clavel de la tierra, una copla de folías!…

Y yo añadiría, por la parte que me atañe, aquel cantar del autor de “Tiempos mejores”:

San Benito está en el llano,
San Lázaro en Los Rodeos,
San Roque en una ladera,
y San Miguel en Geneto.

Pronta, pues, a partir la romería, festejad con ella el feliz anuncio que os trae: que el pan del año, bajo el sol de la campiña, se dora ya en las eras… ¡Ventura sin cuento para tantos hogares!

¡Vivan, vivan los labradores!

También te podría gustar...