La primera noche bajo las luces de Vigo. Por Julio Torres

Vigo en Navidad. Fotos Julio Torres 2025.
No planeaba quedarme tanto rato, pero Vigo tiene esa capacidad de atraparte cuando llega la Navidad. Llegué al centro al caer la tarde, con esa luz azulada que anuncia que en cualquier momento la ciudad va a transformarse. A lo lejos, desde García Barbón, ya intuía destellos en las copas de los árboles, como si la noche fuese a encenderse desde dentro.
Mientras avanzaba hacia Porta do Sol, la multitud crecía. Familias enteras, turistas con móviles en alto, parejas que caminaban despacio para estirar el momento. Todos teníamos la sensación de estar esperando algo. En realidad, sabíamos qué era: el ritual cotidiano del encendido, ese instante casi ceremonial en el que Vigo se convierte en otra cosa.
El encendido: un latido colectivo
A las seis en punto, se hizo un silencio extraño en medio del ruido. Luego, una melodía, una cuenta atrás, y de pronto, miles de luces estallaron a la vez. No fue solo brillo: fue sonido, fue exclamación, fue un pequeño temblor compartido.
El árbol gigante, plantado en medio de Porta do Sol como si fuese el guardián de la ciudad, encendió sus luces en cascada. A su lado, la esfera luminosa se iluminó desde el interior, transformándose en un refugio radiante donde la gente entraba para hacer fotos, reír, abrazarse.
Nunca deja de sorprenderme cómo algo tan simple como la luz puede cambiar la percepción de un lugar. Esa plaza, la de siempre, se convirtió en un auténtico escenario.
Calle Príncipe: el pasillo brillante
Seguí caminando hacia Príncipe. Los arcos luminosos formaban un túnel cálido, casi hipnótico. Me quedé mirando a un niño que levantaba la mano intentando “tocar” las luces, como si al extender los dedos pudiera alcanzarlas. Su madre le hacía fotos sin parar, capturando ese instante que —lo pensé— seguramente recordaría dentro de muchos años.
A los lados, las tiendas estaban llenas. La Navidad en Vigo no es solo alumbrado: es un motor económico silencioso que late en cada escaparate, en cada cafecito lleno, en cada mesa reservada con semanas de antelación.
De camino a la noria: una ciudad que se mueve
En la Alameda, el mercado navideño olía a chocolate caliente y a castañas. Las casetas de madera parecían sacadas de un pequeño pueblo del norte de Europa. Entre ellas asomaba la noria gigante, iluminada como un faro urbano. Decidí subir.
Desde arriba, Vigo parecía una maqueta de luces: avenidas inundadas de destellos, la Ría al fondo como una sombra tranquila, las plazas convertidas en pequeñas galaxias. Por un momento, entendí por qué tanta gente viaja hasta aquí solo para ver esto: la ciudad logra crear una ilusión, una magia que rara vez se encuentra en espacios urbanos tan grandes.
García Barbón: volver caminando con la sensación de haber vivido algo
De regreso por García Barbón, el aire era frío, pero la ciudad seguía ardiendo en color. Miré hacia atrás varias veces, como quien intenta memorizar una postal antes de que desaparezca.
Vigo, con su despliegue navideño, tendrá sus defensores y sus detractores. Pero caminando por esas calles iluminadas, con el eco de la música navideña y las voces felices alrededor, me pareció evidente que la ciudad había logrado algo poco común: convertir la Navidad en una experiencia compartida, en un relato colectivo que se vive con los ojos muy abiertos.
Y mientras me alejaba, todavía envuelto en esa luz que parecía seguirme, supe que volvería. Porque hay noches —pocas— en las que una ciudad entera parece contar una historia. Y Vigo, en Navidad, cuenta la suya con millones de pequeñas luces que no solo iluminan las calles: iluminan también a quienes las recorremos.
