La Romería de La Orotava el bar La Duquesa, Juanito Cabeza y Berto Zenón. Por Julio Torres
En junio de 1972, muchos laguneros y laguneras fuimos a la romería de San Isidro a La Orotava con la «Peña los Corazones», con Juan Ríos Tejera al frente (Juanito Cabeza). Además fueron una serie de señoritas, buscadas por Laureana Ríos, con cestas llenas de «laguneros», recuerdo que también estaba con nosotros: José Luis Garabote, Chuchín «El Cuijo», Pedro «Pecuario» y Berto Zenón, entre otros.
Con Berto y Juanito tuve el gusto de ir a mojar el pico, nunca mejor dicho, a la ventita conocida en aquella época como “Casa doña Eusebia”, en la actualidad el “Bar la Duquesa”. Este año y más concretamente el pasado jueves tuve la oportunidad de pasar por ese maravilloso lugar, nada más y nada menos que la friolera de 46 años después. Aquí les dejo el pequeño reportaje.
De Juan Ríos Tejera dice el amigo Julio Fajardo:
«Hay personas que, llevan en su carácter una disposición natural de servicio a los demás. Este era el caso de Juan Ríos Tejera, cuya condición voluntaria era compartida también por sus hermanas Laureana y Olegaria.
Juanito aparecía como organizador y ejecutor de los programas de las fiestas, llevaba a cabo la promoción de deportes minoritarios como el tenis de mesa o el ajedrez, hacía de speaker improvisado para anunciar una cabalgata, un desfile de carrozas o un concurso de mises, al que asistirían, según su verbo disparatado, “señoritas bellamente enjaezadas” (como el ganado en la Feria de Sevilla)
Pero la niña de los ojos de Juanito era el Club Baloncesto Canarias, al que asistía como delegado, como utillero, como secretario y como lo que hiciera falta. Su afición le hacía intentar tiros desde más allá de la línea de seis veinticinco, inexistente en aquellos tiempos, donde el balón, casi del tamáño de su cabeza, salía desde la altura de sus rodillas para describir la necesaria parábola hasta la cesta.
Juanito andaba siempre dispuesto a la ayuda desinteresada, más con apoyos espirituales y morales que dinerarios. “Querido amigo: -decía- mi corazón está contigo pero mis posibilidades económicas no me permiten ayudarte”. De aquí, con seguridad, viene le origen de la Peña de los Corazones, que Juanito animó hasta el día que nos dejó para siempre.
Juanito aguantaba bromas y capirotazos mientras atendía con toallas y jaboncillos en las duchas del Club de Baloncesto; su canción bajo las alcachofas lluviosas era un intento de “Dragones del Rey” ejecutado con tesitura engolada, rechazada cientos de veces por Manuel Hernández para formar parte de alguna de las cuerdas del Orfeón La Paz.
Juanito, además, almacenaba en su cabeza de tronco de cono invertido un esquema administrativo, impecable y riguroso, que utilizaba como medicina salvífica para resolver los múltiples problemas que se le presentaban en sus actividades diversas. El los solventaba siempre dentro del procedimiento después de someterlos a un trámite casi protocolario. Se cuenta que siendo Juan Ríos presidente de las secciones correspondientes de la Federación de Tenis de Mesa y Ajedrez, actividades constituyentes del organizado ocio sindical y orgánico basado en la sabia combinación del descanso con la buena educación, y necesitando utilizar veinte sillas de tijera para acomodar al público asistente a un torneo de pingpong, no le quedó más remedio que solicitarlas de la vecina Federación de Ajedrez que incluía tal material, junto con mesas y tableros para el caso de competiciones simultáneas, en su patrimonio. El asunto quedó zanjado de la forma siguiente. Introdujo un saluda a nombre del Presidente de Tenis de Mesa en la máquina de escribir y se dispuso a redactar la instancia dirigida al correspondiente de Ajedrez. A renglón seguido contestó con el membrete de la otra federación accediendo a lo solicitado; firmó ambos documentos y los guardó cada uno en un bolsillo de su americana. Más tarde, para dar más solemnidad al acto, mientras brindaba con un vaso de vino en una taberna lagunera, cambió los sobres de bolsillo y dio el trámite por concluido.
Esto es lo que al cabo de los años, Manuel Fraga Iribarne propondría con el nombre de Administración Única».
Y de Berto Zenón se ha dicho qué: «Zenón, Norberto Rodríguez Díaz, el fotógrafo de La Laguna, nuestro inolvidable retrato. Sí, Zenón y su ya también desaparecido estudio fotográfico, en la calle La Carrera, que estuvo ubicado más de medio siglo en la antesala de La Catedral, fueron el almacén o el archivo de imágenes de la historia de los últimos años de La Laguna. Sin embargo, Zenón no debe ser recordado solamente por su valía como artista, sino como aquella persona que se desvivía por hacer pasar un rato agradable al amigo, cuando muchas veces la carga del trabajo o el duro día a día, te superaban, allí estaba Zenón para aliviarte la dureza con su sonrisa. Realmente, el estudio de Zenón y el propio Zenón, todas las tardes, y las mañanas de los sábados, se convertían en el confesionario o en la sala debate de la Ciudad Universitaria.
